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Grandes predicadores y predicadoras

Actitudes, características y destrezas en su predicación

 

Una necesidad imperiosa de quienes predicamos, es escuchar buenos sermones. Para quienes ocupamos el púlpito cada semana esto es una experiencia inusual, que deberíamos procurar más intencionalmente. Cuando tengo tal oportunidad, es una bendición especial para mí escuchar a un buen predicador o predicadora. En especial, por el alimento y desafío que a través de La Palabra mi vida recibe y experimenta. Pero también por lo que puedo aprender como predicador de mis colegas. Aunque al sentarnos a escuchar debiéramos idealmente olvidarnos que también solemos predicar, esto es imposible. Siempre está y estará presente nuestro espíritu evaluador.
Durante toda mi vida he sido bendecido por el ministerio de grandes predicadores y predicadoras. Ellos fueron y son mis mentores, pastores y colegas. Además, por más de medio siglo he tenido la oportunidad de ver, escuchar y evaluar a centenares de mis estudiantes en los laboratorios de predicación a mi cargo. Todo esto me ha permitido, como un enamorado de la predicación y de su enseñanza, detectar las actitudes, características y destrezas que grandes predicadores y predicadoras tienen en común. Después de todo, la ciencia y el arte de la homilética es la asimilación y sistematización, adaptación y contextualización de principios, algunos tan antiguos como la misma predicación.
Les comparto telegráficamente veinticuatro realidades, siempre presentes, que he encontrado y encuentro en quienes considero grandes predicadores y predicadoras de las últimas cinco décadas:

1. Poder: Comunican el Evangelio, que es en sí poder, en forma poderosa. Son instrumentos abiertos, dóciles al poder divino, que es el poder del Padre, el poder de La Palabra infalible y autoritativa, el poder de JesuCristo el Señor de la Palabra, y todo ello hecho accesible a través del ministerio del poder pentecostal del Espíritu Santo.

2. Pasión: Tienen pasión por lo que proclaman. Pasión que es fruto de la unción fresca, plena y poderosa del Espíritu Santo. Pasión que brota de una preocupación compasiva por las necesidades de la gente. Esto es muy diferente de amar el predicar. Es más fácil amar nuestra predicación que a quienes predicamos. Y esto es pecado.

3. Propósito:
Establecen siempre un propósito claro y definido en su predicación, con el que procuran responder en forma intencional y en actitud pastoral a las necesidades de toda la experiencia humana desde el Evangelio del Reino. Lo enuncien o no, el propósito se hace claro desde el comienzo del mensaje, y guía todo su desarrollo y conclusión.

4. Propuesta: Proponen, siempre proponen. Su predicación es proposicional. Lo hacen desde su interpretación de La Palabra, contextualizada y en sintonía con las necesidades de la gente. Lo hacen sin rodeos. Establecen explícita o implícitamente, desde el comienzo, la verdad central de su mensaje.

5. Contenido: Manifiestan un genio homilético peculiar: extraen de textos muy predicados, nuevas e inesperadas enseñanzas. Tienen siempre algo importante y central, pertinente y claro que decir. No sustituyen la sustancia por el estilo. Ambos se enriquecen mutuamente. De sus sermones se recuerdan no sólo las ilustraciones, sino ideas, nociones y frases que han marcado a sus audiencias.

6. Aplicación:
Aplican progresivamente a su audiencia, desde el inicio hasta el final del mensaje, las enseñanzas que el texto o tema bíblico les va brindando. Jamás esperan a la conclusión para hacerlo. Entienden la diferencia de solo describir o narrar, explicar o aclarar, argumentar o demostrar, con predicar. Predicar es -fundamentalmente- aplicar.

7. Preparación: Estudian a fondo y se preparan cuidadosamente, sea para predicar a diez o a diez mil. Saben que pueden predicar sin prepararse tanto y que la gente no lo notará, pero que ellos y ellas sí lo sabrán. Sus congregaciones tienen la certeza de que ha luchado no menos de seis días con lo que les está comunicando. Esto las predispone a una atención especial.

8. Notas: Limitan -la mayoría de ellos y ellas- al máximo posible la extensión y la dependencia de notas, pero siempre las llevan consigo, por respeto a sus limitaciones y a su congregación. Las usan para lograr exactitud al citar, documentar o repetir textos bíblicos. Su ideal es predicar sin notas, pero son profundamente realistas. Sus congregaciones valoran este hábito.

9. Sencillez: Saben cómo hacer aterrizar las más altas y sublimes verdades, sin degradar su grandeza. En esto son como Jesús. Poseen una sencillez profunda, que no impresiona sino inspira y moviliza. La gente no se va diciendo: “¡Qué inteligente es!” o “¡qué hermoso sermón!”, sino “¡ahora entiendo!” o “¡haré algo!”.

10. Longitud: Tienden -la mayoría- a predicar sus más poderosos y bendecidos sermones en casi una hora o más. Pero su capacidad de síntesis les permite predicar el mismo mensaje con poder y eficacia en treinta minutos o menos. Por otro lado, la mayoría de nuestras congregaciones hispanoparlantes -ya sea en contexto urbano o rural- espera un sermón sólido de no menos de cuarenta y cinco minutos.

11. Convicción: Expresan una profunda convicción personal en lo que afirman. Sus audiencias escuchan a Dios pinchando, despertando sus conciencias e inspirando y movilizando sus voluntades. Aún quienes pudieran no estar de acuerdo con algunas de sus convicciones, respetan la integridad intelectual y el celo espiritual con que las comparten.

12. Credibilidad: Viven y practican lo que predican. Sus códigos de ética son claros, no negociables, y respaldados por su conducta. Tienen autoridad, desde su testimonio personal, familiar y profesional, cuando desde el púlpito reclaman o exigen, exhortan o amonestan. Sus vidas están por encima de sus sermones. No al revés.

13. Confianza: Manifiestan no sentir temor o inseguridad. Comunican a su audiencia un profundo sentido de seguridad en cuanto a su rol y al porqué y para qué de lo que están haciendo. Quizá tengan temor al percibir la importancia de su tarea, pero nunca lo demuestran. Su testimonio de confianza en el Señor se contagia a la congregación.

14. Testimonio: Disciernen muy bien cómo compartir, de vez en cuando, algo significativo de sus historias personales. Se convierten así en alguien real y cercano, cercana a sus oyentes. Logran esto evitando cualquier actitud egocéntrica. Jamás se hacen a sí mismos o a sí mismas el objeto de su predicación. La primera persona en sus púlpitos es el Señor.

15. Narración: Saben contar historias. Tanto sobre temas variados, como los relatos bíblicos. Son narradores y narradoras que mantienen a la audiencia expectante, “en el borde de sus asientos”. Al narrar pintan cuadros impactantes o, en el caso de los cuadros bíblicos ya pintados, le quitan a estos el polvo milenario y los muestran en toda su luz espiritual.

16. Humor: Tienen, la mayoría de ellos y ellas, un buen sentido del humor. Logran -con una breve humorada- captar o mantener la atención de sus oyentes, sin desvirtuar el propósito de su mensaje. Su diferencia con quienes entretienen o son “humoristas del púlpito”, es que su humor jamás degrada o desvía, olvida o desvirtúa su mensaje. Tan solo le agrega algo de pimienta

17. Visualización: Utilizan medios visuales para enseñar la verdad. En el pasado solían ser cosas muy simples y comunes como un salero o un vaso de agua, un paquete de levadura o una vela. Hoy hacen uso de la tecnología para que las enseñanzas del mensaje oral, sean reiteradas con la proyección de los puntos clave de sus sermones, o respaldadas con imágenes que los simbolizan.

18. Tono: Usan un tono de voz conversacional, aún dentro de su estilo proclamatorio, con los altos y bajos propios de cada situación. Saben que la gente cierra sus oídos a comunicadoras y comunicadores estridentes, que gritan, o mantienen un tono alto o bajo intermitente. Jamás usan el insufrible “tono ministerial o de sacristía”, verdadero mata sermones.

19. Intensidad: Varían en la intensidad de la comunicación. Muchas veces hablan alto y rápido, logrando que la congregación corra acompañándoles. Antes del agotamiento mutuo, disminuyen la velocidad y ese descanso permite la reflexión de ambas partes. Buen número son muy intensos, intensas al comunicar, pero cambian sabiamente las marchas durante el trayecto.

20. Ritmo: Hablan en secuencias de: rápido, lento, rápido, y lento, rápido, moderado. La audiencia entonces puede digerir cada bocado de verdad, sin tragarse todo el banquete de una vez y sin digerirlo. Buen número sigue -consciente o inconscientemente- el ritmo poético afroamericano tradicional: “Comienza lentamente; continúa moderadamente; elévate más; y ahora más; muestra gran entusiasmo, y siéntate en la tormenta”.

21. Contacto visual: Mantienen sus ojos en contacto directo y permanente con la audiencia. Cada persona en la congregación siente que quien predica la está mirando, y recibe el mensaje como algo personal. Entienden que para hablar a lo profundo del corazón, hay que mirar cara a cara, de frente, y a los ojos. Logran así predicar a todo un grupo y, a la vez, personalmente.

22. Corporalidad: Explotan con naturalidad y espontaneidad el lenguaje corporal. Tienen la convicción del poder de este medio, y lo utilizan sin teatralidades. Es parte indivisible de su comunicación integral. Saben que la congregación obtiene de sus gestos faciales y corporales más del 50 % de lo que comunican. Son grandes maestros y maestras de la comunicación corporal.

23. Ingenio: Poseen la creatividad y capacidad necesarias para incluir -de vez en cuando y como parte de su sermón- sorpresas, ya sea durante la misma predicación o en el servicio. Suelen ser sorpresas sonoras, visuales o dramatizadas Pueden ser ruidos, truenos o relámpagos, proyecciones inesperadas, alguien o algunos con quienes entra en diálogo. etc. Este tipo de novedades vacuna a la congregación contra la rutina.

24. Decisión: Apelan a decisiones en todos sus sermones. Jamás predican sin apelar a opciones específicas y personales. Entienden su predicación como una propuesta, desde la Palabra de Dios, ante la cual la audiencia debe hacer algo, decidir. Creen profundamente que predicar sin invitar es un sinsentido o, a lo menos, una pérdida de tiempo y energía.
Cierro mi inventario, sin duda muy personal, pidiendo a Dios que nos constituya cada día en mejores predicadores y predicadoras. Esto requiere que seamos -de por vida- aprendices de nuestro Señor, modelo paradigmático de comunicador. Que el Espíritu nos brinde también la humildad que necesitamos, para abrirnos y aprender de las actitudes, características y destrezas de nuestros colegas del pasado y del presente. Estos grandes predicadores y predicadoras son un tesoro de sabiduría que la gracia de Dios nos ofrece.

 

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Osvaldo Mottesi

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