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Amigos de lo sobrenatural

 

  

  Hernán Mora

Dios es Dios; el hombre, el ser humano, es el ser humano; quiere decir, aquel es el Creador y éste es la criatura. He aquí, para un creyente cristiano, el primer punto de partida sobrenatural.

Y ya, de entrada, dos hechos, porque son realidades en sí mismas: uno, el creyente cree y quiere creer en lo sobrenatural; el creyente admite lo sobrenatural, entendiéndose lo sobrenatural como algo extra-ordinario, más allá de lo que es usual en la vida cotidiana, algo que rebasa la posibilidad nata de ser comprendido para la sola razón; y punto dos, el cristiano vive rodeado por el misterio; toda la vida del cristiano es un tejer su propia vida desde su cumplimiento vital de acuerdo al mensaje de Jesús. Aceptado el mensaje de Jesús se acepta a Jesús como un modelo de vida. Este arrojo no sólo consiste en la expresión de quien por la voluntad quiere creer en alguien (a quien el cristiano reconoce como extra-ordinario) sino que es, por sí algo extra-ordinario (se sale de la credibilidad cotidiana; quien cree, cree sin demostraciones). Quien cree sin ver cree. Quien ama no necesita de pruebas y la pruebas, si las hubiese, poco vitalidad de gozo llevan en sí. Quien cree quiere creer. Quien cree ama a aquel en que ha depositado toda su confianza. Creer en Jesús es amar a Jesús. Esto es la vida del creyente cristiano.

Y la lista de creencias en lo sobrenatural continúa en la vida del cristiano. Dios creador, admite el creyente cristiano por la fe, Dios no es practicante del pecado; y la criatura humana por contar con la libertad, como ejercicio voluntario y consumado de sus propias acciones, sí. La libertad humana también es sobrenatural para un cristiano, pues es admitida como un don del Creador al hombre; don singular, además, pues bien pudo no haberlo concedido Dios a esta criatura y sin embargo lo concedió. Una naturaleza extraordinaria, sobrenatural entonces, identifica a la libertad, es causa de multitud de acciones, tanto bien intencionadas como otras tantas equívocas, correctas, bondadosas como de aquellas que son, sin ningún trazo de duda, descoyuntada y descomunalmente egoístas, desalmadas, arteras, perversas.

Y, aún así, de lo malo se obtiene algo bueno. Y en ese diseño divino hay algo sobrenatural; y lo es y lo hay mucho más si se admite que el Creador no quiere que se pierda ni una sola de las criaturas humanas. Y por eso, “envío a su Hijo al mundo para que nadie se pierda, sino para que todos los que creen en él logren la vida eterna” (Jn. 3.15).

Y ahí, ahí en ese envío hay también hechos sobrenaturales. Dios y su Hijo, Dios Creador y Dios salvador y cada una de las criaturas humanas en la posibilidad de adquirir vida eterna gloriosa y bienaventurada o vida eterna de condenación, de acuerdo cada quien a sus propias y voluntarias obras, fuesen éstas encaminadas por la caridad (amor con corazón real) o en contra de la caridad (amor con corazón real). Mateo es elocuente en este sentido. Mejor aún, Jesús es elocuente; sus palabras son muy claras a lo largo de Mateo 25. 31-46. Quien no hace el bien que puede hacer y hace el mal que no debe hacer, a Jesús lo hace. Y la sentencia en labios de Jesús es firme: “Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles”.

Y esa imprecación y esa sentencia y ese carácter de Jesús no dejan de ser extraordinarios, sobrenaturales también: el amor que ama y es Jesús no puede tolerar el amor que se ha dejado de practicar y que siendo hipócrita desconoce a Jesús en el rostro de todos y sobre todo de los más necesitados (los sencillos, los hambrientos, los sedientos; los carentes de lo mínimo, como ropa digna para vestir y un techo para abrigarse y dormir; los enfermos, los pordioseros, los emigrantes, los encarcelados. Jesús está en todos los que pueden ser asistidos de una u otra manera. Ahí está Jesús. Y eso es sobrenatural. Eso es extraordinario.

Y hay misterios que parecen serlo según la cultura o a causa del ambiente y en atención a referentes de tradiciones semíticas: por ejemplo, ser formado todo en siete días o en un instante; un diluvio universal o un diluvio mesopotámico; un cetáceo se engülle un hombre y luego lo devuelve sano y salvo a la costa adonde tenía que ir; mirar a Dios mata, pero Moisés sobrevive; Dios viaja en el soplo del viento o Dios acampa como una nube. El trasfondo real de todo ello es el hallazgo final verdaderamente sobrenatural: Dios, por alguna razón (también muy sobrenatural) siempre acompaña a cada ser humano, a cada pueblo. Sí, Dios es presente al ser humano y en cada sociedad. Dios es el Dios presente. Dios no es un Dios que castra su presencia. Por consiguiente, queda al ser humano y a cada sociedad, y por plena opción, caminar conforme o no con la presencia de ese Dios.

El cristiano vive entre los misterios y los misterios son acercamientos de Dios al hombre. Dios llega al hombre. Se encarna en una doncella, en una virgen adolescente; el feto Jesús en el vientre de María y la voz de María estremecen al feto que es el Juan el Bautista en el vientre de Isabel. ¿Cómo y por qué ocurrió esto?

El niño Jesús nace en Belén, durante el reinado de Augusto; y en conformidad con las ordenanzas legales romanas los padres de Jesús acuden a inscribirse en su localidad correspondiente; el registro histórico queda, está ahí; la voluntad de creer o no en ese niño, también permanece como posibilidad en todos los seres humanos a lo largo de los siglos. El Hijo nacido no es rey de este mundo y, sin embargo, lo adoran los sabios magos y le ofrecen tributos y han llegado ante José, María y el niño Jesús porque supieron leer las estrellas. La naturaleza gritaba que Jesús Redentor llegaba al mundo y ellos tuvieron la sabiduría y la humildad de reconocerlo. Lo extraordinario continúa hasta hoy y cada día ante los ojos cristianos: siempre hay invitaciones celestiales y para quien quiere encontrarlas, las encontrará. Los coros de ángeles trasmiten sus mensajes de invitación a los más sencillos; como siempre, a los más sencillos, a los pastorcillos, a los cuida cabras y ovejas, a los que trabajan en un horario nocturno, a pleno descampado y envueltos por el frío y sin devengar salario fijo. A ellos se les da en primer lugar la gran noticia: “¡Alegraos, hoy en la ciudad de David os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor! Lo hallaréis envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2. 11-12). Los sencillos, tal vez por su corazón puro, ignorantes de las artimañas de la adulación, sin dobleces ni tendencias a retruécanos. Los sencillos que creen en la limpieza de todo, del exterior y del interior del ser humano, y mucho más de la inmensa pureza de Dios. Los sencillos son esos que diáfanos como son los únicos que pueden ver y creer que Dios es la realidad personal sin par y por excelencia. Los sencillos que viven el milagro de lo cotidianamente extraordinario que se les comunica a través de ángeles y de signos y portentos, porque son gentes puras de corazón y así alcanzan la revelación en grado extraordinario. Un día Jesús sonreiría lleno de alegría, lleno de gozo y le dirá a su Padre: ¡Padre y Señor, no revelaste tus mensajes a los sabios ni a los inteligentes; tus cosas te ha parecido bien revelarlas a los sencillos, a los pequeñuelos. Eso te ha parecido lo mejor. Yo te alabo por eso!” (véase Lc. 11. 21).

Y Jesús siendo Dios y también verdaderamente entera realidad humana pudo hacer cuanto un hombre quiere y se empeña. Pero enseñó a muchos esta lección: puedo tener pan de sobra, pero prefiero estar en contacto con mi Padre y adorarlo a él tan solo; puedo tener reinos y dominio político, pero mi reino no es terrenal ni político; he traído, ardo en un fuego interior para hacerlo arder y hacer comprender el amor del Padre a todos, sin importar que sean buenos o malos; “mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre (…); yo no pretendo hacer mi voluntad” (Jn. 4. 34 y 5. 30). Y estas enseñanzas y estas prácticas de vida son también extra-ordinarias, sobrenaturales. Divinas y fueron posibles que el hombre llamado Jesús las hiciera, las cumpliera, por amor a su Padre.

Jesús fue maestro y por eso habló y actuó y murió y para el cristiano creyente también por eso resucitó. Así mostró que era el “camino, la verdad y la vida” (Jn 14. 6). Jesús señaló el camino y así indicó que para hablar con Dios y vivir con Dios hay que vivir ante Dios y clavarse al Padre muy adentro; tanto que no pesen las cargas de la vida cotidiana: las preocupaciones por qué comer o qué vestir; las preocupaciones por el dinero o necesidades ocasionales como llevar a enterrar a un difunto. Hablar con el Padre, tratar personalmente con el Padre, llamarlo Padre nuestro y depositar en él nuestras esperanzas, desesperanzas, sufrimientos y desvelos. Y en ese mensaje extraordinario desde quien es la boca humana porque la que se manifiesta la voluntad del Padre, se desplazó hasta nosotros la salvación por la palabra de quien era Dios encarnado en hombre real, de carne y hueso, en todo semejante a los hombres, menos en el pecado. Encarnación como portento logarítmicamente sobrenatural.

Y Jesús trabajó, sí, trabajó como muchos en Nazaret y luego trabajó en las tareas para hacer realidad la llegada del reino de su Padre en los corazones y entre todos los hombres. Trabajó y vivió como hombre, vivió entre los hombres y las mujeres y fue considerado amigo de gente “no muy buena”; recaudadores inescrupulosos del fisco, borrachos, vividores, prostitutas; y era amigo de gentes que no dominaban muy bien el lenguaje romano y tampoco el hebreo popular, los pescadores de Galilea, que eran particularmente tercos y rudos. Un acto de extraordinario arrojo para quien puede ser Dios; un acto que para algunos desecharía todo grado de santificación y cercanía al Padre, como Absoluto Bien Sacro. Su acto de arrojo es de carácter sobrenatural. Dios Padre lo avala y la hipocresía humana lo reprueba. Sólo decía a cambio que vino a dar salud a los enfermos y no a los que se estiman sanos. Con manos de hombre, Jesús tocó las maderas, tocó la tierra e hizo barro, tocó a los mudos, ciegos y leprosos, denunció a los acusadores de la adúltera y bendijo los panes y el vino y por voluntad propia extendió sus brazos en el madero de la cruz. Con cuerpo de hombre, Jesús vivió, ayunó, se desveló, comió, bebió, almorzó, cenó incluso su última cena pascual y también murió para luego vencer el suceso de su muerte corporal, nuevo portento y nueva promesa. Él el primero de todos en vencer a la muerte.

Sorprendentemente de idolatrado y proclamado como amigo del pueblo, ese pueblo le da la espalda. Murió ajusticiado por la ley romana y las profecías misteriosamente se cumplen y él señala enfáticamente en su resurrección que esos tormentos y muerte eran necesarios y tenían que ocurrir por ser la voluntad del Padre desplazada como amor a la humanidad manifestada en el amor a su Hijo. ¿Contradictorio? Para el cristiano se trata de un acto sobrenatural que la cabeza humana no atina a explicar sin llegar a la contradicción o a establecer un excesivo amor que sobrepasa todo límite racional y razonable.

Y sí, el cristiano va y está rodeado diariamente de misterios. Dios cercano al hombre y a la mujer cotidianamente y a lo largo de las actividades de cada día. Cada pueblo visitado y amado por ese Dios Padre que habla por Jesús. La razón sedienta de explicaciones no puede esperar entenderlo y comprenderlo todo. Mucho menos estos misterios que rodean a la fe cristiana.

Los sencillos, los de alma de pastorcillo, lo aceptan a causa de su personal pureza y de su entera generosidad. Dios no puede mentir ni mentirnos; mentir está muy mal; Dios ni Jesús ni los ángeles mentirían, así sienten los pastorcillos.

La fe de dar o conceder razón a los misterios cristianos sólo tiene un epicentro real: amar al Amor, amar a quien nos amó primero.


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  Hernán Mora Calvo

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