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Sola gracia, Sola fide


Karl Barth ha repetido muchas veces que las dos palabras más importantes para la teología son "gracia" (jaris) y "gratitud” (eujaristia).

El Catecismo de Heidelberg comienza formulando las tres cosas más importantes que el niño debe saber: "Cuán grande es mi pecado, cuán grande es la gracia de Dios, y cuán grande debe ser mi gratitud a Dios".

La Reforma transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo (gratia infusa), en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, y le dieron un lugar central en su teología de la gracia y la fe personal. Pero esa misma gracia era exigente de frutos de justicia (Efes 2:8-10). No era la gracia barata del "evangelio de ofertas" que se predica hoy. [4]

En muchos círculos evangélicos hoy existe de facto una doctrina de salvación por las obras. Entre los viejos fundamentalistas uno era "salvo" cuando dejaba de fumar, tomar cerveza e ir al cine.

En la actualidad, algunas iglesias se especializan en maldiciones y anuncian que si uno no diezma, sus finanzas, y hasta su vida, serán malditas pero si ofrendan bien todo será bendición. Bien se ha observado que los diezmos y los "pactos" son las indulgencias del siglo XXI.

SOLA FIDE

Casi todos saben que los Reformadores enseñaron la justificación por la gracia mediante la fe, pero pocos se dan cuenta de que transformaron el concepto de fe, devolviéndole su sentido bíblico.

Recuerdo que cuando estuve aprendiendo el español compré el "Manual de Religión" que los colegios costarricenses empleaban como texto. Ese Manual definía la fe como "tener por cierto lo que dice la santa madre iglesia".

Para los Reformadores, la fe es entrega a Cristo y confianza en él (fides est fiducia, otra consigna histórica). Para ellos, la fe sin obras es muerta. Según Calvino, "todo conocimiento verdadero de Dios nace de obediencia". Ahí está la diferencia importante entre la fe y el fideísmo.

Hoy en día muchas iglesias "evangélicas" confunden la fe con la ortodoxia y predican de hecho una salvación por ortodoxia. Para ellos, la fe consiste en decir Amén a lo que dice el pastor, en vez de ser discípulo radical de Jesucristo en todas las esferas de la vida (eclesial, social, económica, política etc).

Por eso, en esas congregación discrepar de la opinión del pastor es el pecado de murmuración, que trae maldición.

La iglesia hoy debe preguntarse si está formando verdaderos discípulos o si está llenando los templos de gente que dice "Señor, señor" pero que no hace la voluntad del Padre (Mat 7:21-23).

 

[4] Aquí conviene recordar ese gran poema atribuido a Santa Teresa: "No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometodo... No me tienes que dar porque te quiera..."


Publicado en:

http://www.protestantedigital.com


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