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Miguel Angel Soto

Aquella mañana era distinta a cuantas viví en los veinte años que tenía; la mirada y mis pensamientos se perdían en el horizonte a través del parabrisas del autobús que me llevaba al cuartel de instrucción naval de Cádiz. Pasaban tres años desde que un día me entregué al Señor y nunca dudé que Él tenía poder para librarme de aquellos preceptos y leyes de los hombres, que me obligaban a realizar un servicio militar durante dieciocho meses, en los cuales aprendería a utilizar las armas de guerra, a jurar lealtad a la bandera, a cantar canciones a la Virgen y a obedecer a mandos estrictamente católicos. Sabía que Dios estaba en contra de todo aquello y no comprendía por qué Él no quiso librarme milagrosamente de aquel periodo, donde estaría lejos de mi familia, de mi novia y de los amigos de la iglesia. Pero a pesar de mis pensamientos y deseos, viajaba en el autobús hacia mi destino. Así que me propuse preparar la defensa de mi fe ante aquella multitud de soldados a los que seguro me habría de enfrentar.
Mi adaptación a la vida del cuartel fue rápida. Todo era acelerado. Levantarse, formar, desfilar, cantar, comer, etc. Sólo a la semana de estar allí, empezamos a tener algunas horas de relajación, y con ellas llegaron los primeros contactos, las primeras amistades, las anécdotas. Empezamos en definitiva a conocernos. Por entonces, nadie sabía que yo era cristiano y guardaba celosamente un pequeño Nuevo Testamento entre las pocas pertenencias que entraban en mi taquilla.
En aquella habitación gigante dormíamos doscientos soldados, pero cada uno pertenecía a un reducido grupo de veinte hombres. Una noche oí a un joven de mi grupo sintonizar con su radio la grabación de una emisora cristiana emitida desde algún lugar de Sudamérica; aquello me impactó, y acercándome le pregunté si era creyente. Él contestó que no pero que le gustaba oír ese tipo de programa. Al rato, nos encontramos hablando de Jesucristo y de su amor, y por un instante creí que esa era la razón por la cual Dios permitió mi ingreso en el ejército, era para poder hablarle a aquel joven, bastante abierto al evangelio de la obra redentora del Señor.
Mientras conversábamos en medio del pasillo, poco a poco se fue añadiendo a nosotros cuanto soldado deambulaba por allí; así que me encontré en medio de un grupo de ocho jóvenes que oían mi predicación con interés.
Emocionado, sembraba con denuedo el evangelio, mientras ellos, boquiabiertos, escuchaban y exponían sus dudas. De pronto, uno de ellos comenzó a estorbarme intensamente, animando a los demás a que dejaran de prestarme atención argumentando: -“¡no veis que os está comiendo el coco!” - No me importaban sus acusaciones y seguía predicando sin cesar, pero él, insistía más -“¡estáis locos, os está lavando el cerebro!” Entonces mirándolo, cruzó por mi mente un pensamiento: “La última persona que se convertiría al evangelio sería ese hombre”, de pronto sonó en los altavoces el toque de silencio, debíamos acabar cualquier actividad o conversación y dormir. Así que los invité a que si alguno se sentía necesitado de este Dios que yo anunciaba, me buscara para orar y entregar la vida a Cristo. Todos se fueron alejando hacia sus literas.
Mientras guardaba mi Nuevo Testamento en la taquilla me invadió un pensamiento: ¡y yo que quería pasar desapercibido! Pero entonces se acercó a mí el soldado instigador, el rebelde acusador, y en voz baja me dijo: “¡oye, yo necesito a ese Dios del que hablas!* ¿Podrías ayudarme a que llene mi vida como te ocurrió a ti?”-.
Aquella noche aprendí dos lecciones bíblicas trascendentales; la primera: “Mis caminos no son vuestros caminos, ni mis pensamientos vuestros pensamientos, dice el Señor”. Ahora entendía el porqué Dios permitió que me llevaran a servir al ejército; a mí, que pensaba que aquello era una prueba en contra de mi vida espiritual; ¡qué lejos se encontraban mis pensamientos de los de Dios! Y la segunda: “ porque el Señor no mira la apariencia externa, sino al corazón”. Así es, Dios no veía lo que veía yo, a un hombre perverso luchando en contra del evangelio. Él veía un corazón necesitado y un alma para salvar, y que todo aquel grupo de soldados, el joven de la radio, las preguntas que hacían, todo estaba siendo utilizado por el Espíritu Santo, para llevar el mensaje a este joven.
A la mañana siguiente, José, de Almería, entregaba su vida al Señor junto a la lavandería, cerca del río, y apretaba mi Nuevo Testamento como si hubiera encontrado el tesoro más preciado del mundo.
Por aquel entonces, mientras realizábamos el periodo de instrucción en aquel cuartel, que duró cuarenta y cinco días, estuvimos siendo ayudados y cuidados por un matrimonio joven. Ellos vivían con otra pareja que tuvo la visión de abrir su casa y su hogar en aquel pueblo para recibir a todos los soldados cristianos que llegaran a Cádiz, desde diferentes puntos de España; allí nos reuníamos por las tardes para orar y leer la Palabra de Dios. Nos daban de comer, lavaban nuestras ropas y nos servían en todo; se trababa de nuestros queridos amigos Paco Bernal e Isabel Pavón.
Han transcurrido desde aquellos días veintidós años; José permanece en el Señor y cuando volvemos a encontrarnos cada año, comentamos lo agradecidos que estamos a estos hermanos por su labor de acogida; sirvan estas palabras como muestra de ello.

*¡oye, yo necesito a ese Dios del que hablas!.

Miguel Angel Soto
© sentirCristiano.com

Miguel Angel Soto
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