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Dimensiones de la misión

 

El marco teológico desde el cual compartimos lo que sigue, tiene que ver

decisivamente con nuestra comprensión de la iglesia en su expresión

congregacional. Esta es: “La iglesia cristiana, uno de los medios de la misión

de Dios, no es un grupo de personas religiosas, sino una COMUNIDAD DE

DISCÍPULOS Y DISCÍPULAS DE JESUCRISTO; es la COMUNIDAD DEL REINO

dentro de la comunidad civil; es una COMUNIDAD CONTRACULTURAL TRANSFORMADORA, es CRISTO

TOMANDO FORMA en la sociedad, en el poder del ESPÍRITU SANTO ”.

En estos días se reflexiona mucho acerca de las demandas -para cada creyente y la iglesia como un todo-

para la realización de una misión realmente integral. Aquella que asume al ser humano no meramente

como “un alma que ganar para el cielo”, sino como una realidad concreta y compleja, personal y colectiva,

en múltiples contextos y necesidades. Hombres y mujeres, comunidades a quienes somos llamados y

convocadas a liberar -para el hoy y la eternidad, en todo lo que ello implica- con el Evangelio del Reino de

Dios.  Esta comprensión de la misión integra la evangelización y el servicio, el aliento sacerdotal y la

presencia profética, la asistencia personal y la acción comunitaria, y todo aquello que significa humanizar

la vida humana, en el poder de JesuCristo (1).

Tal calibre de vocación misionera requiere asumir y vivir como personas y comunidades de fe, lo que

denominamos las dimensiones no negociables de la misión. Aquí las compartimos con el ferviente anhelo

de que estas se hagan realidades cotidianas en la vivencia de nuestra fe.

UNCIÓN Y MISIÓN                     

Como nunca antes proliferan, en medio del Pueblo de Dios, las estrategias de la misión. Crece el número

de especialistas consumadas y sofisticados en los diversos ministerios y operaciones del cuerpo de

JesuCristo. La iglesia, en este tercer milenio, parece tener experiencia de sobra en la misión. Nos

sentimos saturados, llenas de conocimiento, programas, manuales y hombres y mujeres expertos en

la misión. Hemos desarrollado teologías y tecnologías al servicio de cada ministerio. Todo lo hemos

intelectualizado, organizado y programado para la Gran Comisión.

Aparentemente no se nos ha escapado ningún detalle en la planificación de la misión. Parece que

tenemos todo bajo control. De hecho, controlamos la misión. La tragedia, en algunos casos, es que no

nos hemos entregado bajo el control del Señor de la misión.

Producimos mucha acción, pero esto no significa que participamos de la misión. Acción y sólo acción

no es sinónimo de misión. La misión que responde al corazón de Dios es fruto de unción. Genuina unción

espiritual, que es una realidad sobrenatural. La que es fruto de la gracia de Dios. La unción del

Espíritu Santo. Sin unción no hay poder, no hay bendición, no hay misión. Se da sólo activismo

religioso o, en algunos casos, un verdadero carnaval evangélico. Sin unción la misión es solo

metal que resuena o címbalo que retiñe”. “Mucho ruido y pocas nueces”.

Hoy se habla mucho, y con razón, de la misión integral de la iglesia. Para que ésta sea una

realidad, necesitamos experimentar primero la unción espiritual de la iglesia. Sólo la unción espiritual

producirá una fructífera misión integral. Unción para la misión debe ser el supremo anhelo de nuestro

corazón y la meta suprema de nuestra vida eclesial.

La iglesia de JesuCristo, metida ya en la segunda década de este tercer milenio, necesita experimentar

en plenitud personal  y comunitaria la unción del Santo Espíritu de Dios.

Nuestra sociedad contemporánea, esclavizada por ideologías deshumanizantes e idolatrías diabólicas

de todo tipo, demanda hombres y mujeres de Dios que piensen y sientan, vivan y ministren bajo la doble

porción del Espíritu Santo. Por ello, el desafío de Dios a nuestras vidas hoy, por encima de cualquier otro,

es experimentar el camino hacia la unción.

Elías y Eliseo, verdaderos "profetas mayores" en la historia de Israel, fueron dos siervos de Dios muy

singulares. Verdaderos hombres de fe, convicción y dirección. Profetas carismáticos de grandes

portentos y milagros. Ambos realizaron un ministerio de confrontación. Israel estaba sumido en la

idolatría, prostituido espiritualmente. Se había oficializado el culto a Baal. El paganismo estaba

destruyendo la vida nacional. Estos varones de Dios se levantaron denunciando el pecado, enfrentando

los poderes de turno, y llamando al pueblo al arrepentimiento y la santidad.

Elías fue el padre espiritual de Eliseo. Ambos eran personalidades muy diferentes. Provenían de realidades

distintas. El ministerio de Elías fue relativamente corto. El de Eliseo duró casi medio siglo. Elías era

temperamental. A veces extremadamente valeroso y temerario; otras veces caía en la desesperación.

Eliseo era de carácter más controlado, más equilibrado. Elías fue criado en la zona pobre de Galaad.

Se vestía con pelo de camello y su estilo de vida era silvestre. Eliseo provenía de una familia acomodada.

Le agradaba la vida en las ciudades. Se hospedaba en palacios y con frecuencia estuvo en presencia de

reyes. A pesar de estas y otras marcadas diferencias personales, ambos profetas tuvieron un ministerio

igualmente ungido, poderoso y de tremenda bendición. Si Elías puede considerarse como un tipo de

JesuCristo, Eliseo es nuestro representante. En ambos encuentran ejemplo inspirador todos aquellos y

aquellas que deseamos vivir como instrumentos fructíferos del poder de Dios en esta hora. Lo anterior nos

guía a la siguiente conclusión: Todos los siervos y siervas de Dios somos frutos de realidades y experiencias

distintas. Representamos ministerios diferentes. Nos caracterizan énfasis particulares. Algunos, algunas

ministramos en contextos rurales, casi rurales, o pueblos pequeños o aislados. Otros, otras servimos en

grandes ciudades. Por todo esto, las demandas de nuestros ministerios son diferentes.

Como consecuencia, nuestros estilos de vida son también muy distintos. Pese a todas estas y otras

diferencias todos por igual necesitamos sin excepción vivir y servir bajo la unción espiritual, fresca y

plena del Espíritu Santo. No hay alternativa. Esto es inescapable. Unción y misión son las dos inseparables

caras de la misma moneda, a los ojos de Dios.E

ADORACIÓN Y MISIÓN

Reflexiones desde el salmo 122                                                                                                 

Como bien se ha dicho, la adoración es la razón de ser de la iglesia. Esto concuerda con la enseñanza

bíblica, que enfatiza que la iglesia existe “para la alabanza de la gloria y gracia de Dios” (Ef 1:6). Pero si

la adoración es la vocación primaria de la iglesia, ¿cuál es la relación vital entre adoración y misión?

¿Es la adoración del pueblo de Dios testimonio genuino, una  dramatización coherente de su misión? O

principalmente ¿es la adoración inspiración, orientación y equipamiento para la misión? O tal vez,

¿la adoración es sólo la dimensión cúltica o ritual, la expresión litúrgica de la vida del cuerpo de Cristo?   

La revelación bíblica nos afirma claramente que la adoración tiene que ver con todo lo apuntado y mucho

más. Esta es un evento espiritualmente dinámico, donde realmente Dios    -no la iglesia- toma la iniciativa

y la comunidad de fe responde en reverencia y exaltación, alabanza, confesión y acción de gracias,

celebración y consagración, intercesión y entrega, proclamación y compromiso.

Por otra parte ¿para qué asistimos a los templos? ¿Por qué nos congregamos como iglesia? ¿Por qué

participamos de la alabanza y la adoración? ¿Cuál es la razón de ser del culto, la celebracióncristiana?

El salmo 122 fue compuesto para ser cantado por los peregrinos y peregrinas de Israel, cuando acudían

al templo de Jerusalén en ocasión de las grandes fiestas religiosas nacionales. Durante la pascua,

el pentecostés o la celebración de las cabañas o tabernáculos, este salmo era cántico solemne, central

y significativo en la liturgia del templo. Este precioso himno nos explica la razón de ser de la adoración,

y también nos enseña las dimensiones no negociables que deben caracterizar al culto que es agradable

a Dios y de bendición para su pueblo. Cada una de sus estrofas enseña un significado de la adoración. Todas

ellas constituyen una exposición completa de las bendiciones e imperativos del culto, la celebración

cristiana.

 1. La bendición del gozo de la comunión: Yo  me alegro cuando me dicen: “Vamos a la casa del SEÑOR”.

La Nueva Versión Española y la Biblia de Jerusalén traducen con euforia: ¡Qué alegría cuando me dicen:

vamos a la casa del Señor! Esta es la afirmación vibrante del culto como celebración, la fiesta de la familia

extendida de Dios.

Porque adorar es celebrar al Dios de la vida plena y abundante. Ese Señor a quien invocarle es actuar como

pueblo pagano, pues la presencia de Dios toma la iniciativa y se manifiesta siempre donde su gente se

congrega.

Aunque a veces la congregación que adora pudiera estar atravesando “el valle de sombra y de muerte”,

nunca el culto debe perder su espíritu de celebración. Pues, entre muchas otras cosas, experimentamos

la alegría de vivir juntos la promesa: “Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en

medio de ellos” (Mt 18:20).

Pero además, la adoración no sólo nos bendice al vivir como iglesia congregada una relación especial

con el Señor, sino que gozamos del convivio fruto de las relaciones restauradas en Cristo con nuestros

prójimos. Hombres y mujeres quienes son prójimos no sólo por estar próximos, cerca físicamente, sino

porque -en el milagro del amor ágape- les amamos y nos aman tal como son y somos.                            

 2.La bendición del recuerdo del pasado: “¡Jerusalén, ya nuestros pies se han plantado ante tus

portones!” La versión de Reina y Valera traduce: “Nuestros pies estuvieron dentro de tus puertas,

oh Jerusalén”. En ambos casos se expresa la dimensión histórica de la adoración. Porque todo culto es, sin

excepciones, parte de la historia de la salvación. Esa historia que arranca en el huerto del Edén, que nos

ha incorporado como miembros del pueblo de Dios, y que culminará con el final de toda historia y el inicio

del cielo y la tierra nuevos. Por eso, el culto actualiza nuestros recuerdos como personajes de esa historia

de salvación. Miramos atrás y vemos en la realidad del inventario de nuestras infidelidades, la fidelidad

impecable del Señor. Como los hebreos y hebreas de antaño, recordamos y bendecimos por todo ello el

Nombre que es sobre todo nombre.                                                     

3. La bendición de la unidad visible del cuerpo de Cristo: “¡Jerusalén, ciudad edificada para que en ella

todos se congreguen!”. Reina y Valera tradujeron: “Jerusalén, que se ha edificado como una ciudad que

está bien unida entre sí”. Aquí el pueblo afirma el milagro de nuestra unidad en la diversidad. Es decir,

el culto como testimonio de que somos uno en Cristo. La celebración es ya un gran mensaje aun antes del

mensaje. Jerusalén y el templo eran símbolos de la unidad de las doce tribus de Israel para la unidad del

mundo. Lo mismo ocurre hoy cuando la iglesia alaba y adora al mismo Señor. Ella canta al mundo que en el

poder del Evangelio del Reino, hombres y mujeres -una raza humana de toda etnia, clase y condición- han

venido a ser un pueblo unido en amor.

 El culto proclama que la ambición y la competencia, el odio y la guerra no tienen ni tendrán la última

palabra. La adoración testifica al mundo dividido que la iglesia es primicia  -parcial e imperfecta- pero

primicia al fin, del mundo nuevo de Dios, bajo el señorío pleno de JesuCristo. Es la primicia de la nueva

creación.

Testificamos al mundo que la unidad en Cristo es posible. Es el milagro de la gracia. Sí, nuestra adoración

es primicia de la adoración celestial.

4. La bendición de la doble revelación: “A ella suben las tribus, las tribus del Señor, para alabar su

nombre conforme a la ordenanza que recibió Israel. Esta estrofa declara al culto como diálogo. Porque sin

diálogo no hay realmente culto, pues éste es fruto de una revelación doble. El pueblo “alaba su nombre”,

se revela al Señor en gratitud y amor, confesión y arrepentimiento. Y Dios se revela al pueblo “conforme

a la ordenanza que recibió Israel” o “conforme al testimonio dado a Israel” (RV). Revelación doble y mutua.

Alabar y adorar es subir al Monte de la Transfiguración. Y el pueblo sube en cada caso, según su ineludible

doble realidad: cultural y generacional. Porque culto y cultura tienen la misma raíz. Y la adoración la

expresa cada generación con las maneras, artes y símbolos de su propio tiempo.

Mientras la iglesia perpetúa su diálogo estéril acerca de las formas de adorar, el Señor continúa afirmando

que lo importante es adorarle “en espíritu y en verdad”. Pero para que el culto sea diálogo, no solo es

necesaria la revelación “de abajo hacia arriba”, sino la “de arriba hacia abajo”. Eso ocurre cuando en la

cima del monte, el Señor dice Su Palabra en el lenguaje y formas de cada pueblo y generación. Entonces

el pueblo es despertado y juzgado, alimentado e inspirado, renovado y desafiado.

Cuando este milagro del Espíritu ocurre realmente, el pueblo cautivado en la cima del monte quisiera

quedarse allí para siempre. Pero el mismo Señor le envía, lo moviliza a bajar al valle de la misión. Doble

revelación, marcada siempre por lo cultural y generacional. Diálogo milagroso donde Dios y la iglesia se

expresan mutuamente por iniciativa de la gracia divina, obrando a través del Espíritu Santo.        

 5. La bendición del juicio de Dios: “Allí están los tribunales de justicia, los tribunales de la dinastía

de David”. Aquí se manifiesta el culto como purificación. No solo es magisterio y consejo, alabanza y

adoración, sino confrontación para purificación.

El culto ejerce un ministerio profético doble: a la iglesia y a la sociedad. El culto convoca a la iglesia a

confesar sus pecados, declarar su arrepentimiento, rogar por su restauración y vivir el gozo del perdón.

Es la experiencia que purifica. El mensaje que juzga a la conciencia personal y colectiva se hace claro y

presente por el Espíritu. Pero el juez de este juicio no es conocido por sus sentencias de muerte, sino por

su actuar en procura de restauración, reconciliación y renovación. La iglesia en el culto se constituye,

por el milagro del Espíritu, en una comunidad reconciliada y reconciliadora.

La iglesia cristiana no es un grupo de personas religiosas, sino una comunidad de discípulos y discípulas de

JesuCristo; es la comunidad del Reino dentro de la comunidad civil; es una comunidad contracultural

transformadora; es Cristo tomando forma en la sociedad, haciéndose audible, visible y accesible en el poder

del Espíritu Santo. Por ello, ya en el culto la iglesia ejerce un ministerio profético a la sociedad.

La comunidad contracultural refresca en el convivio con Dios y Su Palabra sus valores éticos, los del Reino

de Dios. Los compara con los valores y frutos de la sociedad que la circunda. En tal comparación ineludible,

la iglesia se transforma en la conciencia de la sociedad. La juzga con amor compasivo, que no cancela su

obediencia responsable al Señor y a Su Palabra. Por eso el culto ejerce un ministerio profético, donde

la iglesia deslinda lo que es del César de lo que es de Dios. Allí la comunidad de fe se constituye en vocera

del amor y la paz, la libertad y la justicia del Reino cuyos valores representa.                                                                                      

6. La bendición de la paz, la seguridad y el descanso: “Pidamos por la paz de Jerusalén: Que vivan en paz

los que te aman. Que haya paz dentro de tus murallas, seguridad en tus fortalezas”. La versión de Reina y

Valera agrega:

“...y el descanso dentro de tus palacios”. El culto aquí se expresa como intercesión, seguridad  y descanso.

El culto pide por la paz de “la morada de paz”: “Bienaventurados los pacificadores; dichosos los que

trabajan por la paz, porque serán llamados hijos e hijas de Dios (Mt 5:9).Y a la vez, la adoración es

momento de quietud e inspiración que nos llena de paz, para seguir la batalla bienaventurada.

El culto trae la seguridad del Señor del culto: “En el mundo tendréis aflicción, mas confiad, yo he vencido

al mundo” (Jn 16:33). Y a la vez, la adoración confirma al pueblo en medio de sus luchas, por enseñanza y

experiencia, “que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman” (Ro 8:28). 

El culto es descanso. Es un alto en el camino, un polo de la misión, donde podemos recibir y vivir en

medio de nuestros cansancios y ansiedades el anuncio prometedor:

“Vengan a mí todas, todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso” (Mt 11:28).

Y a la vez, la adoración nos brinda en el descanso, nuevas energías espirituales para continuar

peregrinando.

7. El imperativo del amor sin distinciones: “Y ahora, por mis hermanos y amigos te digo: ¡Deseo que

tengas paz! Por la casa del Señor nuestro Dios procuraré tu bienestar”. Reina y Valera traducen: “Por amor

de mis hermanos y compañeros...”. El culto viene a ser aquí un medio para la misión. No solo dramatizamos

la vida y misión de la congregación al interceder por las necesidades de la comunidad del Reino y la

comunidad civil, al dar gracias por bendiciones en la extensión del Reino, y al ofrendar por proyectos

misioneros. Las bendiciones del culto deben resultar en más amor por la iglesia y el mundo. Por lo tanto el

salmo no puede menos que concluir con el imperativo del amor. Participar del culto nos hace experimentar

las bendiciones de la comunión gozosa, los preciosos recuerdos del pasado, el testimonio de nuestra unidad

visible en Cristo, la doble revelación, el juicio purificador del Señor, y la paz, seguridad y descanso del Buen

Pastor. Por eso, participar del culto nos desafía a vivir el imperativo del amor sin distinciones. “Entramos

para adorar, salimos para servir”. “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque

eran como ovejas que no tenían pastor” (Mr 6:34).

Concluimos, afirmando que la vida y misión de la iglesia tiene un ritmo. Es el ritmo que Dios le ha asignado

en la historia de la salvación. Ritmo con dos momentos o polos en mutua necesidad. Un polo es el de la

iglesia congregada, la iglesia en el culto, donde la congregación llega con necesidades múltiples, después

de una semana de peregrinaje. Llega al convivio con heridas y desconciertos, preguntas y ansiedades,

conflictos y luchas sin resolver. Allí, en ese polo de encuentro con Dios y la familia, la iglesia es curada y

alimentada, recibe respuestas y encuentra paz, aquieta su ansiedad, es inspirada y vuelve a ser movilizada,

para salir. Y salir es venir a ser parte del otro polo, el de la iglesia dispersada, la iglesia en la dispersión

viviendo su misión. Su campo misionero son barrios y fábricas, escuelas y oficinas, los mil mundos de cada

uno de los hijos e hijas de Dios. Allí es llamada a ser y hacer la misión, expresarse como luz y sal de la tierra.

Y eso agota y agobia, hiere y aflige. Por eso el imperativo es volver a congregarse en el culto. Y ésta vuelve

a ser -del Reino- hospital y comedor, gasolinera y taller, escuela y monte inspirador. Todo esto para volver

a salir, a dispersarse, a continuar adorando a través del servicio en el valle que es el mundo. Es un ritmo

de nunca acabar, hasta que acabe la historia. Por eso, adoración y misión, liturgia y servicio son los dos

polos del ritmo de Dios para ti y para mí, para todo el pueblo de Dios.  

PREDICACIÓN Y MISIÓN

La predicación que participa de la misión de Dios demanda pasión, poder y propósito. La exhortación de

Dios al profeta Isaías en sus días, sigue vigente para nosotras y nosotros en los nuestros: "Clama a voz en

cuello, no te detengas, alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob

su pecado". (Is 58:1)

Desde los días de Pablo y Timoteo hasta los nuestros, la admonición sigue siendo la misma: "Te encarezco

delante de Dios y del Señor Jesucristo; que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su

reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo, redarguye, reprende, exhorta con

toda paciencia y doctrina". (2 Ti 4:12)   Sin proclamación no hay misión integral y sin un claro compromiso

con la misión integral, la proclamación es "metal que resuena o címbalo que retiñe". La proclamación fue,

es y será mandamiento, un mandato ineludible como parte de la misión.                                                                                    

La proclamación del Evangelio del Reino exige PASIÓN.  Pasión, en este contexto es fruto de la unción

fresca, plena y poderosa del Espíritu Santo. El libro de Los Hechos nos relata de los primeros predicadores

de la iglesia en Jerusalén diciéndonos: "Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados

tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo (es decir, apasionadamente)

la palabra de Dios"  (Hch 2:31).

Necesitamos volver a experimentar lo que décadas atrás Carlos Silvestre Horne llamó "el romance de la

predicación", es decir, vivir profundamente enamorados de nuestro ministerio como proclamadores y

predicadoras; enamoradas, enamorados del Señor de nuestro ministerio y de su bendita Palabra. Esto no

traerá efervescencia emotiva solamente, sino pasión genuina, pasión espiritual por la proclamación. Esto

hará que nuestro pueblo de habla castellana en todo el mundo, bendecido con tanta proclamación

apasionada mediante la unción espiritual, pero también manipulado y desorientado a veces con tanta

proclamación superficial, viva la realidad de la apasionada convicción de Juan Wesley:  "Dadme cien

predicadores que no teman a otra cosa que al pecado y no deseen otra cosa que a Dios, y me importa un

bledo que sean clérigos o laicos, solamente los tales sacudirán las puertas del infierno y establecerán el

reino de los cielos en la tierra".  Como me dijo un campesino pastor hace ya varios años en la costa del

caribe colombiano: "predicar es arrancar una brasa ardiendo de mi

corazón y ponerla en tu corazón". ¡Hagámoslo para la gloria de Dios!

La proclamación del Evangelio del Reino exige PODER.  El apóstol Pablo grita a los cuatro vientos:

"Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree..."

(Romanos 1:16a).  El Evangelio del Reino es el poder más grande del mundo. Un poder divino (de Dios), un

poder benéfico (para salvación), un poder universal (a todo aquel que cree). Pero la proclamación de este

Evangelio que es en sí poder, será proclamación poderosa cuando la iglesia en general y sus proclamadores

y proclamadoras en particular, seamos instrumentos abiertos, dóciles al poder divino, que es el poder del

Padre, el poder de la Palabra inspirada, el poder de JesuCristo el Señor de la Palabra. Y todo ello hecho

accesible a través del ministerio del poder pentecostal del Espíritu Santo.

Hemos crecido tremendamente en todo el mundo. Templos, colegios, institutos, seminarios e instituciones

cristianas de todo tipo se levantan por doquier. A pesar de las limitaciones económicas, políticas y sociales

que nunca faltan, la obra de Dios crece, entre otras cosas, en poder institucional. Todo eso es bueno, es

bendición de Dios cuando se usa como medio para la misión y no como un fin en sí mismo. El único poder

que hará poderosa la proclamación de la iglesia es el poder de Dios. Proclamación con poder produce

perdón y pentecostés.

La proclamación del Evangelio del Reino exige PROPÓSITO. En uno de nuestros libros definimos la

predicación afirmando que "predicar es satisfacer necesidades humanas". Por ello el propósito es central

en la misión proclamadora. El ministerio de proclamación debe tener, entre otros, un doble propósito, si

en verdad intenta satisfacer necesidades humanas. 1)  Para discernir las reales necesidades humanas, la

iglesia proclamadora está exigida a vivir encarnada, invertida en la vida de su pueblo. Esto nada tiene que

ver con predicadores o predicadoras paracaidistas. Esto demanda presencia pastoral, estar donde nos

necesitan. También requiere análisis, reflexión y oración, "discernir los signos de los tiempos", es decir, lo

que Dios nos dice a través del pueblo, la ciudad, la nación, a nosotras y nosotros que conocemos su palabra

y por ello su voluntad.  2)  La clave es tratar de escuchar a Dios pero, al hacerlo, simultáneamente intentar

comprender las necesidades que palpitan en las vidas de nuestra gente, nuestra congregación. Como diría

el teólogo suizo Karl Barth: "en una mano la Biblia, en la otra mano el periódico; para saber lo que dice Dios,

para conocer lo que grita el mundo y, a partir de estas dos revelaciones, proclamar a las reales necesidades

del mundo y de la iglesia". Esto es proclamación con propósito, aquella que en forma intencional e integral

y en actitud pastoral responde, satisface las necesidades de toda la experiencia humana desde el Evangelio

del Reino. PASIÓN, PODER Y PROPÓSITO son las demandas ineludibles de toda predicación que participa

con frutos, de la misión de Dios.

DISCIPULADO Y MISIÓN

Discipular es facilitar a hombres y mujeres creyentes a "crecer en todo. . . en Cristo" (Ef 4:15). Discipular es

uno de los mandamientos más difíciles de la misión. Nuestro énfasis por el crecimiento numérico hace que

muchas veces descuidemos -algunos casi ignoran- el discipulado.  Este es el corazón mismo del crecimiento

integral del pueblo de Dios. 

Lo anterior nos lleva a afirmar lo siguiente: A veces las conversiones multitudinarias, sin el ministerio del

discipulado, pudieran no ser más que un cambio superficial. La transferencia de una religiosidad popular

católica o pagana, a una religiosidad popular evangélica. Es el cambio de la virgen y las imágenes, los astros

y las barajas del Tarot, o cualquier otro tipo de ídolo, por la Biblia. Nada más. Por favor, no se entienda esto

como una afirmación elitista o antipopular. Todo lo contrario.  Sólo insistimos que divorciar la

evangelización del discipulado es truncar el carácter integral del crecimiento del cuerpo de Cristo. 

Aún más, es desobedecer la Gran Comisión. Esta coloca radicalmente juntos ambos mandamientos.

Los frutos del discipulado son discernimiento y dirección para la misión.                                                                                                                                                

El discipulado exige y ofrece DISCERNIMIENTO. La cruz y la tumba vacía testifican el triunfo del amor

sobre el antirreino. A pesar de esto, un conflicto de proyecciones cósmicas se mantiene aún entre Dios

y Satanás. Éste no siempre se opone a Dios directamente. A menudo trata de obstaculizar la misión

mediante la falsificación. Pablo afirma: "El mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es

extraño si también sus ministros se disfrazaran como ministros de justicia" (2 Co 11:14-15). La falsificación

satánica hace, entre otras, las siguientes imitaciones: Para Cristo hay un Anticristo. Para profetas

verdaderos hay profetas falsos. Para apóstoles verdaderos hay apóstoles falsos. Para el trigo hay cizaña.

Para las ovejas hay lobos con pieles de ovejas. Para el Espíritu Santo hay espíritus inmundos. ¡Qué desafío!

¿Cómo podemos distinguir lo genuino de lo espurio? Para ello necesitamos el don espiritual del

discernimiento.                                                                                                                                          

El ministerio de la enseñanza exige discernimiento tanto en quienes discipulan como en quienes son

discipuladas o discipulados. Esto, para interpretar la Palabra, entender la voluntad de Dios -que como dice

Pablo "es siempre agradable y perfecta" (Ro 12:2)-  y hacerla nuestra voluntad personal y comunitaria.

El discernimiento -don del Espíritu- hará que la enseñanza del consejo de Dios nos amplíe la visión.

Comprenderemos con una agudeza renovada la realidad de toda situación. Desarrollaremos virtud

espiritual. Aquella que sensibiliza nuestro sentido de obediencia a la ética del Reino de Dios. Nuestra

vocación será iluminada. Nos transformaremos en instrumentos cada vez más eficaces de la gracia divina

en la iglesia y la sociedad.

El ministerio de la enseñanza ofrece discernimiento. Observemos la historia del encuentro de Jesús,

recientemente resucitado, con los dos discípulos en el camino hacia Emaús. Está registrada en el capítulo

24 de Lucas. Ella ofrece muchas inspiraciones sobre el ministerio de enseñanza de la iglesia. Sólo

deseamos destacar aquí una experiencia. La viven los dos discípulos en íntima comunión con su Maestro.

Este les había enseñado en el camino las Escrituras. Llegados al hogar, al partir y bendecir Jesús el pan, los

discípulos son iluminados. Por ello le reconocen y tienen una visión plena de su Señor. La enseñanza

produjo en ellos el discernimiento para descubrir a Jesús, el Cristo. Estamos llamados, llamadas a enseñar,

es decir, discipular. Esto, para que la iglesia descubra con una intensidad nueva a Jesús, el Cristo, nuestro

Señor. Su vida que es mensaje y su mensaje que es vida, nos ofrecerán discernimiento para la misión en

medio de la confusión.                                                                                                           

El discipulado produce DIRECCIÓN. La experiencia del camino de Emaús es fundamental para la

enseñanza de la iglesia. Habrán notado que no hemos dicho camino a Emaús, sino de Emaús. La distinción

es importante. Esta experiencia comienza con dos discípulos. Son gente común. Ni siquiera pertenecían al

grupo de los apóstoles. Son dos miembros de la iglesia que va a nacer. Parten de Jerusalén el domingo

después de la pascua.  Llevan un sentir de derrota y perplejidad. Su desilusión ante la realidad aún fresca

de la cruz se mezcla en ellos con cierta esperanza. Habían oído "de algunas mujeres" el testimonio acerca

de la tumba vacía.

Todo esto los tiene confundidos. Y esa confusión los pone en la dirección incorrecta. Están dejando

Jerusalén, el centro mismo del evento salvador de toda la historia: la cruz. Pero ocurre el encuentro con

Jesús en el camino, y su enseñanza cambia la dirección de sus vidas y misión. La llamada muchas veces

experiencia del camino a Emaús es para esos discípulos enseñados, viaje de ida y vuelta. Experiencia en

Emaús que los devuelve a Jerusalén.

Luego del momento de iluminación, que es resultado de la enseñanza en comunión con el Señor alrededor

de la mesa, comprenden la real realidad. Descubren a Jesús, el Cristo, en toda su plenitud mesiánica y

redentora. ¡Y cambian de dirección! Regresan a Jerusalén. Allí es donde está la acción, el centro de la

misión. Y la acción, la misión, debe continuar. Su discipulado es revolucionado: de la confusión a una nueva

dirección. La dirección de la misión. Dice el relato: "Y levantándose en la misma hora, volvieron a

Jerusalén...y contaban las cosas que les habían acontecido en el camino" (Lc 24:33a y 35a).

La enseñanza del evangelio del Reino ofrece la dirección correcta para la misión de cada circunstancia.

Muchas veces en nuestro activismo misionero descuidamos el mandamiento del discipulado, de la

enseñanza, como parte fundamental de la misión integral. Nuestro discipulado fiel exigirá y ofrecerá

discernimiento. Este brindará dirección, la de Dios, a la misión.

COMUNIDAD Y MISIÓN

La comunidad, que es fruto de la comunión de la iglesia con Dios y entre todos sus hombres y mujeres

miembros, se apoya en tres principios: convivir, compartir y cooperar.

En la vida en comunidad, la iglesia experimenta concretamente el ser familia de Dios y cuerpo de Cristo.

Viviendo en comunidad cultivamos relaciones interpersonales y participamos en la ayuda y apoyo mutuos.

Experimentamos también la admonición fraternal, la confesión, el perdón y la restauración y reconciliación.

Es en comunidad donde vivimos el discernimiento de dones y todo lo que concierne al discipularnos los

unos a las otras. Vivir en comunidad incluye también, como elemento central, la interpretación

comunitaria de la Palabra. La vida de la comunidad de fe así entendida y realizada, estimula y sostiene

a la adoración y a la misión de la iglesia y, al mismo tiempo, se nutre de ellas.

Vivir en comunidad como testimonio del Reino exige CONVIVIR. La koinonía en el Nuevo Testamento

se refiere a la comunión que practica la comunidad de discípulos y discípulas.  Es interesante descubrir que

al nivel íntimo de la Trinidad, hay un profundo significado de koinonía en la doxología de 2 Corintios 13:14:

"La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.

Amén". Así como entendemos el coexistir, el convivir de las tres personas de la Trinidad, nuestro Triuno

Dios, así debemos comprender y practicar el convivio de la fe, en el clima del amor, justicia, paz y libertad

plenos del Reino.  La corriente presente e influyente del crecimiento numérico de la iglesia, obsesionada

por el desarrollo de congregaciones gigantes -"mega churches" como decimos en inglés- presenta, entre

otras, una seria debilidad. Con honrosas excepciones, tales movimientos tienden a la masificación de los

creyentes, impidiendo a la iglesia ser y hacer comunidad.  La congregación gigante se transforma en una

masa de desconocidos. Esto, por otra parte, refuerza nuestro difundido individualismo evangélico. A lo

sumo se dan realidades de convivio cristiano en subgrupos formales o informales. Algunos de éstos viven la

experiencia de funcionar como una iglesia-comunidad dentro de la iglesia gigante o iglesia madre.

Aquí no estamos cuestionando las iglesias multitudinarias. Todo lo contrario, cuando estas desarrollan

programas y ministerios de múltiples alcances para la proclamación, la comunión, la enseñanza y el

servicio.

Nuestra preocupación nos hace apuntar a la realidad creciente de ciertas iglesias multitudinarias. Éstas,

por múltiples razones no ministran a la necesidad del convivir cristiano. Con ello debilitan el carácter

integral de la misión y del crecimiento. La comunión, el convivir comunitario de cada uno de todas, todos

los miembros es esencial para la vida y misión de la familia de la fe.                          

Por lo tanto el reto aquí es que, cualquiera sea su tamaño, cada congregación experimente la necesidad y

bendición de convivir con el resto del cuerpo de Cristo. La iglesia no tendrá autoridad ni soluciones eficaces

para enfrentar la crisis galopante que afecta a la familia nuclear contemporánea, antes de ser ella misma

una familia sana y funcional.                                        

Vivir en comunidad como testimonio del Reino exige COMPARTIR. Compartir es un correlato de convivir.

Compartir es fruto de un convivir comprometido con los demás. La koinonía en el Nuevo Testamento está

ligada con la espontánea participación de bienes materiales. Pablo sitúa este signo del Reino de Dios dentro

de los llamados deberes cristianos, cuando exhorta: "Compartiendo (koinónein) para las necesidades de los

santos, practicando la hospitalidad" (Romanos 12:13). La koinonía tiene que ver con el principio de

compartir. La Palabra afirma: "Mas bienaventurada cosa es dar que recibir" (Hechos 20:35).                             

Por otra parte, la iglesia es llamada a hacer, con la guía y ayuda de Dios, todos los esfuerzos para que el

Espíritu transforme el cuerpo de Cristo en comunidad no sólo de hermanos y hermanas, sino de

compañeros y compañeras. Comunidad de compañeros.  La palabra compañero proviene del latín cum y

panis, es decir, con pan.  Por esto, significa literalmente alguien con quien se comparte el pan.

Rescatemos para nuestra cultura evangélica el vocablo compañero y compañera, tan zarandeado y

menoscabado por su abuso en círculos políticos y movimientos sociales. Volvamos a darle el significado

prístino de ser aquellos y aquellos con quienes compartimos el pan. Seamos iglesias de compañeros y

compañeras. Compartamos todo el tipo de pan que es de Dios y Dios nos da. Esta realidad, como en el

caso de la iglesia primitiva, impactará y traerá a los pies de Jesucristo a nuestros pueblos.                                                              

Vivir en comunidad, como testimonio del Reino exige COOPERAR. Este es un énfasis claro en el Nuevo

Testamento, para no hablar de la tremenda riqueza del mismo en el Antiguo. Tal énfasis predicado,

enseñado y vivido por Israel y la Iglesia, afirma que es la voluntad de Dios que toda la humanidad, como

consecuencia de su vuelta a Dios, organice sus relaciones en base al principio de la cooperación, en lugar

de destruirse con el veneno de la competencia. Hoy en día nuestra sociedad exalta el "evangelio de la

competencia" como una bendición que mueve la rueda del progreso. El pecado humano no solo la ha

creado, sino que ha hecho de la competencia sinónimo de guerra y de las más abyectas injusticias.

Por todo ello, se me hizo claro, desde que empecé a leer la Biblia en la Escuela Dominical, que Dios procuró,

procura y procurará establecer -a través de su Reino- un sistema de cooperación en lugar de competencia.

Esta, desde la Caída, es la norma que ha puesto al mundo como está.

Cooperar, a nivel de la misión de la iglesia, es una dimensión perdida que debemos rescatar.

El espíritu competitivo se ha injertado también en el quehacer de la misión, en pastoras y pastores,

evangelistas, líderes, congregaciones, denominaciones, organizaciones para- eclesiásticas, y la lista podría

seguir.  Esto no sólo afecta el testimonio del pueblo del Reino.  También deteriora nuestra vocación y

responsabilidad como mayordomos de los recursos que Dios nos ofrece para su obra.

¡Acabemos con la competencia al nivel y en el contexto que sea! Desaprendamos el mal ejemplo de los

misioneros que hace décadas llegaron a nuestras tierras. Llegaron -con mucho amor pero poco espíritu

de cooperación- a instalar cada uno su propio kiosco evangélico. Rechacemos copiar el espíritu competitivo

de los grandes emporios e imperios, las grandes corporaciones, ONGs multimillonarias que intentan hacer

misión con filosofía de transnacionales. Vivamos la cooperación que está en el mismo corazón del proyecto

salvador de Dios para la iglesia y la sociedad. Seamos una comunidad cooperadora con el resto del pueblo

de Dios. 

Recordemos: Sin comunión con Dios y su pueblo no hay comunidad. Y sin comunidad no hay misión

integral. La comunidad de fe vive en misión cuando convive, comparte, y coopera.


SERVICIO Y MISIÓN

La misión en este tercer milenio exige a la iglesia vivir el mandamiento diaconal, es decir, el mandato del

servicio. El cumplimiento fiel de este mandamiento se apoya en tres principios: compasión, comprensión

y consagración.

Necesitamos comenzar con una aclaración. La voz griega diákonos, que ha sido castellanizada a diácono o

diaconiza en nuestros Nuevos Testamentos, es también traducida en nuestras mismas Biblias como

ministro, sierva, servidora y sirviente.

Nosotros hemos limitado la comprensión del ministerio diaconal, a lo que entendemos por las funciones

del diaconado en nuestras congregaciones. El Nuevo Testamento enseña que todo ministerio debe ser

diaconal, es decir, servicial. Jesús mostró su diakonía hasta las últimas consecuencias, y afirmó su carácter

de servidor al testificar: "El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida

en rescate por muchos" (Mt 20:28). Jesucristo fue el siervo sufriente, el diácono entre los diáconos.

Entre otros ejemplos que ofrece el libro de Los Hechos, la elección de los siete diáconos es un modelo de

planificación eclesial del servicio en bien de los más pobres. Los escogidos fueron los coordinadores para

"servir las mesas", y se agrega algo fundamental: "que eran llenos del Espíritu Santo" (Hechos 6:2-5).

La iglesia de hoy debe convencerse, de una vez y para siempre, que el mandato obedecido del servicio y

ninguna otra cosa, es lo que realmente da credibilidad a su proclamación, comunión y enseñanza. Jesús

aclaró esto en varias ocasiones. Él dijo:

"No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi

Padre que está en los cielos" (Mt 7:21).                                                                                                                      

La práctica y la doctrina, no sólo la una o la otra, sino las dos hechas servicio, definen quien entrará en

el Reino de los cielos. Si no, veamos Mateo 25:31-46. Además, Santiago 2:18 enfatiza la necesidad de

mostrar al mundo la fe evidenciada por las obras. Esto es el resultado misionero de la síntesis dinámica

entre fe y obras, doctrina y acción, ciencia y obediencia, teología y ética, amor y servicio. El servicio es,

pues, la "prueba de calidad" de la misión cristiana. JesuCristo mismo, a través del ejemplo del Buen

Samaritano, nos enseña los tres principios cardinales que deben sustentar el mandato del servicio.

El servicio debe ser expresión de COMPASIÓN. Aquel mismo que "al ver las multitudes tuvo compasión de

ellas; porque estaban desparramadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor" (Mt 9:36), nos exhorta

hoy, a ser una iglesia que observe al mundo con una mirada samaritana. Según la conocida parábola,

registrada en el capítulo 10 de Lucas, el sacerdote y el levita, líderes religiosos del pueblo más religioso de

toda la historia, pasajeros en tránsito, miraron a quien moría a la vera del camino -prototipo de un mundo

herido de muerte- y pasaron de largo. Quizás el exagerado espiritualismo con que concebían la misión de

Dios; probablemente su activismo religioso, su profesionalismo, su constante "correr contra el reloj" para

cumplir con la agenda; o quizás su racismo sublimado, los había vacunado contra la compasión.

El samaritano era fruto de la mezcla entre "lo puro" de Israel y "lo impuro" de la paganía. Era "de afuera",

mestizo y marginado. No podía siquiera entrar a las sinagogas, ni participar como jurado en cortes de

justicia. Probablemente era analfabeto y sin trabajo. Era "un etcétera" de la sociedad. Podía haberse

constituido en un peligroso resentido social. Pero dice Jesús que "viéndole -al moribundo- fue movido a

misericordia" (Lc 10:33b). ¡Qué elegante es la traducción al castellano! De ser más literal al texto griego

debería decir:

"y viéndole se le revolvieron las tripas". ¡Claro! de compasión, la cual lo movió a misericordia, es decir,

a servir por amor al prójimo. Esa mirada samaritana cargada de profunda compasión, generó un servicio

creativo, sacrificial y dedicado. ¡Qué ejemplo insuperable! Jesús eleva lo rechazado por su propio pueblo,

lo sociológicamente despreciable, como ejemplo por excelencia de la actitud y misión de la iglesia

universal que debe servir exclusivamente por compasión.

La compasión de Jesús, que debe ser nuestra compasión, no es un simple sentimiento de piedad por la

desgracia ajena, ya sea ésta individual o colectiva. Debe ser un sufrimiento motivado por el amor de

la cruz, el ágape de Dios. A Jesús, representado en el samaritano, "le duelen las entrañas", "se le

revuelven las tripas'. Jesús, el Cristo, se metió en el dolor del pueblo para socorrerlo, servirlo, sintiendo

en carne propia el dolor de los demás. La compasión de Jesús incluye amor y justicia que se entrelazan,

implican un amor intenso y constante. Este demanda hoy a la iglesia un servicio compasivo, creativo,

restaurador, liberador y humanizador.                                                                                                                          

El servicio es resultado de COMPRENSIÓN. Esta requiere discernir con precisión la experiencia o situación

que enfrentamos en nuestra misión, para dar a cada necesidad una respuesta pastoral y contextual

relevante, es decir, un servicio eficaz.

La mirada samaritana del relato de Jesús fue rica en comprensión. Aquel de quien el Maestro ni el

nombre menciona, seguramente no habría estudiado sociología o criminología. Pero comprendió bien la

real realidad. Esa comprensión lo llevó a servir en el momento, con la rapidez y de la forma necesaria.

Nuestra fe debe experimentar una constante búsqueda de eficacia. La fe y el servicio del samaritano

fueron eficaces, pues estaban enriquecidos con una comprensión clara de la realidad.

Como en el ejemplo samaritano, nuestra comprensión inteligente de la realidad nos demanda como iglesia

no sólo destrezas psicológicas y sociológicas, que son muy importantes, sino una participación encarnada

y directa, una inversión compasiva y plena en las angustias del camino. Los dramas de la real realidad

tienen un sólo origen: el pecado. El reto es buscar comprender las verdaderas causas de las

manifestaciones múltiples del pecado, sean éstas personales y colectivas, existenciales e históricas,

psicológicas y económicas, morales y políticas, etc.

El samaritano comprendió no tanto por sus destrezas, sino porque se acercó, se invirtió, participó y, como

resultado, sirvió con eficacia. En esta hora de impresionantes necesidades, somos llamados como iglesia a

servir con comprensión iluminada por el discernimiento, nuestras destrezas, y el compromiso por un

servicio que no sólo asista y restaure, sino que también libere y humanice.

El servicio es exigencia de CONSAGRACIÓN.  La compasión y la comprensión no son suficientes para

producir un servicio al estilo de Jesús. La exigencia es también de consagración.  La consagración nos exige

-como ya enfatizamos- compasión y comprensión. Es decir, actitud correcta y análisis serio. Pero no sólo

eso. El samaritano también actuó. Dice Jesús: "Y acercándose vendó sus heridas, echándoles aceite y vino;

y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él" (Lc 10:34). El sacerdote y el levita quizás

analizaron, asumieron el problema como “tema de reflexión en busca de una pastoral integral".

¡Qué lindo suena! ¿Verdad?  Pero ellos no actuaron, pasaron de largo, les faltó consagración.

La iglesia, como comunidad del Siervo Sufriente, debe estudiar, reflexionar, dialogar y planear sobre el qué,

el por qué, el cómo, el cuándo y el donde de su servicio como parte de su misión integral.  Pero debemos,

inmediatamente o cuando sea oportuno ni un minuto después- actuar. Y actuar muchas veces demanda

sacrificio personal, familiar o congregacional. Jesús concluye diciendo: "Otro día, al partir, sacó dos

denarios y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando

regrese" (Lc 10:34).

Aquel samaritano pobre dio consagradamente su tiempo, oportunidades, recursos y dinero para servir.

"Quien no vive para servir, no sirve para vivir". Lo dijo el sabio Agustín de Hipona,y debemos vivirlo hoy.

Que nuestras prioridades para el servicio, como mandamiento ineludible de la misión, sean a partir de una

compasión genuina, una comprensión lúcida y una consagración sacrificial.

Concluimos, rogando que Dios en su gracia y poder, nos haga fieles discípulas y discípulos de JesuCristo,

que no solo comprendemos, sino que pagamos cada día el precio, para vivir hoy con frutos estas

desafiantes dimensiones de la misión.

(1) El autor usa esta grafía para referirse al Señor.

 

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Osvaldo Mottesi

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