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Cristóbal Contreras

"Entonces Agripa dijo: Por poco me persuades a ser cristiano. Y Pablo dijo: ¡Quisiera Dios... ! Hechos 26: 28-29.

Cuando un cristiano testifica su fe en Cristo es lógico que quiera resultar convincente. Hablado o escrito, el testimonio, como cualquier otra forma de relato, debe por necesidad aspirar a ser eficaz; esto es: debe interesar, ser capaz de "enganchar", y sobre todo debe persuadir, en nuestro caso "mover a la fe". En éstas me veo ahora que me dispongo a compartir mi experiencia en Cristo. ¡Cuánto me gustaría que mis palabras obraran el milagro de fe en otros corazones! Poder persuadirles de la sencilla verdad del Evangelio: "Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras". 1 Corintios 15: 3-4.

Pero el asunto de "creer" no es tan simple. No pocas veces, el anhelo de convencer de quien testifica topa con el escepticismo o el recelo legítimo de quien recibe sus palabras. Que eso ocurra no debe hacer dudar al creyente del valor de la palabra de testimonio; ni debe disuadirle de su empeño en persuadir. El porqué unas personas creen y otras no, será para nosotros siempre un misterio. No ignoramos que nuestras palabras por sí mismas no pueden convertir a nadie. Ni que nuestra confianza no debe estar en el dominio que tengamos del arte de la persuasión. Además, hemos de tener en cuenta que damos testimonio de una experiencia la cual, aunque real, es un "hecho de fe". Es decir, es una verdad que pertenece a un ámbito de la realidad totalmente extraño para el entendimiento natural. "Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente". (1 Corintios 2:14).

Toda esta dificultad, que en principio podría parecer desalentadora para la predicación del evangelio, es precisamente la que crea el espacio y la necesidad que posibilita el milagro y otorga a la obra de la fe su carácter esencial: Creer es siempre un milagro. La fe no es nada de nosotros, es un regalo de Dios. "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe". (Efesios 2:8).

En este punto, pienso en mi propia experiencia y no puedo dejar de conmoverme al considerar cómo se operó ese milagro de fe en aquel joven de quince años. Con la perspectiva de los años transcurridos (treinta y cinco; veinticinco como pastor), los detalles de cómo ocurrió la historia me parecen anecdóticos; sólo me resulta relevante el hecho de haber creído. Habría sido tan fácil decir que no... eran tantas las circunstancias que aconsejaban rechazar todo compromiso... estaban tan a la boca las palabras del rey Agripa: "Por poco me persuades...".

Ahora que sigo en el empeño de persuadir a otros con mis palabras de testimonio -quiera Dios que ese anhelo perdure y crezca- vienen en mi ayuda estas preguntas: ¿Qué me movió a creer? ¿Quién me persuadió a mi?*. Y hallo en la respuesta confianza y ánimo para la predicación. No es nada de nosotros, es un regalo de Dios. Y descanso en esa certeza envuelta de milagro y de misterio.

*"¿Qué me movió a creer? ¿Quién me persuadió a mi?"
Cristóbal Contreras
© sentirCristiano.com

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