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Esa oración

Una oración. Una plegaria. Esa oración, que

nuevamente me hizo descubrir los oscuros lugares de

lo profundo. ¡Ay! ¡Otra vez lo profundo! Fue allí donde

oré, en ese silencio, en ese vacío, en ese lugar… Sí, el

vacío es un lugar.

El vacío nunca es vacío en el pleno sentido del

término, precisamente por eso: porque hay que

ponerlo en palabras para reconocerle como tal. Más

aún, el vacío es un espacio para apalabrar.

Apalabrarnos. Apalabrar dónde estamos, aquello que

sentimos como tal.

Alabo una vez más la dimensión terapéutica de la

oración. Al menos, la de esa oración. Aquella donde

sentí todo y nada. O la nada que me llevó a ver todo.

En esa nada, me ex-puse frente a aquel misterio de lo

divino, como aquel Todo contrapuesto al vacío que

me invadía y me dejaba, al menos por un momento,

sin palabras.

Orar es poner en palabras. Es ex-ponerse, “salirse”

virtualmente de ese vacío para ubicarse allí (ya que

aunque estamos allí -sino no describiríamos el vacío- a

veces no nos vemos). Tal ex-posición se origina en el

encuentro, un encuentro único con aquella fuerza

que, precisamente, me “fuerza” para proclamar,

como pueda, como salga, ese supuesto lugar.

Oración es encuentro. Encuentro conmigo y con Dios.

Es la fuerza de ese encuentro con lo divino que me

lleva a verme ahí, apalabrarme allí. Ya que para

contemplar lo divino, al menos en forma difusa, tal vez

sin figura alguna, tengo que percibirme a mí mismo allí.

Por ende, orar es como armar, mientras la voy

arrojando, una soga hecha de palabras, de reclamos,

que dan cuenta de lo que soy, de lo que siento, de

dónde estoy, ya que tal vez (no sé si les ha pasado),

muchas veces, no tenemos palabras para describir

dónde estamos. Eso también es vacío.

La claridad que recrea este ejercicio no implica un

agradable resultado. Muchas de esas palabras que

emergen y comienzan a dar nombre al vacío, traen

más terror del que teníamos. Nos vemos ex-puestos

frente a terribles verdades que traen consigo mucho

dolor. Pero al menos, al vernos allí, nos reconocemos.

Somos nosotros/as. Soy yo quien se encuentra allí.

Paralizado, temeroso, ansioso, angustiado. Pero soy yo.

Siempre posamos sobre alguna clase de vacío. Unos

más profundos, otros más pasadizos. Más aún: la vida

es como un continuo vacío que requiere ser

apalabrado, para comprendernos, reconocernos,

vernos. El problema es cuando no sabemos cómo

hacerlo palabras. O sea, cómo reconocernos como

tales allí. O peor aún: cuando directamente no nos

vemos. Ese es el mayor terror que puede existir:

cuando creemos que no existimos.

Gracias a Dios por la oración, que nos permite ponerle

palabras al vacío que sentimos, transformándose así,

poco a poco, aunque turbio y difuso, en un lugar con

cierto sentido. Gracias a Dios porque ese encuentro no

tiene límites, y uno puede expresar lo que siente, como

sea, decir lo que quiera. Al menos así sucedió en esa

oración. Es en la ex-posición que vivimos con este

ejercicio donde emergen las palabras que dan cuenta

de que estamos allí, como sujetos en camino, en la

fuerza del Espíritu que nos impulsa a

proclamar(me/nos), a hablar(me/nos), a

decir(me/nos), a ver(me/nos).

 

Nicolas Panotto, del poemario Susurros desde lo indecible.

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