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La resurrección o es corpórea, o no es resurrección


¿Cuál es el significado  bíblico del término “resurrección”? ¿Cómo lo entendieron los autores bíblicos?

Hoy día está de moda entre algunos teólogos liberales afirmar, “Yo creo en la resurrección, pero de otro modo”. Para ellos, Jesús resucitó en los recuerdos de los discípulos, en la fe y esperanza de ellos, en la predicación de los apóstoles o en el nacimiento de la iglesia. Casi cualquier cosa, menos su propio cuerpo. De  esa manera pueden negar la resurrección física de Jesús pero seguir afirmando que creen en la resurrección.

Hace años Oscar Cullmann publicó un artículo titulado, “Inmortalidad del alma o resurrección de los muertos”.[1] Muestra que el pensamiento griego, que ve el cuerpo como cárcel del alma (“sôma-sêma“, decían, “cuerpo-cárcel”), ve la muerte como la liberación de esa cárcel para volver a la vida inmortal. En tal esquema, es totalmente impensable la resurrección del cuerpo. ¡Sería volver a la cárcel! Pero para la fe judeo-cristiana, el cuerpo es la buena creación de Dios y sin el cuerpo el ser humano queda incompleto. Sólo la resurrección de la carne, como afirma el Credo, puede cumplir la visión bíblica del ser humano.

Cuando San Pablo conversaba con algunos filósofos en la plaza de Atenas y les anunciaba “las buenas nuevas de Jesús y de la resurrección”, unos respondían:  “¿Qué querrá decir este charlatán?” y otros comentaban: “Parece que es predicador de dioses extranjeros”. (El theos de la filosofía griega no creó el mundo ni pudo tener nada que ver con la materia). “Se puede saber”, preguntaban, “¿qué nueva enseñanza es esta que usted presenta?.. Nos viene usted con ideas que nos suenan extrañas, y queremos saber qué significan”.

En el Areópago San Pablo les predicó al Dios de la creación (17:24-26a) y de la historia (26b-31a; el “Dios desconocido” de ellos) y a Jesús y la resurrección (v.31b).’ Parece que esa mera mención de la resurrección cortó la comunicación y le hizo a Pablo “levantar la sesión” abruptamente: Cuando oyeron de la resurrección, unos se burlaron; pero otros le dijeron: “Queremos que usted nos hable en otra ocasión sobre este tema”. En ese momento Pablo salió de la reunión.

Evidentemente algunos creyentes de la congregación de Corinto tenían la misma actitud de los atenienses y negaban la resurrección (1Cor 15:12). A simple vista eso extraña, porque los creyentes de Corinto eran carismáticos  “a todo dar” (hoy diríamos “ultrapentecostales”) que practicaban las lenguas, las profecías, las sanidades  y otros dones del Espíritu. Si creían en los milagros, ¿por qué no creían en la resurrección? Parece ser que porque despreciaban el cuerpo. Se deleitaban en la vida espiritual presente y en los dones del Espíritu Santo, pero en cuanto a la vida eterna, preferían que fuera sin cuerpo. Pablo responde que la resurrección es esencial al evangelio (15:1-8) y que sin ella nuestra fe es vana y que somos los más miserables de la tierra (15:12-15).

En todos los evangelios Jesús anuncia su resurrección al tercer día y dos de ellos subrayan su corporeidad física. Lucas narra dos relatos del mismo día de la resurrección, y ambos presentan a un Jesús resucitado maravillosamente humano. En el primero, el del camino a Emaús (Lc24:13-35), el Resucitado camina como cualquier ser humano, un pie adelante y otro atrás, y aparentemente tuvo que darse prisa para alcanzar a los dos discípulos (Lc 24:15).  Con ellos entabla una conversación fascinante, llena de sensibilidad pastoral y sutil humor (nunca les dice quien es).  Llegan a la casa y se sientan los tres a comer, que es cuando lo reconocen y él desaparece.

Los dos discípulos vuelven al camino para ir a Jerusalén y compartir su gran noticia con los doce y otros. Mientras ellos conversan “Jesús mismo se puso en medio de ellos” (24:36). Ellos, espantados, creían que estaban viendo un espíritu. La respuesta de Jesús es reveladora: “Miren mis manos y mis pies. ¡Soy yo mismo! Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que tengo yo.” Al decirles esto, les mostró las manos y los pies.  Como los discípulos, por una mezcla de alegría y de asombro, todavía no creían, Jesús pidió comida y la comió delante de ellos. En ese momento creyeron, y Jesús los comisionó para ser testigos de su resurrección (24:45-46).

La literatura juanina también trata el cuerpo resucitado de Jesús como tangible y visible. Según Jn 20:27, Jesús invitó a Tomás a tocar sus manos y su costado para demostrar que había resucitado.[2] Días después  apareció a orillas del mar, y los discípulos lo confundieron con otro pescador más. En los evangelios, el Resucitado nunca aparece con rayos de gloria y luz celestial. ¡Era tan humano que lo confundieron con un jardinero, un extranjero y un pescador!

Con toda la razón dice Pablo que si Cristo no hubiera resucitado (en el sentido verdadero de ese término), nuestra fe sería vana (1Cor 15:13). Para el apóstol, la resurrección corpórea de Cristo y de nosotros era esencial al evangelio (1Cor 15:1-8), y sin ella “el mensaje que predicamos no vale para nada” (Dios Habla Hoy). Según el sermón de Pedro en el relato del Pentecostés, era imposible que el cuerpo de Jesús viera corrupción (Hch 2:27,31,32). En lenguaje juanino, el Verbo/Dios que se hizo carne/hombre, no podría ser vencido por la muerte y ver corrupción. Más bien, él mismo es la Resurrección y la Vida, divino Vencedor de la muerte.

Además, es obvio que si Cristo no resucitó física y visiblemente, sería imposible su ascensión (también visible, Hch 1:11) y tampoco su venida futura. En verdad, si Cristo no resucito, nuestra fe es vana y somos los más miserables de la tierra.

Queda claro que para los primeros seguidores del Resucitado, Cristo había resucitado corporal, visible y tangiblemente. Negar eso no es “otro modo” de creer en la resurrección, sino una manera más sutil de negarla.

_________________

[1] Oscar Cullmann,  del evangelio a la formación de la teología cristiana (Salamanca: Sígueme, 1972) Cap. VIII pp.233-267.

[2] Puede compararse el prólogo de 1 Juan: “lo que  hemos visto y nuestras manos han tocado” (1Jn 1:1,2). El prólogo del cuarto evangelio, por su parte da una contundente refutación del idealismo anti-materialita del concepto nei-platónico del Logos (Jn 1;2,14).

Publicado en lupaprotestante.com


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