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    La importancia de amar

  Dar afecto o recibirlo nos hace sentir bien, nos permite sentirnos dichosos, tal vez importantes   para alguien. Dar afecto y recibirlo nos permite sentir satisfacción y quizás ver la sonrisa de otra   persona nacer. Cuando se da afecto o se recibe puede que los días o  las noches se tornen   diferentes, muy significativos.
           
  Dar afecto o recibirlo puede ser el comienzo de una nueva manera de vivir; puede ser que quien   reciba el afecto recuerde por años esa muestra de afecto y conserve en su memoria y en su   corazón cada detalle, el día, la hora, el clima y si había noche o brillaba el sol, si había salido la   luna o había caído una estrella. Puede que la muestra de amor sea el único recuerdo que   tengamos de alguien. El afecto recibido y los seres que nos fueron queridos o nos son queridos muchas veces estimulan a vivir, a seguir adelante. En este sentido el afecto es un don humanizante, vitalizante, digno de todo ser humano, sea que se entregue o se reciba afecto.
           
Dar afecto y recibirlo es una tarea humana. Sólo los seres humanos se expresan amando; otras especies se relacionan a partir de sus instintos. El ser humano transforma el instinto con el afecto, con el cariño. El ser humano teje relaciones porque teje encuentros al tener vivencias con los que tiene más cercanos. Se llama relación afectuosa aquella donde aparece la aceptación del prójimo, donde se vislumbra cada día más intensa y creciente la valoración del mismo. Dar afecto es un singular e interesante crecimiento mutuo de todos los implicados en esa relación.

El afecto se ofrece sin esperar recibir dádivas ni bienes agregados; sin embargo, lo gratificante del encuentro con el otro genera la búsqueda de nuevos encuentros, a fin de compartir más momentos y experiencias. El afecto implica el crecimiento mutuo y el sentimiento de dicha, de alegría, de estar viviendo experiencias únicas, maravillosas. Quien ama a otro y quien recibe afecto de otro (y hay que superar los equívocos: el amor no sólo se da en las parejas, hay amor entre padres e hijos, entre hermanos, a los colegas o condiscípulos, a sí mismo, a Dios,  p. ej.) ve el mundo diferente, siente diferente, respira diferente, crece diferente, madura diferente, asume los problemas de manera también diferente y, por supuesto que tendrá dichas diferentes y una muerte tal vez muy distinta de quienes lamentablemente hayan excluido –por alguna razón o sin ella— el afecto y la vida personal o social a partir del afecto.
           
¿Por qué es importante la manifestación del afecto, e incluso del afecto más elevado y significativo, al que podemos llamar amor? Digamos en primer término que el afecto y el amor se hacen contagiosos, esa es su naturaleza. Como consecuencia de ello, una sociedad que practica el afecto genuino y desinteresado es una sociedad que vive en paz y si en paz en justicia, porque la justicia nace de la paz. Por otra parte, la sociedad  (y dos o más seres humanos reunidos son ya una sociedad) que practica el afecto tiende a vivir en función del crecimiento de todos los miembros y en coexistencia pacífica y dinámica e integrada consigo misma y con otras sociedades. Así, entonces, el daño al otro deja de ser tan frecuente, tan común y rutinario. Una sociedad que ve al otro como semejante, como amigo o como hermano es una sociedad que tiene mejores probabilidades de vida y es casi garantizado que dejará un mejor legado a las generaciones del futuro. El afecto, el amor como máxima expresión del afecto, permitirán construir a esas generaciones mejores estilos de vida y mejores sociedades y mejores historias en eso que se suele llamar la historia de la humanidad.
           
Un beso dado con cariño (a un ser humano, incluido o no el afecto de pareja) y una sonrisa y un chiste y una taza de café compartida y la música escuchada juntos y aquella fotografía en el parque y lavar al perro y tener un respetable y atinado buen humor y asistir al sufrimiento del otro, todo eso y similares, constituye el antídoto contra la mujer que llora en sus noches sus soledades, contra el niño abofeteado por sus padres sin entender éste la razón ni por qué le reprenden a gritos; es el antídoto contra los ancianos abandonados por sus hijos en hospitales, asilos y casas de pensión, contra el  trasiego de órganos humanos, contra la desaparición de los sueños de niños, jóvenes, adultos, ancianos, sean hombres o mujeres. Quien no se permita dar o recibir afecto está impidiendo un mejor nivel de vida y con ello una mejor sociedad y por supuesto una mejor construcción de la civilización y de la historia. En otras palabras, quien se opone al afecto está incapacitado para vivir y su vida es una lamentable suma de experiencias que confirma que las tristezas pueden crecer sin final. La sociedad (reunión de dos o más personas) que no se permite el afecto se permite tarde o temprano su propia aniquilación.

Concluyamos por ahora diciendo que un abrazo no está tan lejano; mejor aún, que un autoabrazo no es tan difícil de practicar. Y digamos también que sonreír no es sólo contagioso, es también saludable: se vive más y se enferma menos y se muere a edades más avanzadas. Por tanto, se trata de que tú y aquel, de que tú y aquella, de que tú y todos los de tu alrededor vivan felices una vida que sea realmente digna de ser llamada vida y digna de ser vivida. Se trata de que la gente viva y muera con una gran satisfacción por su vivida individual o colectivamente vivida. Se trata de aprender y atreverse a ser felices sabiendo que somos amigos y que tu mano y mi mano se estrechan y que si alguien trastabilla, cae y se golpea o se rompe el corazón o “una pierna espiritual” recibirá una cariñosa mano que le devuelva e integre a una vida dichosa


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  Hernán Mora Calvo

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