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Eduardo

Mi nombre es Eduardo, tengo 35 años (2007). Quiero hoy, ahora, contarte parte de mi historia a ti. Vengo de una familia clase media baja, mi madre ama de casa y mi padre metalúrgico, soy el mayor de tres hermanos. En el año 1984 perdí un hermano en un accidente automovilístico en el que íbamos toda la familia. Procedo de una infancia y adolescencia caracterizada por la violencia y la soledad; situación ésta quizás que me llevó a tener un desarrollo y crecimiento desordenado y descuidado; con los años, mi personalidad se fue fortaleciendo en independencia, rencor, egoísmo, envidia, vanidad, tristeza, pesimismo, ausencia de muestras afectivas, depresión, soledad, y sobretodo orgullo. Amo a mis padres, amo a mi familia.

También había odio en mí, que crecía con las horas, todo esto lo reflejaba mi rostro rígido y frío, se reflejaba en mi manera de vestir, en mi forma de hablar, en mis gustos y abusos; fumaba tabaco y bebía alcohol sin control. En el año 2002, ocurrió el famoso “corralito” en Argentina, el país se quedó en ruinas a raíz de la gestión corrupta y perversa del gobierno. No había trabajo, había saqueos en los supermercados, robos entre pobres, crímenes, suicidios, delincuencia, secuestros, violencia y peligro en los hogares más indefensos; decidí en aquellos días recorrer toda la Argentina, haciendo auto stop y durmiendo donde me encontraba la noche, con la finalidad de conseguir un trabajo; en esta travesía, pasé frío, hambre, no conseguí trabajo y como si fuera poco, contraje una enfermedad Terminal (chagas) que cerró definitivamente la posible puerta de empleo. Con todo este cuadro de desesperación, o salía a delinquir, o emigraba a algún país para acabar con esta vida truncada. Nunca he creído en Dios, siempre he rechazado su existencia.

Con la ayuda de mi familia viajé a España, me vine con una imagen de España distinta a la que me encontré, sin nadie que me esperara; a los pocos días se me acabó el dinero y aún no había conseguido trabajo … Siempre he compartido ese pensamiento que dice “ algunos nacen con estrella y otros estrellados”, y yo me agrupaba a los menos favorecidos. … Me quedé en la calle, con mi maleta, caminé y caminé por la calles de Málaga, de día, de noche, con frío, con lluvia, minuto a minuto me hundía y abandonaba en la miseria y marginación más y más, así fui conociendo y relacionándome con personas que por diversas razones también se encontraban allí, inmigrantes, drogadictos, ancianos, homosexuales, enfermos de sida; levantaba colillas del suelo y las fumaba, pedía cigarrillos, buscaba moneditas en las máquinas expendedoras y cabinas telefónicas …

Hasta que llegó aquel día, ese día en el que toqué fondo, ese día que el espejo solo reflejaba un despojo humano, ese día tomé una decisión que marcaría un antes y un después, se me ocurrió un plan que terminaría con mis problemas y sufrimientos; te preguntarás quizás, qué cosa buena puede salir de una mente enferma de orgullo, hundida en la depresión y vacía de amor, NADA. Aquel día planee mi suicidio, me convencí que era mi única salida, si, estaba perdido, desorientado, confundido, necesitaba ayuda.

Mis manos sucias, mis ojos ciegos y una cuerda al cuello, en la más profunda soledad. Miré al cielo y me dirigí a Dios, le dije “porque; si en verdad existieras, me hubieras dado una oportunidad, una razón para mi existencia, yo quería salir adelante pero, no existes Dios, no existes”.

Antes de dar el paso final, recordé algo, a mi madre, antes de partir de casa ella me dijo “hijito, toma esta Biblia, si algún día estas en problemas, lee el versículo que en ella te he señalado”. Yo guardé esa Biblia en un rincón de mi maleta, aún estaba allí, con mis últimas fuerzas y ahogado en la desesperación decidí no matarme sin antes hacer lo que mi madre me pidió, era sólo un versículo y ya!!!, abrí la Biblia en Jeremías 33:3, leí “Clama a mí, y yo te responderé…”, mis ojos se cristalizaron, mis manos temblaban, me derrumbé de llanto e impotencia, lloré y lloré hasta dormirme allí mismo.

Al día siguiente volví a abrir la Biblia, leí un versículo y la cerré, ese día conocí una trabajadora social, a través de ella conocí a un hombre que necesitaba un ayudante, al terminar el día a falta de un trabajo ya tenía dos y aparte una cama donde descansar, me dije “bueno, ha sido un golpe de suerte” pero, algo había cambiado en mi porque tenía deseo cada día de leer la Biblia, y cada vez que lo hacía algo bueno me ocurría, así una y otra vez, recuerdo que lloraba mucho pero ya no de angustia sino, no podía entender lo que me estaba sucediendo, pronto comprendí que no era magia ni suerte. El mismo Dios al que tantas veces rechacé, insulté y culpé, era real y se estaba metiendo conmigo, me estaba ayudando, no tenía otra explicación.

Días después, conocí una familia que me ayudaron a entender lo que me estaba ocurriendo con Dios, ellos me invitaron un domingo, en Málaga, a una reunión en su Iglesia, al llegar allí, salieron a mi encuentro un montón de personas que me llenaron de besos y abrazos, no recuerdo haber recibido tanta muestra de amor como aquel día, comencé a asistir a la Iglesia cada domingo, y cada domingo desde que comenzaba la reunión hasta que terminaba y un poquito más, yo lloraba y lloraba desconsoladamente, arrepentido de mis errores y daños y de alegría también porque mi vida estaba cambiando.

Un año después de haber llegado a España, la policía me detuvo y fui expulsado por estar ilegal, así volví a Argentina, Dios había cambiado mi vida, ya no era el mismo para mi familia, Dios unió mi familia.

Ya en mi casa, comencé a asistir a una Iglesia, y como tocaba un poco la guitarra, me incorporé a la banda de música de la Iglesia. Dios me inspiró a escribir un libro de alabanza con más de 700 canciones que dejé en la iglesia.

Aquí podría terminar la historia pero no, once meses después me subía nuevamente a un avión rumbo a España; Dios borró mis datos de los ordenadores de la embajada, borró los sellos de mi pasaporte, tapó los ojos de la policía, así entré a España, sin que nadie me preguntara nada, es que venía con un llamado para servir en la Iglesia aquí.

Trabajé en el campo, en tareas agrícolas, un día me salió en la palma de mi mano, lo que me diagnosticarían, un tumor y que me impedía trabajar, los médicos me citaron para hacerme una cirugía y extirparme el tumor pero, al momento de la intervención decidieron no operarme por temor a hacerme más daño del que ya tenía, debía resignarme a vivir con este tumor, eso me dijeron los médicos. Acudí nuevamente a Dios para saber qué hacer, antes no sabía a quién acudir por ayuda, hoy si sabía, me arrodillé en mi habitación y hablé con Dios, unos días después ocurría otro milagro, desperté una mañana y para sorpresa mía, el tumor ya no estaba, el Médico de los Médicos me había sanado, ya no volví a arrodillarme sólo para pedir, sino para contarle mis cosas, recibir su guía, para darle gracias, todos los días.

Sabes?, antes que yo conociera a Dios y lo recibiera en mi vida, cuando estaba en Argentina, tuve la oportunidad de colaborar en un centro de atención telefónica a suicidas, fui capacitado y entrenado por sicólogos y psiquiatras, atendí a muchas personas que pasaban por diversas crisis emocionales. Aquel día en que yo decidí quitarme la vida, nada de lo que aprendí me sirvió, solo fue Jesús que salió a mi encuentro y me salvó, yo estaba perdido y ÉL me halló. Jesús ha estado toda mi vida golpeando la puerta de mi corazón y esperando, aquel día yo decidí abrir mi corazón a ÉL, desde entonces tengo una vida nueva, llena de amor, del mismo amor con el que te escribo estas palabras.
Todo lo que he vivido, tenía un propósito en mi vida, un propósito eterno, un propósito celestial, al igual que en tu vida. Hay esperanza para ti en este día.

En estos tiempos, donde la gente no sabe ya en qué creer, y ponen su fe en sacos rotos, donde cada día se levantan dioses, he tenido la oportunidad ahora de hablarte de mi Dios, que esta vivo y es real a diferencia de los otros y, como siempre ha sucedido sigue esperando y golpeando la puerta de tu corazón.

Un día y no sé cómo, contraje una enfermedad que contaminó mi sangre mortalmente; un día y no sé como, Jesús limpió mi sangre, la cambió, me sanó, ya no estoy enfermo.

Te confieso que no soy merecedor de nada de lo que he recibido de Dios. No puedo entender con mi mente finita SU naturaleza infinita. Dios es amor.
Le doy a Dios, la Gloria de todo lo bueno que me ha ocurrido y ocurrirá.
Te abrazo en el amor de Dios.

*abrí la Biblia en Jeremías 33:3, leí “Clama a mí, y yo te responderé…”.

Eduardo
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