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La predicación hoy

(Primera parte)

 

La predicación hace o deshace una iglesia. La salud de toda comunidad de fe depende de una predicación bíblica en su fondo y forma, y a la vez atractiva y entendible, pertinente y persuasiva, enfocada y propuesta a satisfacer las reales necesidades humanas.

La predicación en el mundo de habla castellana manifiesta en nuestros días enormes vacíos específicos y superficialidad general en su fondo o contenido. A la vez presenta un exagerado énfasis en el manejo de formas espectaculares de comunicación. Estas la asemejan más al monólogo que entretiene, al show que distrae o al espectáculo que deslumbra, que a la comunicación fidedigna de claras verdades bíblicas, organizadas a través de un sermón bíblico en su fondo, teológico en su articulación, y persuasivamente aplicativo en su presentación, es decir, eficaz en todo sentido.

Cada vez es menos distinguible la distancia que separa a quien predica del “showman”. El estilo y la técnica, la estrategia y el manejo comunicativo de los grandes gurús del potencial humano, la motivación y la autoayuda guiada, están siendo la influencia mayor de quienes ocupan los púlpitos más visibles y audibles, ya sea en las mega iglesias o en las diferentes expresiones de la iglesia electrónica, todas fieles a las premisas del marketing religioso. No extraña entonces que gran parte de la predicación actual, la que sigue las reglas del mercadeo, se haya reducido a un simple discurso religioso de afirmaciones espirituales que no se corresponden con un pasaje de la Biblia, aunque usen un texto como pretexto y salpiquen la exposición, aquí y allá, con versículos bíblicos.

La luminotecnia y el sonido en particular, y la tecnología en general, al servicio de todo tipo de efectos especiales, son componentes claves y fundantes de la predicación de hoy. Una verdadera actuación escénica de predicadores y predicadoras se elabora para cautivar al auditorio, quien ávido por consumir cumplidamente las enseñanzas de sus maestros y maestras, acude ansiosamente a su cita semanal, a fin de encontrar una nueva verdad que le dure hasta la semana siguiente. La meta es poder afirmar: “¡qué hermoso sermón, con éste tengo para toda la semana!” Es decir, recibir mensajes para el consumo espiritual de una semana.

Los pastores y pastoras somos desafiados hoy por las nuevas formas humanas de atraer la atención y mantener el interés, de percibir y sentir, de procesar y expresarse. Estas, para nuestra labor pastoral en general y de la predicación en particular, nos exigen la investigación del antropólogo, la percepción de la psicóloga, la dedicación del misionero, la paciencia de la santa, la curva didáctica del niño, la astucia de la ladrona, el vigor del atleta, las destrezas del ingeniero, y la determinación de la conquistadora. 

En una publicación de carácter pedagógico(1) , afirmamos que “predicar es satisfacer necesidades humanas”. Ampliamos en el mismo libro esta definición -que hoy reafirmamos- diciendo que “predicar es satisfacer necesidades humanas, a través de la verdad divina, mediante una personalidad escogida”. Después de más de cuarenta y cinco años de plasmar estas definiciones en la enseñanza, decidimos ampliar aún más este escenario con una redefinición que consideramos más acorde con nuestro tiempo. En esta adoptamos solo parcialmente algunas intuiciones de John Stott, (2) teólogo y pastor, predicador y maestro ya fallecido. He aquí nuestra definición para el siglo XXI:

“Predicar es satisfacer necesidades humanas, abriendo y exponiendo el texto inspirado con tal unción y fidelidad, sensibilidad y humildad, que hace oír la voz de Dios y la gente, convencida e inspirada, la obedece”.

Veamos algunas implicaciones que resultan de esta afirmación. Estas pueden calificarse como características pastorales.

Dos convicciones:

1. Predicar es comunicar un texto inspirado, la revelación especial de Dios, las Escrituras absolutamente confiables, seguras y autoritativas como guía irreemplazable para la fe y vida cristianas. Cualquier negación o relativización de esta realidad por las razones que fueren, aunque fuera a medias, quita toda autoridad y poder a la predicación. Predicar es comunicar la Biblia, el alma y conciencia de la iglesia, la Carta Magna del Reino de Dios. 

2. Predicar es comunicar un texto parcialmente cerrado, pues así comprendemos y por tanto incorporamos la expresión “abriendo y exponiendo”, dado que en el canon que ya cerró la Iglesia, los personajes e historias que en el texto se mueven son realidades abiertas que se hacen vivas en el Espíritu, y en las que podemos encontrarnos y vernos a cada instante. Ellas nos hablan, inspiran y amonestan, son ejemplo de lo bueno y de lo malo, nos hacen “volver en sí”, decidir cambiar, e intentar ser como JesuCristo.(3)

Dos requisitos:

1. Predicar demanda unción espiritual, pues este ministerio es resultado de un doble don de la gracia de Dios, quien nos escoge y capacita para exponer La Palabra, y quien nos unge en el Espíritu, nos energiza y dinamiza espiritualmente, para que esa exposición humana se haga palabra contemporánea y contextual de Dios.

Sin unción no hay misión, sino solo religión. Solo genuina unción espiritual produce misión integral. Unción en el púlpito, que genera unción en la congregación. Y esta, inspirada y movilizada, hace la misión, la de Dios.                             

2. Predicar demanda fidelidad absoluta a la Palabra antigua, el “libraco” de la iglesia, que es la eternamente contemporánea revelación del Señor, autoritativa en materia de fe y misión. Y esa fidelidad demanda que el Señor y el mensaje de Su Libro nos prediquen, quebranten y transformen primero a quienes habremos de comunicarlo. Solo desde allí, desde el perdón habilitante, desde la experiencia transformadora y la unción movilizadora, proviene el calibre de fidelidad e integridad requeridas para predicar de verdad.

Dos actitudes:

1. Predicar requiere sensibilidad hacia el mundo que hoy nos rodea. Este es nuestro contexto ineludible, un gran desafío contemporáneo con todas sus luces y sombras, virtudes y mediocridades, aciertos y paradojas. Sus pecados y falencias merecen, más aún  necesitan la crítica, pero ésta solo cobra autoridad a través de nuestra sensibilidad y empatía. Es ponernos auténticamente en los zapatos del mundo, actitud y acto que sólo provienen de una compasión genuina, la de JesuCristo. Porque la misión de la iglesia es un gran acto de compasión. Sin la sensibilidad propia de tal compasión, no hay predicación; esta será solo “metal que resuena o címbalo que retiñe”.

2. Predicar requiere humildad, porque la predicación es una acción por naturaleza insensata. El apóstol Pablo comenta con honestidad despiadada, que Dios lo exhibió públicamente como a un insensato (1Co 4:9-10). Para que el Espíritu genere el clima propicio y nos habilite para experimentar una conexión íntima con quienes reciben la predicación, debemos ofrecer en sacrificio nuestra vulnerabilidad. Es bajarnos de nuestros pedestales, descaminar distancias soberbias, e incorporarnos por palabra y gesto entre quienes necesitan del mensaje. Muchas personas, ávidas de trasparencia y modelos auténticos, acuden a nuestras celebraciones mayormente a observar si quienes proclamamos las buenas nuevas somos personas de tal calibre.

Dos expectativas:

1. Predicar requiere esperar que se haga oír la voz de Dios, pues la Biblia es Dios predicando. Nos hacemos eco del sabio suizo Karl Barth cuando afirma, al comenzar a definir la predicación cristiana, la tensión dialéctica siempre presente en la misma entre Palabra de Dios y palabra humana:

“La predicación es la Palabra de Dios pronunciada por él mismo. Dios utiliza como le parece el servicio de un hombre que habla en su nombre a sus contemporáneos, por medio de un texto bíblico […] se trata de anunciar a sus contemporáneos lo que deben oír de Dios mismo, explicando, en un discurso en el que el predicador se expresa libremente, un texto bíblico que les concierne personalmente” (4)                                                                       

Al cerrar el mismo capítulo de su libro Barth reitera: “…la predicación no tiene más que un sentido: indicar la verdad divina. No puede ir más allá…”.(5)   Por eso quien predica toma la iniciativa del evento acústico y, a la vez, debe estar en actitud expectante. Es la espera humilde y confiada en que la manifestación reveladora, milagrosa de Dios por su Espíritu Santo y a través de Su Palabra, habrá de ocurrir.


2. Predicar es esperar que la gente obedezca. El producto final de la enseñanza que emana de toda buena predicación no debe ser más conocimiento bíblico o teológico, sino más obediencia al Señor de la Palabra, a partir del conocimiento recibido. La trilogía integrada aquí es creer, conocer y obedecer. O sea fe, razón y acción. Pero no como tres pasos o etapas, o momentos que culminan en la obediencia, sino como como un solo evento personal. En otras palabras, según las del profeta: “¡Ya se te ha declarado lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que de ti espera el Señor: Practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Mi 6:8). Esto es predicar, para que a partir de la obediencia, nuestro pueblo desarrolle no meramente creencias, sino fundamentalmente convicciones. Estas son las que levantan genuinos discípulos y discípulas quienes, en la obediencia responsable, desarrollan conductas como las de JesuCristo.

Dos propósitos:

1.  Predicar procura convencer. Lo que realmente importa es que, con total respeto por la libertad y actitudes de quienes escuchan, el mensaje interese, inquiete y preocupe, “rasque donde realmente pica”, mueva a pensar. Un pensar que genere un sentir, Sentir y pensar, pensar y sentir, Ese es el camino hacia el posible convencimiento. Que ocurra cuando sea, no importa eso. Lo que importa es sembrar la semilla de tal manera, que llegue a germinar.

2. Predicar procura inspirar. Que es nada más y nada menos que el: “y volviendo en sí…” del hijo pródigo. El convencimiento puede ser, y lo es muchas veces, solo acuerdo o aceptación  intelectual. Pero para que esto se transforme en obediencia responsable, se necesita la inspiración que sólo el poder de la Palabra de Dios, en el ministerio del Espíritu Santo, puede generar. Nos referimos al preámbulo de la “metanoia”, el nacer otra vez, o retornar al Camino del cual nos desviamos, es decir, “volver en nosotras, nosotros mismos”. Y este género viene de Dios. El precio es  nuestra total entrega en las manos del Espíritu Santo, como comunicadores y comunicadoras del evangelio de JesuCristo.

Pero por encima de los desafíos arriba mencionados, todos importantes e inescapables, el más importante de todos es recapturar para el púlpito contemporáneo el carácter cristiano radical, contracultural y profundamente transformador en su propósito, que esta época de mil claudicaciones dentro y fuera de la iglesia demanda. ¡Eso es predicar!  

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(1) Osvaldo L. Mottesi. Predicación y misión. Miami/Buenos Aires: LOGOI/FIET, 1989,  págs. Una nueva edición ampliada y actualizada, es de inminente publicación por Ediciones Certeza.

 

(2) Ver, John Stott. El cristiano contemporáneo. Un llamado urgente a escuchar con los dos oídos. Grand Rapids, MI: Nueva Creación, 1995, págs.199-210.

 

(3) El autor usa esta grafía para referirse al Señor.

(4) Karl Barth. La proclamación del evangelio. Salamanca: Ediciones Sígueme, 1969, pág. 13.

 

(5) Ibid., pág. 15.

 

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Osvaldo Mottesi

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