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Siempre han sido así las cosas

Había una vez un corderito llamado Blanquín; ya no era un bebé ni tampoco era un adulto; digamos que era un adolescente. Blanquín, que había perdido a sus padres, vivía con muchos corderos y ovejas que formaban un gran rebaño y se alimentaban con los verdes y ricos pastos que crecían en un apacible valle.

Cierto día, Blanquín estaba a la sombra de unas encinas, junto al arroyo que corría entre el valle y el bosque, cuando vio que se acercaba su amiga Lanita. Se puso contento, porque siempre jugaban juntos; pero cuando la ovejita estuvo a su lado, Blanquín advirtió que estaba muy asustada.

—¿Qué te pasa, Lanita? —preguntó.

—¡Los lobos! ¡Anoche se oyeron lobos que aullaban en la montaña!
Blanquín miró hacia las montañas que se alzaban más allá del bosque, del otro lado del arroyo. Lanita prosiguió:

—Mamá me dijo que anoche se pusieron a aullar; quiere que yo duerma entre papá y ella, porque, ahora que vienen los fríos, los lobos no encuentran alimento en la montaña y bajan al valle para atacar a los rebaños.
Blanquín procuró tranquilizarla; por fin, Lanita se calmó y pasaron el día jugando y paseando por el valle.
Cuando todos se acostaban para dormir, vieron que el pastor y sus dos hijos, armados con una escopeta, se turnaban para montar guardia. Lo mismo hicieron las dos noches siguientes, pero después los pastores se quedaron durmiendo en su casa, que estaba cerca.

Así pasaron varios días. Todos hablaban de lo frío que se estaba poniendo el tiempo. Blanquín y Lanita a veces iban hasta su lugar favorito, el bosquecillo de encinas junto al arroyo, y miraban las montañas, que se cubrían poco a poco de nieve mientras el follaje del bosque iba adquiriendo tonalidades rojizas.

Hasta que una noche se produjo un gran alboroto. El rebaño balaba aterrorizado, se oían gemidos y ayes de dolor. Muchos gritaban “¡Los lobos! ¡Los lobos!”.

Con la luz del día supieron lo ocurrido. Dos lobos habían cruzado el arroyo, se acercaron sigilosamente al rebaño, mataron a dos corderos y se llevaron los cuerpos al bosque. Aquel día las ovejas anduvieron por el valle desazonadas, mientras el pastor y sus hijos proferían maldiciones. A la distancia, del otro lado del arroyo, se oía el pavoroso aullido de los lobos.
Nuevamente los pastores montaron guardia; nuevamente desistieron tras varias noches. Y nuevamente los lobos cruzaron el arroyo por la noche y atacaron al rebaño. Entre la algarabía que se produjo, Blanquín reconoció la voz de Lanita, que lo llamaba desesperada. Pese a que él mismo sentía mucho miedo, corrió a buscar a su amiga. Aunque le costó avanzar en medio de las agitadas ovejas que corrían alocadamente, por fin la alcanzó.

—¡Ay, Blanquín! ¡Los lobos se llevaron a mis padres! —gritó Lanita, llorando sin consuelo.
Blanquín pasó la noche junto a Lanita, e hizo lo que pudo para confortarla. Después supieron que aquella vez cuatro lobos habían cruzado el arroyo y mataron a cuatro ovejas.
Blanquín, junto con algunos corderitos y ovejitas amigos, llevaron a su amiga, que estaba muy triste, al encinar junto al arroyo y trataron de consolarla. Blanquín apoyó su patita delantera sobre el hombro de ella y le dijo:

—Esta noche me quedaré a tu lado para defenderte.

—¿Cómo vas a defenderla, Blanquín? No podrías luchar contra un lobo —preguntó una de las ovejitas.
El corderito se quedó mirando en silencio hacia el bosque. Por fin, respondió:

—Es verdad... yo solo no puedo. Pero en el rebaño somos muchos, y los que nos atacan son muy pocos. Entre todos podríamos vencer a los lobos.

—Moltón, el abuelo de mi amiga Merinita, es muy sabio; todos lo consultan en el rebaño. Una vez nos enseñó que un cordero no puede luchar contra un lobo. ¿No quieres que le pidamos que nos explique por qué? —dijo Lanita.
Blanquín asintió, y todos fueron en busca de Merinita, que estaba con sus abuelos Guedeja y Moltón. Éste era un gran carnero algo viejo, pero muy vigoroso. Cuando Blanquín le preguntó por qué todo un rebaño no era capaz de hacer frente a unos pocos lobos, Moltón comenzó una docta explicación que todos escucharon atentamente.

—Los lobos son carnívoros; eso quiere decir que se alimentan con carne, a diferencia de nosotros, que somos herbívoros porque comemos hierba. El cuerpo del lobo, empezando por la dentadura, está adaptado para esa alimentación, y es por eso que los lobos tienen colmillos afilados. Es decir que el lobo es un animal rapaz, un cazador que puede combatir; nuestra dentadura, en cambio, está conformada para cortar la hierba y no es apropiada para la lucha.
La abuela, orgullosa de la sabiduría de Moltón, asintió.

—¡Los lobos son malos! Nosotros nos alimentamos sin lastimar a nadie —exclamó Merinita, que estaba acostada sobre la hierba junto a su amiga. Pacientemente, Moltón prosiguió.

—Los lobos no son malos, Merinita; lo que ocurre es que necesitan nuestra carne. La naturaleza funciona de esa forma.

—¡Pero nosotros podríamos defendernos! ¿Por qué un rebaño de cientos de ovejas y corderos no puede enfrentar a unos pocos lobos? —preguntó Blanquín, que había escuchado atentamente a Moltón.

—Como ya expliqué, la dentadura de los lobos...
Blanquín lo interrumpió.

—No tenemos filosos colmillos, pero nuestros dientes, así como cortan la hierba pueden cortar la piel de los lobos; y, si cientos de corderos se ponen de acuerdo para la defensa común y acometen a un lobo, entre todos conseguirán derrotarlo.
Moltón sonrió, indulgente.

—Los lobos son agresivos y resueltos, en tanto que los corderos somos tímidos y asustadizos; es la psicología de la especie; además, los corderos, cuando son agredidos, sólo atinan a escapar cada uno por su lado. Nunca ha ocurrido que los corderos hicieran frente a los lobos. Nuestra seguridad se basa en que los pastores nos protejan diligentemente.

—¿Y si los pastores se duermen o son negligentes?

—Lo único que se puede hacer es correr y esperar que no le toque a uno...
Guedeja asintió, en señal de que aprobaba el discurso del abuelo.

—Siempre han sido así las cosas —terminó Moltón.

—Sí... Siempre han sido así —contestó pensativamente Blanquín.

La conversación había terminado y el grupo se dispersó.
Durante los días siguientes, Merinita, Blanquín y los demás amigos trataron de hacer compañía a Lanita, que seguía apenada por sus padres. A lo lejos, en el bosque, se oía el aullar de los lobos, pero los pastores vigilaban y pasó algún tiempo sin que hubiera más ataques. De noche, Blanquín se quedaba junto a su amiga para cuidarla.
Otra vez los pastores empezaron a desentenderse de su vigilancia. Montaban guardia hasta la medianoche y luego se iban a dormir; tras unos días, sólo se quedaron con el rebaño un par de horas después del crepúsculo, y por fin abandonaron las guardias por completo.

Hasta que los lobos atacaron de nuevo. Esta vez se llevaron a dos corderos adultos y dos ovejitas; una de éstas era Merinita. Moltón y Guedeja se lamentaban, desconsolados.

—¡Ay, qué desgracia! ¡Mi nietecita querida! ¡Pobre Merinita!
Cubriéndose los ojos con las manos, Moltón y Guedeja lloraban sin cesar.

—Pensar que cuando comenzó la batahola eché a correr... Si me hubiese quedado junto a Merinita habría podido defenderla.

—¿Te habrías atrevido a luchar contra el lobo, Moltón? —preguntó entre lágrimas la abuela Guedeja.

—¡Sí! ¡Sí! Desde ahora, pasaré la noche junto a Lanita, que fue la mejor amiga de nuestra nieta.

—Y yo estaré a tu lado, Moltón.

Desde entonces, Lanita pasaba las noches rodeada por Blanquín, Moltón y Guedeja, a los que se sumaron los padres de la otra ovejita que se habían llevado los lobos en el último ataque. Los amiguitos de Blanquín comentaron en todo el rebaño esa decisión. Al principio, los demás miraban boquiabiertos; no podían creer que hubiese corderos dispuestos a unirse para pelear contra los lobos, pero, a medida que fueron pasando los días, más ovejas y corderos empezaron a imitar esa actitud.
Comenzaron a turnarse para dormir. Mientras unos descansaban, otros montaban guardia. Hasta que, una noche en que la luna llena resplandecía en el cielo despejado, Guedeja, que estaba despierta, vio cinco siluetas que se recortaban contra el borde del arroyo. Eran los lobos, que se habían detenido junto al agua para observar el rebaño. Viendo que no estaban los pastores, comenzaron a vadear el torrente.

Guedeja despertó a los demás. Todo el rebaño se quedó muy quieto, esperando. Los lobos, tras cruzar el arroyo, se separaron, buscando cada uno su presa.

—¡Aquí viene uno! —murmuró Blanquín al oído de Moltón.

Un enorme lobo se acercaba sigilosamente. Se detuvo a poca distancia del grupo y, tras elegir su presa, dio un ágil brinco que lo dejó a un paso de Lanita.

Guedeja arremetió contra la fiera y mordió con fuerza una de sus patas traseras, al tiempo que Blanquín aprisionaba con sus dientes una de las orejas del lobo. Éste sacudió la cabeza para liberarse del corderito, y entonces dejó expuesta su garganta. Moltón le asestó allí una tremenda dentellada, y el lobo, desangrándose, dejó de defenderse contra los corderos, que se habían unido para atacarlo, y cayó.

Por todas partes se oían los ayes doloridos de los lobos y el enfurecido balar del rebaño, que por fin había decidido enfrentar a sus enemigos.

A la mañana siguiente, los sorprendidos pastores encontraron los cuerpos cubiertos de dentelladas de dos lobos, y tres rastros de sangre que llegaban hasta el arroyo. Algunos corderos mostraban mordeduras, pero ninguno tenía heridas graves. El rebaño pastaba ufano, orgulloso de su victoria.
Los pastores comentaron en el pueblo lo sucedido, y la noticia se difundió. Un día, Moltón oyó decir que en otros rebaños los corderos también se habían unido para defenderse. Corría el rumor de que los lobos estaban convirtiéndose en vegetarianos, aunque muchos aseguraban que eso era imposible. Lo cierto es que el rebaño nunca más fue atacado por los lobos.

* * *

Pasó mucho tiempo. Una calurosa tarde en que Blanquín estaba junto al arroyo, a la sombra de las encinas, mientras miraba cómo Lanita amamantaba al hijito de ambos, llegaron Moltón y Guedeja, recién esquilados.

—¡Hola, chicos! ¿Cómo está el bebé? —preguntó Guedeja.
Lanita sonrió.

—Está muy bien, y cada día más grande... Por suerte, todavía es demasiado pequeño para que lo esquilen.
Blanquín se quedó mirando a los pastores, que estaban esquilando al numeroso rebaño.

—¿Por qué permitimos que unos pocos pastores nos quiten nuestra lana? —preguntó.

—Siempre han sido así las cosas —dijo Moltón.

—Sí... Siempre han sido así —contestó pensativamente Blanquín.

Juan Planas

Publicado en: http://www.letralia.com/166/letras10.htm



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