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No todo es Palabra de Dios

Pedro Álamo


Es una provocación, efectivamente. Con este título desearía incitar a los cristianos y cristianas a reflexionar sobre lo que tantas veces damos por sentado y reconocemos como la base de nuestra fe: La palabra de Dios. Ese es el fundamento sobre el que construimos nuestras vidas. Pero yo me pregunto: ¿Debería ser así? Todo lo que hay en la Biblia ¿es palabra de Dios? O dicho de otra forma, ¿la Palabra de Dios es normativa para todos los cristianos en todos los tiempos? ¿Qué significa decir “la Biblia es la Palabra de Dios”? Porque según la opinión que tengamos del “libro sagrado” orientaremos nuestra existencia de una forma o de otra.

Me llama la atención que a partir de la Biblia el ser humano sea capaz de justificar cualquier conducta y argumentar incluso las ideas políticas más dispares. Por eso, encontramos cristianos de izquierdas que buscan el bien común y creyentes que promueven ideas de la extrema derecha. El apartheid en Sudáfrica fue justificado por la iglesia reformada holandesa. El racismo en Estados Unidos, en otros tiempos, era defendido por creyentes convencidos de que Dios estaba de su parte y que su raza blanca era superior a la negra. La violencia y el uso de la fuerza es defendido para implantar el orden y la libertad… Y todos se apoyan en la Biblia…

Y yo me sigo preguntando si todo lo que dice la Biblia es palabra de Dios o más bien es palabra de hombres o las dos cosas; y trato de encontrar una respuesta abierta que me persuada a desarrollar un pensamiento honesto. Permítaseme citar algunos ejemplos.

¿Es Dios el que está detrás del genocidio? En Dt 2.34 Moisés recuerda que destruyeron ciudades, “hombres, mujeres y niños; no dejamos ninguno”, y eso es interpretado como que Dios los entregó en sus manos. Las naciones por las que pasaran serían destruidas por Dios (Dt 9.1-5) para preservar a su pueblo y es Dios el que las destruye o el que manda destruirlas. Pero, ¿realmente el Dios que se revela en Jesús de Nazaret es así?

¿Es Dios el que ordena la discriminación de género? Si la mujer daba a luz un hijo varón era considerada inmunda siete días y tenía que guardar treinta y tres días de purificación. Pero si daba a luz una hija, era considerada inmunda el doble de días (dos semanas) y los días de su purificación debían ser sesenta y seis (Lev 12.5), el doble. ¿Es que vemos esta discriminación en Jesús de Nazaret que rompió las reglas hablando con una mujer que, además, era samaritana (Jn 4)?

También había discriminación para entrar en la congregación del Señor: el que tuviera los testículos magullados o amputado su miembro viril no podría entrar (Dt 23.1); tampoco podía entrar en la congregación el hijo bastardo (v.2) ni el amonita ni el moabita (v.3) y añade: “No procurarás la paz de ellos ni su bien en todos los días para siempre” (v.6). Y me sigo preguntando, ¿cómo entender ese Dios si Jesús dijo “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn 6.37) y “bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”? (Mat 5.9).

Había discriminación también por causas morales. Si un matrimonio tenía un hijo desobediente se tenía que presentar ante los ancianos del pueblo y los hombres del pueblo lo tendrían que apedrear hasta morir (Dt. 21.18-21). También había discriminación religiosa, entre sacerdotes y levitas y el resto del pueblo y dentro de la clase sacerdotal solamente el sumo sacerdote podía entrar a la presencia de Dios una vez al año para hacer expiación; el resto de los sacerdotes lo tenía prohibido.

Pero no solo vemos esta situación en el Antiguo Testamento, sino que incluso el Nuevo Testamento sigue la misma línea. En tiempos de Jesús la mujer tuvo una importancia extraordinaria, y muchas mujeres seguían a Jesús y eran discípulas, pero conforme nos distanciamos de su muerte y resurrección, la mujer va perdiendo protagonismo en favor de los varones. Había algunas mujeres que ministraban a otros, pero con el paso del tiempo fueron convirtiéndose en una excepción al punto de que Pablo tiene que regular la vida de la Comunidad insistiendo en valores discriminatorios tradicionales y patriarcales: la mujer debe cubrirse la cabeza para no afrentar a su marido (1 Cor 11), no se le permite hablar en la Comunidad (1 Cor 14.35) y se le prohíbe expresamente enseñar en la iglesia y ejercer dominio sobre el varón, solo se le permite estar en silencio (1 Tim 2.11,ss.). Y me sigo preguntando, ¿eso es Palabra de Dios? Porque si lo es, dice la Escritura “la Palabra de Dios permanece para siempre” (1 Ped 1.25) y eso nos causa un problema en nuestros días.

Cuando alguien cometía pecado, se le expulsaba de la Comunidad y era entregado a Satanás (1 Cor 5), y Pablo añade “con el tal ni aún comáis” (v.11). Incluso en la temprana iglesia, la extrema disciplina tuvo acto de presencia (Hch 5). La separación era entendida como una expresión de santidad en la iglesia del siglo I, pero Jesús no actuó así; no se separó, más bien se mezcló con la gente impura, con los pecadores…, y si se separó de alguien fue de los “santos”, de los puros, de los religiosos, de los “impecables”.

Llama la atención que en algunos casos Pablo reconoce que no tiene mandamiento de Dios, sino solo su criterio personal hablando de los problemas del matrimonio: “Esto digo por vía de concesión, no por mandamiento” (1Cor 7.6), “mando no yo, sino el Señor” (v.10), “Y a los demás yo digo, no el Señor…” (v.12), “no tengo mandamiento del Señor, sino doy mi parecer” (v.25).

Creo que estos ejemplos son suficientes para plantear la dificultad del tema. Aceptemos que la Biblia es la Palabra de Dios. Pero, ¿qué quiere decir eso? No todo lo que hay en la Biblia es mandamiento de Dios; el mismo Pablo lo reconoce. Esto permite abrir el debate sobre el fundamento de la inspiración de la Escritura, el concepto de revelación de Dios y el reconocimiento de los libros que componen el canon como autoritativos. Por ejemplo, la visión que tenía Santiago sobre la fe y la ley (línea judaica) era diferente a la que tenía Pablo (línea helenística) al punto de plantear ideas prácticamente antagónicas: Pablo insiste en la salvación por la sola fe (Rom 5.1) mientras que Santiago llega a decir que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe (St 2.24). ¿En qué quedamos?

Policarpo, discípulo del apóstol Juan, solo reconoció 15 libros de los que componen el Nuevo Testamento (108 d.C.), Ireneo reconoció 22 libros (170-235 d.C.). Las controversias se centraron en Hebreos, Santiago, 2ª Pedro, 2ª y 3ª de Juan. Fue en el Concilio de Hipona (393 d.C.) y en el de Cartago (397 d.C.) cuando se reconoce la autoridad de los 27 libros del Nuevo Testamento. Pero insisto, ¿qué significa eso?

Para que un escrito formara parte del canon bíblico, se adoptaron una serie de criterios como fueron la autoría, la aceptación por la iglesia, la consistencia doctrinal, las evidencias del Espíritu Santo. Estos criterios se han seguido sosteniendo a lo largo de los siglos, pero al final hemos de reconocer que han sido los hombres los que han reconocido qué libros son autoritativos para pertenecer al canon de la Biblia y cuáles no.

Todo ello permite plantear la fragilidad de la situación porque Jesús de Nazaret no tuvo ningún interés en poner por escrito su enseñanza, sino encarnar lo que era verdaderamente la voluntad de Dios: la justicia, la misericordia, la bondad, la igualdad, la solidaridad, el perdón, el bien común, el amor al prójimo como a uno mismo, la tolerancia, el servicio… todo ello enfocado a crear una comunidad donde los valores fundamentales no fueran los que imperaban en la sociedad religiosa del momento (jerarquía, discriminación, poder, juicio…), en la que lo sagrado se deja a un lado, en la que la persona importa más que la pureza, en la que la praxis supera a la ortodoxia. Son los hombres los que han querido “normalizar” (acotar con normas), separar lo sagrado de lo profano (Santa Biblia) y exigir a todos que vivan de acuerdo a ella bajo pena de excomunión o muerte (Inquisición).

Así las cosas, llego a la conclusión que no todo lo que tenemos en la Biblia es palabra de Dios (en sentido estricto y normativo), no puede serlo, porque entonces admitiríamos un Dios que discrimina, que ordena el genocidio, que justifica la violencia, que somete a la mujer a la voluntad del varón… y todo esto está muy lejos de las enseñanzas de Jesús de Nazaret, que es la explicación definitiva de cómo es Dios, que reinterpreta la Escritura para aclarar el camino hacia el Padre, que encarnó la esencia divina para favorecer al pobre, al desechado, al que no era nadie…, y se alejó del poder institucional para regalar el Reino al marginado y al menesteroso, al que no contaba…

Así que, todo aquello que nos suena extraño en la Biblia, que no se parece a lo que Jesús encarnó, no puede ser palabra de Dios (sigo con la provocación), en el sentido de cómo se entiende en las Comunidades evangélicas. Eso no quiere decir que la Escritura no sea fidedigna en el relato, sino que no es normativo para los cristianos seguidores de Jesús todo lo que contiene. Mi amigo, hermano y pastor Pedro Sampedro dice: “la inspiración de la Escritura no significa mandato expreso divino, sino intervención del Espíritu, pero no como normativo, sino como explicativo”. Más claro, imposible.

Todo escrito bíblico es selectivo (no se incluye todo lo que ocurrió), se da en un contexto sociocultural determinado (sitz im leben) y tiene una intencionalidad teológica (perspectiva del autor). Es nuestro deber, como estudiosos de la Biblia, entresacar los principios que han de orientar nuestra vida para seguir al Maestro Jesús de Nazaret, que a fin de cuentas es la Palabra encarnada de Dios, el logos (Juan 1.1) y que, desde mi punto de vista, a él le importa poco si la Biblia es palabra de Dios o no, mientras que le importa mucho si actuamos orientados por el amor y la justicia hacia nuestro prójimo.


Pedro Álamo

Publicado en Lupa Protestante


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