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Eva

   

  

En mis primeros libros religiosos, cuando era niño, leía y encontraba por las tardes, casi siempre invernales y con amenaza de lluvia, una o varias estampas de Dios y la creación. Aparecía sugestiva entre ellas la estampa del Adán de Miguel Ángel y pocas estampas después la de Eva, bella y esplendorosa, mirando una rama de un árbol, extendiendo la mano derecha hacia una manzana que le ofrecía una serpiente. Imágenes después un ángel sacaba a la primera pareja humana escoltándolos con una espada flamígera. Previo a eso, una promesa divina les anunciaba un libertador para su nueva condición. Era el anuncio del Mesías Salvador.

Algunos enseñan que esta narración es alegórica, mítica o representativa, que es un ejemplo; otros enseñan que es literal. Aparte de estas cosas, yo sólo acato a pensar que todo ha de ser mirado considerando la situación y las condiciones de cada quien en su momento de vida. ¿Acaso no es eso lo que enseñó Jesús, Dios y hombre verdaderos, cuando estuvo en este mundo: “No juzguéis para no ser juzgados… quien se encuentre libre de haber pecado que tire la primera piedra”? No conocí a Eva; tal vez ni siquiera la conozca un día de la eternidad, no sé. Sí me imagino que si existió habría de haber sufrido mucho y que la culpa le resultaría quizá, tarde o temprano, insoportable. Algo parecido, imagino, le tuvo que ocurrir a Adán. Nuevamente, no soy yo quién para juzgar, mucho menos a ellos.

Comparto con ustedes, si buenamente desean continuar leyendo, este poema que he traducido, poema de Charles Péguy, escritor francés de inicios del siglo XX. Este poema reúne dos puntos de vista que siempre, creo, se han de tener en cuenta para evaluar sincera y rectamente la acción de todo ser humano: al inicio, la evidente y definitiva fragilidad de un ser humano; al final, y de manera conclusiva, la casi inmerecida y amorosa acogida, para quien verdaderamente va arrepentido, a los dos brazos amorosos del Padre. Y bien, un poema puede ser importante porque tiene el encanto de decir cosas de una manera admirable; no siendo yo poeta, sin lugar a dudas este poema aventaja y supera todo cuanto yo diga o pueda decir. Lo único que me atrevo a decir es que en Jesús hay misericordia y que indudablemente Dios es amor.

Eva

Aquí están tus hijos que tanto batallaron.

Que no sean pesados como se pesa a un demonio.

Que Dios interponga en ellos al ser pesados ese lodo

del que fueron formados al principio y del que siendo regresaron.

Aquí están, madre, tus hijos, que tanto batallaron.

Que ellos nunca sean pesados como se pesa a un espíritu.

Que ellos sean más bien juzgados como se juzga a quienes han sido desterrados

como quienes regresan en secreto por caminos perdidos.

Madre, aquí están tus hijos y a su lado su inmensa armada.

Que no sean juzgados sólo por sus miserias.

Que Dios ponga en ellos un poco de esta tierra

que a ellos tanto los daño y que ellos tanto han amado.

Madre, he aquí a tus hijos que estaban perdidos.

Que no sean juzgados a partir de la ruín intriga.

Que ellos se reintegren a su casa como el hijo pródigo.

Que vengan a caer entre dos brazos tendidos.

           

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  Hernán Mora Calvo

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