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Mari Carmen Jimenez Romero

Siempre fui una mujer muy religiosa. Creía y además practicaba. Me incorporaba a todos los actos de la iglesia, ya fueran novenas, rosarios, etc. Así fue hasta que me casé. Entonces lo dejé todo. Cambié la vida de iglesia por las salidas familiares con mi marido y mis dos hijas. Íbamos al campo, excursiones, procesiones de Semana Santa, etc.

Sin embargo, al regresar a casa me paraba a pensar y me daba cuenta que me encontraba vacía. Durante una visita al hospital para ver a mi cuñada, conocí a otra mujer que también la visitaba. Le regaló un Nuevo Testamento que vi sobre la mesilla. Lo cogí y enseguida lo solté. Pero cuando vi salir a ésta mujer, la seguí por el pasillo para hablar con ella. Le dije que no sabía que me pasaba, que en mi vida había un gran vacío y no sabía cómo llenarlo. Y entonces me habló de Jesús.

Comencé a reunirme con su grupo de creyentes, mi cuñada ya se encontraba bien y me acompañaba. Al finalizar las reuniones regresábamos a casa en autobús y no parábamos de charlar sobre todo lo nuevo que aprendíamos del Señor y que antes no sabíamos. Salíamos tan llenas y tan entusiasmadas que en más de una ocasión se nos pasaba nuestra parada y teníamos que retroceder andando.

No sé que habría sido de mí si yo no hubiera conocido al Señor*. Él cambió mi mal carácter, mi temperamento y poco a poco sigue dulcificándome. Un tiempo después, mi marido aceptó al Señor en su corazón y le seguimos juntos.

*No sé que habría sido de mí si yo no hubiera conocido al Señor.

Mari Carmen

© sentirCristiano.com

Mari Carmen Jimenez
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