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Mientras veía tele… u oración de un tonto


      Flavio Josefo mencionó en sus Anales judíos que un tal Jesús Nazareno, uno entre tantos falsos profetas, fue ajusticiado por las fuerzas romanas y que sus incondicionales seguidores parloteaban sobre su “fantástica resurrección”. También menciona el judíoromano historiador que la plebe de seguidores de ese falso profeta Jesús tenía algo laudable: su empedernido seguimiento a ese Jesús, el amor mutuamente recíproco entre tal “gentuza” de seguidores, incluso su amor al enemigo y su proverbial búsqueda de procurarse la muerte “extrañamente” y con el fin de llegar al reino de “su Jesús”.

            En reiteradas ocasiones, mientras uno intenta darse un respiro en este mundo atribulado y trabajado, puede verse la TV y saltar de canal en canal buscando algo refrescante y de provecho. A veces se encuentra  algo y en otras  ocasiones uno se queda turulato: 110 canales y ninguno con un programa medianamente sano, circunspecto e inteligente.

            En algunas ocasiones la suerte es nefasta, ridículamente irónica, paradójicamente descarnada. Pasas por un canal y te aparecen tres pastores rodeados de papeles, gestos grandilocuentes y palabras y una retórica acentuada con tonalidades puertorriqueñas o pseudoestadounidenses; te intentan comunicar “la Buema Norticia de la Prosperidad”,  “la liberación de la Beatitud Financiera”.

            Patitieso y al borde del soponcio uno puede hacer un rápido y atropellado recuerdo de la vida de muchas personas, incluso de muchos siglos de humanidad y cristianismo y de algunas palabras del Maestro de Nazaret y Galilea. Como soy un desmemoriado cito lo poco que recuerdo: “No podéis servir a Dios y al dinero (a Mammón, dice el griego)” (…) “Atesorad más bien riquezas en el Cielo, donde ni la polilla roe” (…) “Dad a César lo que le corresponde a César; dad a Dios lo que a Dios le corresponde”. No sé por qué mal hado se me viene a la cabeza la figura hacendosa, inquieta y desgarbada de la Madre Teresa de Calcuta, ella se me aparece y me dice que no tiene tiempo para hablar de política ni aparecer en TV, ni para visitar bancos y hacer cortos o largos televisivos y que prefiere desgastarse abrazando a los menesterosos y dando un pedazo de pan al hambriento. Me llega a mi anencefálica cabeza la imagen de los jesuítas españoles acribillados y destazados cerebralmente en El Salvador en los 80 porque contaban con los suficientes requisitos morales, evangélicos y humanos para morir siendo consecuentes, a fin de contribuir a producir el mundo de amor que implica la vida cristiana y la entrega amorosa por el prójimo y hasta el martirio mismo por amor al Maestro de Nazaret.

            ¡Perdón! Soy inmensamente imbécil y no puedo dejar de recordar al Maestro, al Nazareno, de quien el mismo Josefo, judío letrado y dogmático, precisa que ese Nazareno argumentaba con sencillez de vida y elocuencia que el amor y no el dinero, la caridad con el prójimo y no la avaricia o la riqueza eran el mejor testimonio del amor a Dios.

            Perdón que sea tan necio. Recuerdo que el Rabbí judeocristiano anunció que su Reino no era de este mundo y que era un Reino de verdad y de sincera conversión espiritual. Por ninguna parte, ni siquiera ocasional, registro la posibilidad exegética o bíblica de ver la alusión a la acumulación del capital  y a la salvación como ese algo salvífico directamente proporcional a los intereses bancarios que se devengan de año en año.


            ORACIÖN:

            Mi querido Jesús de Nazaret, querido Señor y Salvador del género humano, te pido perdón por no comprender bien lo que dicen y sienten tus servidores aquí en la Tierra. Recuerda, Señor, que yo soy incapaz de entender algo claramente, cuanto más eso de las cosas espirituales. Perdona, ya sé que tus caminos no son los materiales y mezquinos caminos de los hombres. Ya sé que tú me pides que tenga una vida conforme al seguimiento de tu cruz y que el camino correcto es dar la vida por todos, incluso por los enemigos. Sí, ya sé que tú me dices que no hay mejor prueba de amarte a ti que amar a quien le ama y a quien no le ama a uno. Ya sé que tú dices que el camino de la satisfacción y la comododid, ese camino ancho y de placeres, no es el correcto. Ya sé que tú me enseñas que el camino angosto es el mejor y que coincide con el dar la vida por otro, el de asistir al pobre y al enfermo, al desvestido y al encarcelado, ya que tú dices que estás en ellos y que en eso irá mi juicio final y personal ante tu Presencia. Sí mi Señor Dios, ya sé que tú dijiste que para ser tu discípulo hay que aceptar y cargar la cruz que tú quieras darme. Ya lo sé.

            Te pido, Señor, que me perdones. No entiendo a tus pastores aquí en la Tierra. No sé si en otros tiempos y lugares ellos eran diferentes; es que a lo que vamos de años y siglo y en esta Tierra ellos me parece que no son como tú esperas de ellos, por lo menos como tú dices de ellos, como tú diste ejemplo para ser ellos.  Ellos no dan la vida, ellos no se dejan asesinar por las ovejitas. Ellos no se desviven por socorrer al pobre y al hambriento, no visitan al encarcelado, ni al impresentable,  ni al desposeído, ni al forastero, a ese que hoy llamamos emigrante.  ¿Y sabes qué, Jesús?, espero que ellos no se consideren mejor que “las putitas” y los asaltabancos, que los balseros y pordioseros malolientes, que los políticos corruptos y que los borrachos reconocidos y que los drogadictos y agresores de género. Señor Jesús, perdona que diga lo que he dicho, ¿pero sabes?, creo que tal vez ellos olvidan a sus ovejas, las torturan y las explotan con mil requerimientos, gestos, exigencias, celebraciones, cultos, solicitudes de dinero, subestimaciones e impertinencias. Jesús, te pido conocer buenos pastores, te pido que se den buenos y santos pastores, que estén anuentes a ser como tú; que aparezcan esos pastores que estén a tu altura, como tú que no tienes ni almohada donde poner tu cabeza y que ellos se atrevan a ser consecuentes para amar incluso hasta morir por sus ovejitas.

            Perdona, Señor, ya me percaté: los hay buenos y santos… Pero creo que están en diversas esquinas: Gandhi y Luther King y el místico Bonhoeffer y la Madre Teresa y los jesuítas en El Salvador, Martín Baró, Ellacuría y Montes y antes Romero y Cámara en el Brasil y Martin Buber y Schleinder y O´Flaggerty salvando judíos en la invasión nazi y Juan Bosco atendiendo a los niños marginales de Turín. Y claro, Señor, creo que también están esos otros pastores que tú te eliges y que tú mismo de alguna forma nos has advertido que en ellos vas tú: el enfermo con las piernas amputadas e inmensas llagas sanguinopurulentas, la migrante que busca papeles y residencia y es explotada descarnadamente por quienes se autoproclaman sus justos empleadores; tú estás y eres esa niña que conocí un 24 de diciembre,  llena de sarna y que muere abandonada por sus padres en el hospital al ser víctima de un linfoma. Tú y sólo tú estás ahí, en esas personas. Tú y sólo tú tienes el coraje para identificarte ahí.  Sí, Jesús, ellos son los verdaderos pastores, junto con los que están injustamente en la cárcel, junto con los que mueren en la cruz de la enfermedad y el asilo;: estás en ellos, en los desafortunados sociales. Te amo Jesús, estás en ellos para ser ellos, para hablar en ellos y desde ellos, para amarle a todos ellos. Estás ellos porque tienes los suficientes y necesarios cojones para estar en ellos, para estar por ellos, para ser ellos. Perdona Jesús, creo que hay otros  pastores, pero esos no tienen nada de todo eso. Te pido por ellos. Abur, Jesús! 


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  Hernán Mora Calvo

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