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Rosa Banderas Jimenez

Conocí al Señor en el año 1974 por medio de algunos vecinos cristianos. Coincidía que aquel fue un tiempo muy difícil para mí. Tenía problemas familiares, por eso me sentía siempre muy triste. Estas personas me hablaron del Señor, de cómo Dios me amaba, de cómo Él murió por mis pecados, y no sólo eso sino que Él quería ayudarme en mis necesidades. Aquello me impactó. Uno de aquellos días asistí a un bautismo (se bautizaban adultos) y Dios tocó mi corazón. Desde ese día todo fue cambiado por el Señor. No sólo pude sentir el perdón de mis pecados, sino su amor*, y cómo no, las circunstancias cambiaron para bien. Su amor me enseñó mucho con respecto a mi familia. Mi marido, igual que yo, conoció al Señor y nos bautizamos juntos. Por aquél entonces sólo teníamos dos niños, luego nacieron tres más. Dios hace muchas cosas en nuestras vidas y vemos su mano sobre nosotros. Cuando mis niños eran pequeños, mi marido se quedó en el paro y estuvo seis meses sin encontrar trabajo. Lo pasamos mal. Un día regresábamos de la reunión en la iglesia y una vecina nos llamó para mostrarnos lo que dejaron en su casa para nosotros. Media cocina se hallaba llena de paquetes de comida. Contenían todo lo que se necesita para cubrir las necesidades de una familia. Aquello fue tan grande para nosotros que nunca podré olvidarlo, sobre todo, porque como dije antes, teníamos niños pequeños y nada para darles al día siguiente. Dios proveyó. Algunos años más tarde nos vimos de nuevo en otro aprieto. Vivíamos en el mismo piso que ahora, pero en alquiler. El dueño decidió venderlo y nos dijo cuales eran sus condiciones. Para nosotros era imposible meternos en otro préstamo porque recientemente pedimos uno para comprar un coche. Esta situación no era nada fácil, pero Dios todo lo puede, por eso un día un miembro de la iglesia vino con el pastor a casa para decirnos que nos dejaban ese dinero para que pudiéramos comprar el piso y quitarnos la trampa del coche. Nos dio cuatro años de plazo para devolverlo. El Señor proveyó de trabajo a mi marido y en esos cuatro años, pagamos el dinero prestado. Ese es el motivo por el cual la casa donde vivo es muy especial para mí. Fue una bendición del cielo. Gracias a esa persona ni mi marido, ni mis hijos, ni yo nos vimos en la calle. Dios hizo estos milagros. Por aquel tiempo, uno de mis hermanos estaba preso y nos avisaron diciendo que se encontraba enfermo. Lo ingresaron en un hospital. A pesar del dolor que yo sentía, había un gozo especial dentro de mí porque tuve la oportunidad de hablarle del Señor, igual que aquellos vecinos hicieron conmigo. Él se arrepintió de su mala vida y la entregó al Señor. Al cabo de diez días, murió con la paz y la alegría que el Señor deposita en los corazones aunque estén enfermos. Este fue otro milagro que tampoco olvidaré. Dios obra tanto en mi vida, que necesitaría un libro entero para mí. En otra ocasión me sanó de piedras en el riñón (quien las tiene sabe de lo que estoy hablando). A una de mis hijas, Dios la sanó de una enfermedad grave tan peligrosa como la leucemia. El Señor es bueno con nosotros y con nuestros hijos. Les libra de muchos peligros. La misericordia y el favor de Dios están con nosotros, y no es porque yo lo merezca, si no porque Él es bueno.

Rosi.

"No sólo pude sentir el perdón de mis pecados, sino su amor".

Rosa Banderas
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