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Loli Nuñez Caparrós

En la adolescencia viví con mis familiares. Me quedé sin padre a los seis años y a los quince perdí a mi madre, quizás esa sea la razón de haber sido una persona a quien los temores y los miedos acompañaron durante muchos años.

Cuando terminé mis estudios empecé a trabajar en la papelería de mi hermano. Luego me casé y tuve a mis dos hijas. Una de las pocas cosas que me hacían sentir bien era ir al terreno de mi sobrina. Allí me encontraba a gusto. Deseaba que llegaran las vacaciones o los fines de semana para disfrutarlos al aire libre.

Al cumplir 33 años, tuve una subida de tensión y aquellos miedos y temores aumentaron. Lo pasé verdaderamente mal. Sólo me encontraba bien rodeada de amigos y cuando me quedaba sola sentía un gran vacío en mi interior. Me faltaba algo.

Mi sobrino me hablaba del Señor, conversamos varias veces y me explicaba lo que no entendía, sobre todo durante el mes que estuve convaleciente de una operación. Él le comentó a una hermana de la iglesia que yo necesitaba que alguien me hablara. Ella sólo me conocía de vista y cuando fue a visitarme se alegró de verme. Yo observaba su comportamiento, oía con atención lo que me contaba del Señor y sentí ganas de reunirme con ellos. Un día le prometí que cuando me dieran de alta iría a su iglesia y así lo hice una tarde, pero no me atreví a entrar.

En ese tiempo contaba con el apoyo de mi cuñada Mari Carmen y después de un tiempo, hablando con ella le dije el vacío que sentía en mi interior y ella me confesó que se sentía igual. Así que nos fuimos a la iglesia las dos juntas. Todo lo que allí oía lo acoplaba a mi vida. Comencé a sentir al Señor dentro de mí*.

Aquellas personas fueron muy amables con nosotras y nos saludaban aunque no nos conocían. No estábamos acostumbradas a ese comportamiento. Nos invitaron a ir más veces y así lo hicimos.

El vacío que tenía dentro desapareció y empecé a ser feliz. Era una mujer nueva, diferente. Sin embargo, seguía con los miedos y temores; pensar que tenía que ir hasta la esquina de la calle sola era tremendo, me agobiaba. Iba al médico para que buscara el motivo pero no me daba una explicación convincente.

Poco a poco fui incorporándome con mi amiga a las actividades que se realizaban en la iglesia, por ejemplo decidimos ir como cocineras a los campamentos que se realizaban para los niños, y así poco a poco ese problema que me acompaña va desapareciendo. Además, lo más importante de todo es que cuando salgo, disfruto. Incluso me atreví a viajar a Marruecos con un grupo de mujeres de la iglesia. Fuimos para ayudar a las mujeres de allí. En todo momento, durante el viaje y la estancia, doy gracias a Dios, porque me miro y no me conozco. No ha sido por mi fuerza sino por la fuerza y el valor de Dios

*"Comencé a sentir al Señor dentro de mí".

Loli Nuñez
© sentirCristiano.com

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