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La fe de la vida

Pienso en la fragilidad de mi cuerpo. La siento, la vivo.

Pregunto: ¿se acabará? Me dicen: ¡no! Sigo allí de pie.

Sigo caminando. La fragilidad me lleva a dar pasos

más firmes, afianzando así mi vida en cada uno de

ellos. Lo frágil se transforma en una grieta que

resquebraja el camino, lo sacude y me marea, para

lanzarme a ese río subterráneo que casi me ahoga

con su caudal pero que finalmente me lleva en su

calidez.

Me siento y miro por la ventana. La Gran Babilonia. Un

infierno de cemento que parece tragarse la vida. Hay

quienes lloran. Hay quienes ríen. Hay quienes buscan

esperanza. La anciana que llora por una limosna tras

enlistar su penuria, con los gritos de los niños que

disfrutan la aventura como telón de fondo. La vida y la

muerte en una eterna batalla de nunca acabar.

Pregunto: ¿se acabará? Me gritan: ¡nunca!

Observo y recuerdo la pregunta profética: “¿hallará fe

en la tierra?”. ¿Dónde está? Se esconde en medio del

tumulto, de los gritos, de los ojos vidriosos, de las

sonrisas, de la música, de los aromas, de los mareos

que nunca acaban. Ella se hace real en la misma

pregunta. Ella es la pregunta. Una pregunta que

escinde lo dado y me muestra la grieta del camino. Es

un ver “más allá” que irrumpe como un relámpago

que ensordece y encandila, que se hace sentir en su

desaparición inmediata.

La vida es fisura, grieta, fragilidad. Es como la arena

que se escurre entre los dedos. Pero es en esa

disrupción donde muestra su gracia, su placer, su

andar. La fragilidad duele, tumba, marea. Pero es allí

donde la vida reclama su presencia, una presencia

que no se estanca en un allí sino que fluye hacia el

devenir. Es la fe de la vida. Es la certeza de la sorpresa.

Es la esperanza de que siempre se puede dar otro

paso. Es la fuerza que atraviesa las rendijas de lo que

nunca acaba.


Nicolas Panotto, del poemario Susurros desde lo indecible.

© sentirCristiano.com




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