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Diego Romero García

Hace once años que conocí al Señor Jesús, y desde entonces, Él cambió mi vida.

Me consideraba una persona normal, con mis cualidades buenas y malas, pero sentía en mí el anhelo de buscar algo. No sabía qué buscaba, pero lo hacía.

Leía todo lo que llegaba a mis manos, pero mi vida seguía igual. Primeramente, estudié en un colegio de monjas, y después de curas, pero no sentía satisfacción alguna. Sólo deseaba cumplir catorce años para integrarme en el mundo laboral.

Mi vida transcurría normal y llegó el momento de casarme. Tuvimos dos hijos, un niño y una niña. Pero seguía anhelando y buscaba no sabía qué.

Un Viernes Santo, fuimos detrás de un trono cumpliendo una promesa que mi madre hizo y no podía cumplir porque estaba recién operada de una cadera. Quise hacerlo por ella. Detrás del trono, con nosotros iban otras personas. Sus actitudes era la de armar jolgorio y cachondeo. Mi mujer y yo nos mirábamos al ver que no guardaban respeto ni compostura. Sin embargo ellos seguían a su rollo.

El Domingo de Resurrección, acudimos a una reunión que se celebraba en un centro cristiano de rehabilitación. Mi cuñado y su hijo estaban internados allí. Aquel día, el Señor Jesús tocó el corazón de mi esposa y el mío y le aceptamos en nuestras vidas.

Entonces Él comenzó a obrar en nosotros mostrándonos cómo éramos*. Fue cambiando mi vida y mi matrimonio para mejorarlos. Me mostró que no iban tan bien como yo creía y que tenían que prosperar para poder salir a flote. Tendría que meditar más antes de actuar; ser más sensible con mi esposa y con mis hijos; menos egoísta; pensar más en los demás. Él quería que fuera más cariñoso y no tan autosuficiente. Y así el Señor Jesús fue limando mi carácter para su gloria y el beneficio de los míos.
A Dios gracias.

*Entonces Él comenzó a obrar en nosotros mostrándonos cómo éramos.

Diego Romero

© sentirCristiano.com

Diego Romero
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