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OTRO

¿Procuraste, alguna vez,

inventariar las estrellas?

¿Tropezó tu mente finita

con la abrumadora sospecha

de un vasto universo?

 

Descubrirías la impotencia

del vano esfuerzo neuronal

por asir lo inasible.

Observarse exiguo, verse baladí.

Extraviarse mareado

entre los circuitos pueriles,

que algunos llaman inteligencia,

buscando la piedra filosofal,

la gran regla del juego

que dé sentido a los movimientos

de piezas de átomos

de carbono e hidrógeno.

Entonces, formularías

una proverbial ecuación,

una escalera de axiomas,

en forma de borbotones

que te elevarían a la inevitable fuente...

a Dios... ¡Tu dios!

A quien atribuirías la revelación.

 

El paso del tiempo

anonadó las estructuras

de intrincados paneles

que mi ser humano inseguro edificó.

Los dioses son ahora

un sarampión pretérito,

un vestido de talla corta

obsoleto y archiusado.

Más, tras la tentativa abortada,

el perfil sabio barrunta

valores permanentes

que la fe caricaturizó,

la lógica asesinó

y la mística intuición,

señala inmutable.

 

Tú dirás: “¡Ese es otro dios, el tuyo!”.

Suprime la palabra dios.

No hablamos de una persona,

ni de un ente a nuestra semejanza.

Ignora los códigos de

interesadas religiones

y prepotentes filosofías.

Déjate llevar por la verdad

que brota de tus genes

iluminando tu conciencia.

Oye la voz del amor

más allá de la mortal moral.

No pienses, siente.

No sobrevivas, vive.

No busques perfumes sucedáneos,

rompe el vaso que encierra el tuyo,

porque la fragancia de tu interior

exhala, también,

los mismos olores trascendentales.

Recupera el cordón umbilical

que te ata a la vida

y, deslizándote por él,

recobra tu sentido.

 

Siéntete energía,

polvo de estrellas consciente,

naturaleza en evolución,

en un largo viaje

que conduce de la Nada...

¡al Todo!

Pero, por favor, no le llames Dios,

como si ya lo captaras

y hubieses logrado meterlo en un “frasco”..

Si no puedes evitarlo, llámale...

¡OTRO!

 

Porque de seguro que siempre,

el supuestamente verdadero,

será uno tan distante del tuyo o del mío,

como la noche lo es del día.

 

David Sánchez Garrido. Tomado del libro Lágrimas Curriculares, memorias de un maestro. Círculo Rojo


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