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Isabel Pavón

¿Hacia dónde vamos? o ¿de dónde venimos? son las manidas preguntas que se nos repiten a través de los siglos.

>No siempre podemos elegir la casa, el trabajo que deseamos, el jefe, el salario, ni los compañeros de trabajo que nos gustaría tener. Tampoco podemos elegir entre tener o no tener problemas en la vida. En que hoy haga sol, viento, nieve o llueva. Pero sí podemos elegir a nuestros amigos. Por lo tanto, también a quién creer y a quién seguir. Tenemos la libertad para decidir cuál es nuestro norte.
Hace muchos años que encontré esa dirección. Tiene nombre propio y aún no puedo explicar si fue Él quien me llamó o fue mi búsqueda incesante quien le encontró. Esto me da el privilegio de tener las respuestas a las cuestiones con las que comencé. Este norte se llama "JESÚS", "El Cristo". Él es la respuesta.

El nombre de Jesús no era nuevo para mí. Yo pertenecía a la religión católica, como casi toda mi familia. Pero como dice Mario Benedetti: "Las religiones no salvan, son apenas un contratiempo". Durante la adolescencia, las dudas comenzaron a inundarme. Quise ignorarlas pero no pude. Siguieron años de angustia. Recuerdo noches muy amargas porque no conseguía aclarar esas dudas. Tenía miedo a la condenación de mi alma ya que no alcanzaba a hacer las suficientes obras buenas, necesarias para salvarme. Sabía de sobra que por mis propios medios, estaba más que condenada ya que metía la pata constantemente en mis buenos propósitos, aunque no fuese ésa mi intención. Participaba de la misa diaria; confesaba mis pecados; comulgaba; hacía obras de caridad sin que nadie se enterase; iba al hospital a visitar a personas sin familia; leía todos los libros religiosos que podía comprar o pedir prestados...

Hacer cosas buenas me daba confianza durante el día y paz por la noche, pero en el fondo de mi alma, nada de esto me satisfacía. No lograba alcanzar ni el convencimiento, ni la paz interior que necesitaba. Quise indagar más sobre la verdad. Siempre me habían dicho que la iglesia católica era la verdadera y empecé a preguntar a mis directores espirituales "¿por qué?".Para mi profesora, era bastante saber que el catolicismo era universal, contaba con más miembros que las demás y eso debía ser suficiente para mí. Finalizaron los años de colegio pero mi angustia interior seguía. Quería respuestas que nadie sabía dar.

Fue el sacerdote de la parroquia, el que, a través de la Biblia, descubrió cosas nuevas para él y las iba compartiendo con el grupo de estudio al que asistía. Yo llegaba a la parroquia por la noche y me incorporaba a cualquier grupo que estuviese reunido. Una de esas noches, me hicieron partícipe de un gran descubrimiento: “Jesús había muerto por mí, para perdonarme los pecados, para salvarme y eso era totalmente gratis y suficiente”. No recuerdo lo que dije en aquel momento, pero sí lo que sentí en mi interior. Fue la paz que anhelaba y buscaba desde hacía años. Me sentí envuelta por el Señor, cogida por Él y ya no estaba dispuesta a soltarme de ninguna de las maneras. Era el mismo Jesús que yo conocía desde siempre, al que yo había intentado acceder por mis propios medios, con mi fuerza y mis hechos. Pero ahora me sentía encontrada por Él. Ahora, podía hacer todas las obras buenas que quería, pero las hacía por amor a Él, sabiendo que no me darían la salvación. Sólo la Muerte y Resurrección de Cristo la da. Hasta entonces, le había conocido como a través de un vidrio esmerilado. Había estado dando vueltas, perdida sin saber descubrir su mensaje verdadero. No había estado buscando correctamente. Siempre supe de Dios, siempre estuve a su puerta, intentando abrir con una llave equivocada.

Dice en Efesios capítulo 2:8–10 "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas". La Muerte de Jesús, la salvación por fe, fue la llave personal que hizo "clic", y se abrió para mí una realidad nueva. Fuimos expulsados de la iglesia por creer en la Palabra de Dios y por creer que la Muerte y Resurrección de Cristo era lo bastante grande como para no necesitar que, a este sacrificio, se le añadiese algo más.
Hay personas cuyas vidas caminan con afán de gloria hacia reinos sin príncipes, vacíos... van por sendas equivocadas y oscuras, vidas estériles sin rumbo fijo, que se acercan a los intereses materiales que más beneficios les puedan dar.

Muchas veces caemos y también tropezamos. Pero en el libro de Isaías 35:8, El Señor nos dice: "El que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará". Es cierto, Él no miente. Este camino es su Palabra, no las imágenes en las que yo creía. De ellas también nos habla El Señor en Isaías 44:10: "¿Quién formó un dios, o quién fundió una imagen que para nada es de provecho?".
Hace muchos años aprendí que la religión verdadera no existe. Es la persona de "JESÚS", quien salva y resucita. Esa paz, esa seguridad sigue conmigo, acompañándome desde aquel día que la descubrí leyendo la Biblia en los bancos de la parroquia que tuve que abandonar.
Ahora, a lo único que doy crédito es a la Palabra de Dios, por lo tanto, no creo en la "Tradición" porque es "palabra de hombres".

Isabel Pavón
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