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Josefa Rodriguez Camacho

Gloria a Dios. Tengo tanto que decir sobre lo que Él hace en mi vida, que no las puedo enumerar.
Dios es grande y misericordioso y le amo con toda la fuerza de mi corazón. Es la luz de mis ojos, la alegría de mi corazón, el gozo de mi alma. Le amo.

Creía en el Señor desde pequeña. A veces me preguntaban por qué quería tanto a Jesús, y yo contestaba: “no sé, pero yo le quiero y le quiero, le quiero y le quiero”. Ahora que soy mayor, hago balance de mi vida y veo que siempre ha estado conmigo.
Fui una hija maltratada. Mi madre y mi hermana me pegaban desde que nací hasta que fui mayor. Me daban palizas de muerte. Tengo cicatrices por todo el cuerpo, incluso en la cabeza. El único que me quería con locura era mi padre. Sufrí muchísimo, pero Dios me trajo al mundo y desde el vientre de mi madre, me protege contra todo lo que viene en mi contra. Porque si Dios está conmigo, quién estará contra mí*.

En una ocasión descubrí algunos bultos en mi pecho y el dolor era muy fuerte. Estaba preocupadísima y sabía que tarde o temprano tenía que ir al médico. Mientras tanto, oraba al Señor con todas mis fuerzas e imaginé que podía ser sanada. No hay otro médico como el Señor. Sabía que podía confiar plenamente en Él. Seguí orando por esto y antes de terminar la oración, dejé de sentir los dolores y mi pecho se restableció. El Señor hizo su obra en mi. Se manifestó a mí. Me ama como ama a todos sus hijos. Él hace maravillas en mi vida.

Tiempo atrás, yo trabajaba cuidando a una anciana de más de noventa años. Una noche, antes de acostarla, olvidé que tenía una sartén grande en el fuego. Mientras terminaba de atenderla en el salón, el aceite ardió. El fuego alcanzó los muebles de la cocina que parecía un infierno. El humo era tremendo. La señora al ver aquello se llenó de temor. Yo sólo le pedía al Señor que nos diera una salida en aquellos momentos. Entonces vi un perol grande de barro y tapé la sartén. El fuego desapareció.
Cuando la señora dormía, entré a la cocina que parecía carbón y con una espátula, comencé a rascar la pintura tanto de muebles como de la pared y el techo. Luego pinté las puertas de los muebles y todo lo demás. Dentro de lo que cabe, quedó limpio.
Pero lo que yo quiero resaltar aquí, es lo bueno que fue el Señor conmigo, porque cuando entré al baño para ducharme, al quitarme el vestido, vi que tenía unos agujeros tan grandes como platos, todo estaba quemado, tanto por delante como por detrás. No sé si lo que le cayó fue aceite o fuego. Yo no sentí nada, ningún dolor ni molestia. Mi piel no sufrió. El Señor dice en su palabra: “No temas porque yo te redimí...; mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo... Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo el Señor Dios tuyo... soy tu salvador.” Isaías 43: 1-3.

Cuido boca para no decir palabras feas, las he oído todas, pero soy incapaz de pronunciarlas. Yo sé que el Señor escucha y evito pronunciarlas. Jesús quiere que seamos sanos y limpios en nuestras bocas también. No soy una santa. Tengo debilidades y malos pensamientos, pero Él me limpia de todo pecado. Le amo, le doy gracias por quererme, por soportarme tal como soy. Me cuida como a una joya.

A veces me siento triste por las cosas de la vida, necesito cerca el cariño de los míos. Pero el Señor no me dejará ni me desamparará, hasta el fin del mundo. Él es el Dios que me sustenta y me ama desde antes de la fundación del mundo.
Mi vida ha sido muy dura. A los cinco días de casada, mi marido comenzó a maltratarme y continuó haciéndolo durante veinte largos años. Fuimos muy desgraciadas las tres, mis dos hijas y yo durante todos aquellos años. Cuando él murió, las tres resucitamos.

Una tarde le pedí al Señor llorando a gritos que se manifestara, le decía “Tú a mi no me quieres y yo me quiero morir”. Entonces Él me habló. Por aquel entonces yo creía en las imágenes y confiaba en ellas. Acudía a abrazarlas cuando en mi casa surgían problemas. Tenía la coqueta llena de estampas y figuras de barro, velas encendidas de contínuo. Yo creía que lo que hacía era santo, pero el Señor me dijo que no adorara a ninguna imagen. Entonces comprendí que eso no le era agradable y las quité: le dije, “Señor si a ti no te gusta esto que hago yo tampoco lo quiero”.
Al poco rato, salí a comprar algo de comer. Al cruzar, vi un coche rojo con unas letras que decían: “Jesús es mi Dios y mi Salvador”. Me quedé asombrada, quería saber de quién sería aquel coche y esperé por si llegaba el propietario. Mientras tanto, una tormenta se aproximaba. Al rato grande llegó el dueño, ya llovía. Le dije si podía aclararme la dirección que acompañaba al mensaje. Le conté todo lo que me ocurrió con las estampas y todo el sufrimiento que tenía en mi corazón. Me dijo que se llamaba Manuel Vidal y que era pastor evangélico. (yo ignoraba que hubiese otras iglesias).
Me invitó a la reunión del domingo. Cuando oí su mensaje, sentí que aquello era lo que yo andaba buscando. Era Jesús. Cuando el pastor dijo que si algunos de los presentes querían entregar su vida a Jesús que diese un paso hacia delante, yo salí volando. Como anécdota diré que cada domingo, cuando él repetía la misma llamada a los que quisieran entregar su vida a Jesús, yo volvía a salir, y al siguiente domingo igual, hasta que una hermana que me conocía me dijo que no era necesario salir todos los domingos, que ya todos sabían que yo tomé esa decisión de seguir al Señor.

Más tarde me bauticé en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Acepté a Jesús como mi único Dios y Salvador. Me arrepentí de todos mis pecados. No me cambio por nadie porque tengo lo más grande.
Mis hijas se encontraban viajando y al volver me encontraron muy alegre. La expresión de mi cara cambió. Preguntaban por aquella transformación y yo les conté todo lo que me pasó.
Si en aquel entonces yo quería al Señor, hoy lo quiero más. Ahora no lloro de tristeza, lloro de felicidad. Me gusta cantarle, alabarle, Él es lo más precioso.

El Señor cuida mis sueños y me levanto temprano para hablarle. Le tengo tanto respeto, que incluso me lavo las manos antes de leer su Palabra, la Bíblia, el Libro de los Libros. Pido por todo el mundo, por mis amigos, por sus hijos, por los de la iglesia, por los que están cerca y lejos. Por mis hijas, mis yernos y mis nietos, para que los cubra con su sombra y los proteja. Que toque sus corazones para que le conozcan. No sé si moriré antes de ver esto, pero yo sé que el Señor un día lo hará. Quiero que le amen como yo le amo.
Ruego al Señor por los enfermos, por los que están en la cárcel, por los que sufren calamidades (yo incluso me vi viviendo en los albergues esperando un plato de comida), por los ciegos, los pobres, los niños, los jóvenes, por los gobernantes para que haya paz. Por el rey para que evite las guerras. Doy gracias por la casa que me dio.
Esperamos la venida del Señor. El enemigo no tiene nada que hacer con los que creemos en su venida.
Tengo mucho que contar del Señor, y nunca podré pagarle todo lo que hace en mi con tanta paciencia.
Termino con una canción que canto cuando tengo oportunidad:

Enciende una luz y déjala brillar
la luz de Jesús que brilla en todo lugar
no la puedes esconder, no te puedes callar
ante tal necesidad
enciende una luz en la oscuridad.

*“Porque si Dios está conmigo, quien estará contra mí”.

Josefa Rodriguez
© sentirCristiano.com

Josefa Rodriguez
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