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¡Bienaventurados los indignados!:

¡a veces no enojarse es pecado!

 

Hace unas semanas recibí un correo que capta una actitud típica de muchas iglesias:

Hermano, nosotros en México tendremos elecciones, queremos un cambio, pero muchos cristianos no entienden esto.  La iglesia institucional no participa en las cuestiones sociales.  ¿Oponerse a que las cosas sigan igual, es oponerse a Dios?  Nos dicen que Dios es el que pone las autoridades y hay que dejarlo así.  ¿Como entender esto?  

La consigna parece ser: “Bienaventurados los conformes y sumisos, porque ellos no tendrán problemas”.  En muchas iglesias priva la cultura de la sumisión ciega, sin permitir el necesario discernimiento crítico. Es la cultura del “Amén automático”, irreflexivo y acrítico.  A menudo el decir Amen es algo así como roncar, porque ambos se hacen estando dormidos, sin pensar. Por eso a veces alguien puede soltar su “Amén” antes de que el predicador o la predicadora haya terminado la oración o expresado su idea. No importa lo que haya dicho, diré Amén, y cuánto más fuerte, mejor.1

Comentemos primero la pregunta específica: ¿Pone Dios a los gobernantes y es pecado oponerse a ellos?  Pues, ¡jamás de los jamases! Dios por su providencia y gracia ha establecido el orden en la sociedad y ha puesto al gobierno para castigar a los injustos y defender a los justos (Rom 13:3-4), pero cuando un gobierno hace lo contrario, cuando protege a los injustos y persigue a los justos, como hacía el imperio romano en tiempos de Juan de Patmos, ese gobierno no lo puso Dios sino el diablo (Ap 13:2-4). En Israel, la tarea mayor de los profetas fue la de criticar al gobierno. De Micaías, un profeta ejemplar, el rey Acab se queja que “me cae muy mal porque nunca me profetiza nada bueno” (1R 22:8). A eso respondió Micaías, “Vive Yahvéh, que lo que Yahvéh me hablare, eso diré” (22:14), por mucho que eso ofenda al rey.

A menudo se manipulan algunos textos para evitar la responsabilidad. Recuerdo que en Nicaragua, bajo la dictadura somocista, los amigos del dictador apelaban a Romanos 13 para afirmar que Dios puso a Somoza y hay que obedecerlo. Pero qué curioso, con el triunfo Sandinista ellos se olvidaron de ese texto y su versículo favorito ya era Hechos 5:29: “Es necesario obedecer a Dios [que puso a Somoza] y no a los hombres [el nuevo gobierno]”. ¿Cómo explicar que Dios puso a Somoza pero no a los Sandinistas? Era una manipulación obvia de la fe y de la Biblia.

Históricamente, la religión ha sido una espada de dos filos. Muchas veces, y con demasiada frecuencia, ha sido una instancia legitimadora del sistema. A eso corresponden los profetas del palacio, que siempre dicen lo que quiere el rey. Pero la religión puede ser también liberadora, como muchas veces en la historia. En esa ambivalencia, la religión suele ser opio, como bien observó Marx, pero puede ser también una poderosa levadura de procesos históricos de liberación y transformación. Si Marx hubiera conocido a Camilo Torres, Oscar Arnulfo Romero, Dietrich Bonhoeffer y Martin Luther King, hubiera reformulado su frase: “La religión suele ser opio, pero también puede ser una poderosa levadura de cambio”.

Una peligrosa arma de la religión legitimadora consiste en entender el amor como pasividad. Entendido bíblicamente, el amor no es principalmente un sentimiento sino un compromiso radical con el bien del otro y de todos (cf. Prv 25:21), lo que Camilo Torres llamaba “amor eficaz”. Por eso Cristo nos ordena amar a nuestros enemigos, aunque nos caigan insoportablemente mal. Significa desear el mayor bien de ellos y responder a ellos en la forma que mejor corresponde para su mayor bien.[2]

Esto lo ejemplificó Jesús en toda su vida. Sin duda él amaba a los fariseos y saduceos, pero no fue “amable” (en el sentido moderno burgués) con ellos. De hecho, los insultaba una y otra vez.  Según el cuarto evangelio dijo a los judíos, “Ustedes son hijos de su padre el diablo” (Jn 8:31,44) y que eran “generación de víboras” (¿una manera de mentarles la madre?). Al rey Herodes le llamó “aquella zorra” (Lc 13:32). Y a los escribas y fariseos, ¡con cuántos insultos no los agredía! En un solo discurso mateano (Mat 23; cf. 6:1-3), Jesús los tilda de vanidosos y pretenciosos, hipócritas (repetido siete veces, para mayor énfasis), devoradores de casas de viudas, insensatos, necios,  guías ciegos, sepulcros blanqueados, serpientes y generación de víboras. Aun a su discípulo Pedro Cristo lo llamó “Satanás” (Mt 16:23; Mr 8:33; o agente de Satanás, que también era insulto).

¡Jesús fue (y es) el primero de los indignados! Me parece que debemos seguir su ejemplo hoy. Jesús mismos nos llama a unirnos solidariamente con los indignados de nuestro siglo. Lejos de ser un modelo de tranquilo conformismo, Jesús nos da un ejemplo de la más radical criticidad, incluso contra las autoridades religiosas y políticas de su nación.

Podemos notar aquí también que el Jesús de los evangelios se enojaba ante la injusticia, la falsedad y el pecado. Nunca se enojó por interés propio, por lo que le afectaba en lo personal; ante el juicio totalmente injusto con que lo condenaron, no abrió su boca. Pero cuando sanó a un enfermo y los fariseos, indiferentes al sufrimiento humano, se dedicaban a ponerle trampas legalistas, vemos a Jesús “mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones” (Mr 3:5). Y a los mismos discípulos, cuando impedían a los niños venir a él, “se indignó” (Gr aganaktew, enojarse). A veces el pecado no consiste en enojarse sino precisamente en lo contrario, en no enojarse. Un Jesús incapaz de enojarse ante la injusticia no sería nada convincente, ni sería Hijo de Dios.

Hay una paradoja muy significativa en las relaciones humanas de Jesús. Se pronunció a favor de los pobres (“Bienaventurados ustedes los pobres”) pero era hostil contra los ricos (“Ay de ustedes ricos”, Lc 6:20,24; cf. Mt 19:23-26; Mr 12:41; Lc 16:19; 18:23; 19:8-9).[3] Para “los de abajo” (publicanos, adúlteras, rameras, pobres) Jesús tenía sólo palabras compasivas, de comprensión y perdón, mientras a “los de arriba” (ricos, fariseos, sacerdotes, escribas), cuesta mucho encontrar palabras que no sean severas y, reconozcámoslo, a menudo insultantes. Ni al gran maestro Nicodemo le mostró deferencia alguna. Una paradoja similar marca la figura de Jesús como Príncipe de Paz, pero que no había venido a traer paz a la tierra sino espada (Mt 10:34):

Tomás Münzer, el reformador anabautista del siglo XVI, denunciaba “la bondad ficticia” de un Cristo dulce, desconociendo al Cristo amargo de los evangelios. El Cristo dulce es el Cristo de la gracia barata, domesticado y aburguesado, un Cristo simpático y complaciente. Esa dulzura sacarina y anodina, inocua e inofensiva, es más bien una negación total del Cristo de los evangelios.

Los profetas también pertenecían al grupo de los indignados y hablaban sin pelos en la lengua. Amós, llamó a las mujeres ricas de Samaria “vacas de Basán”. El término favorito de Ezequiel para los ídolos era “excremento” (GiLûLîM, 38 veces entre 6:4 y 44:12 con el sentido de “ese excremento que adoran ustedes”), una ofensa tan cruda que ninguna versión hoy la traduce literalmente. Juan el Bautista llamó “generación de víboras” a sus oyentes ( Mt 3:70) y denunció los pecados de Herodes, tan drásticamente que Herodes lo mató (Lc 3:19). San Pablo denunció al mago Barjesús como “hijo del diablo” (Hch 13:10), acusó a Bernabé y Pedro públicamente de hipocresía (Gál 2:12-14) y declaró malditos a los judaizantes de Galacia y a todos los que predican otro evangelio (Gál 1:8; cf. 5:1-13).

Aunque Jesús critica a la iglesia de Éfeso por haber abandonado “el primer amor”, en seguida (¡qué paradoja!) les felicita por “aborrecer las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco” (Ap 2:4,6).[4] Esa tensión paradójica entre amor y odio es un mandato divino repetido frecuentemente en las escrituras:

Sal 97:10 “Yahvéh ama a los que odian el mal”

Sal 45:7: “Tu amas la justicia y odias la maldad” (de David;cf. 26:5; 119:163)

Prv 8:13 “el temor de Yavé es aborrecer el mal”

Prv 13:5 “el justo aborrece la palabra de mentira”

Amós 5.15 “Odien el mal y amen el bien, hagan que impere la justicia” (lo contrario, Miq 3:2)

Rom 12:9 “Aborrezcan el mal, aférrense al bien”

A través de la historia esa clase de “amor eficaz” y su converso, la ira santa y justiciera, ha sido la motivación que ha impulsado los grandes héroes de la libertad. Moisés, viviendo en el palacio, amaba a su pueblo y odiaba la opresión. Los profetas hebreos amaban apasionadamente la justicia y odiaban la corrupción y la maldad en su propio pueblo. Simón Bolívar y José Martí odiaban el colonialismo, Abraham Lincoln y José Simeón Cañas odiaba la esclavitud, Dietrich Bonhoeffer odiaba el nazismo; Martin Luther King odiaba el racismo. Todos ellos pertenecían a a la compañia noble de los indignados. ¿Cuales son los “santos odios” que deben inspirarnos a nosotros hoy? Igual que los cristianos de Éfeso, tenemos que aprender a odiar con Cristo las cosas que él aborrece:

Sólo le pido a Dios

Que el dolor no me sea indiferente,

Que la reseca muerte no me encuentre

Vacío y solo, sin haber hecho lo suficiente.

Sólo le pido a Dios

Que lo injusto no me sea indiferente,

Que no me abofetean la otra mejilla

después que una garra me arañó esta suerte.

Sólo le pido a Dios

Que la guerra no me sea indiferente,

es un monstruo grande y pisa fuerte

toda la pobre inocencia de la gente.

Sólo le pido a Dios

que el engaño no me sea indiferente,

si un traidor puede más que unos cuantos,

que esos cuantos no lo olviden fácilmente.

Sólo le pido a Dios

que el futuro no me sea indiferente

desahuciado esta aquel que tiene que marchar

a vivir una cultura diferente.

Sólo le pido a Dios

que la guerra no me sea indiferente,

es un monstruo grande y pisa fuerte

toda la pobre inocencia de la gente.

Eduardo Galeano, en un reciente escrito, afirmó que hay dos clases de personas, “los indignados” y por otra parte “los indignos”. Ser neutral o pasivo ante la maldad es renunciar a su propia dignidad como ser humano. Para Ghandi, “Lo más atroz de las cosas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. “No me duelen los actos de la gente mala”, declaró Martin Luther King, “me duele la indiferencia de la gente buena”. Ese silencio, según King, va minando la misma humanidad de los indiferentes: “nuestra vida comienza a terminar en el momento cuando nos callamos sobre asuntos importantes”. También dijo que “no hay nada en el mundo más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”. 

Ya queda claro:

¡Dios mismo es un indignado,

y Jesucristo también!

¡Qué importante saber enojarnos!

Bienaventurados los indignados,

porque ellos buscan el reino de Dios,

que se haga la voluntad de Dios

en estas tierras nuestras.

¡Unidos para una fe más militante!

¡Bienaventurados los indignados:

Ay de vosotros los indiferentes!

Jaques Sagot 1.20.12 Sí, soy muy necio. El amor es necio, y yo amo a mi país. Si la crítica no es, fundamentalmente, un acto de amor, entonces no sirve para nada. Por eso voy a hablar hoy de otra (¡hay tantas!) saturnal del encanallamiento, ya sólidamente institucionalizada en nuestro país.

Sal 5.5 tu aborreces a los malhechores, destruyes a los mentirosos pues aborreces a los malhechores

119.113 aborrezco a los hipócritas

119.163 aborrezco y repudio la falsedad, pero amo tu ley

139:21s Aborrezco a los q te aborrecen, abomino a los q te rechazan; el odio q les tengo es odio implacabl

Prv 6.16 seis cosas aborrece Y, aun (Zac 8,17 cosas q Y aborrece)

28,16 Aborrecer la avaricia

Isa 33.15 aborrece la ganancia de viol

Jer 7.29 Y ha aborrecido (RVR) generación q provocó su ira

AMOS 5.15 Odien el mal y amen el bien, hagan aa impere la justicia

(Miq 3.2 otros odian al bien y aman el mal)

Rom 12.9 aborrecer el mal, seguir lo bueno

Apoc 2.4-6  

Jesus, el Cristo de la espada, el Cristo agrio STAM172

Yo vi llorar a Dios (Julio Jaramillo, Vals Criollo del Perú)

Anoche, soñando, he visto a Dios llorando, jamás lo olvidaré
ahora que estoy despierto, aún me parece cierto,
yo quiero contarle al mundo lo que soñé
ahora que estoy despierto, aún me parece cierto,
yo quiero contarle al mundo lo que soñé.

Yo vi llorar a Dios y al preguntar por qué lloraba
me contestó el Señor que por nosotros se apenaba
por qué ya no seguimos sus santos mandamientos
y nuestros pensamientos se alejan de su amor.

Me habló con triste voz de tanto niño abandonado
de la miseria cruel que tanto pueblo ha destrozado
por qué si le queremos y le necesitamos
por qué no terminamos de hacer llorar a Dios
por qué si le queremos y le necesitamos
por qué no terminamos de hacer llorar a Dios.

Yo vi llorar a Dios y al preguntar por qué lloraba
me contestó el Señor que por nosotros se apenaba
por qué ya no seguimos sus santos mandamientos
y nuestros pensamientos se alejan de su amor.

Me habló con triste voz de tanto niño abandonado
de la miseria cruel que tanto pueblo ha destrozado
por qué si le queremos y le necesitamos
por qué no terminamos de hacer llorar a Dios
por qué si le queremos y le necesitamos
por qué no terminamos de hacer llorar a Dios.

 


[1] Ver el final de Tomo I de mi comentario al Apocalipsis, “Cómo decir Amén cristianamente”/

[2] Algunos párrafos que siguen son adaptados de mi artículo, “¿Era Jesús siempre amable?”,  www.juanstam.com  (12.28.2010).

[3] Cf. ” Jesús y las riquezas”, ibid. 11.24.2011.

[4] Esa aborrecible desviación, que parece haber consistido en una mezcla de fe en Cristo con el culto al emperador, se había presentado también en Pérgamo y Tiatira, y Jesus amenaza venir con su espada para pelear contra ellos.

 

Publicado en Lupa Protestante


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