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Auxiliadora Pacheco Moriente

Para hablar acerca de por qué soy evangélica, tengo que aludir a los orígenes de mi iglesia, pues ambos hechos se hallan enlazados estrechamente.

Yo formaba parte de un grupo católico de jóvenes del que surgió mi comunidad. Pero una serie de circunstancias impidieron que yo participara en los acontecimientos que la originaron. Mi familia se mudó a otra barriada y perdí de vista a mis antiguos conocidos, muchos llegaron después a ser los primeros miembros de la iglesia. Hasta entonces, puedo decir que yo seguía la fe que me inculcaron. Sabía que Dios existía, la perfección que encontraba en la Naturaleza, en todo lo que me rodeaba, el Sol, las nubes, me decían que no eran frutos del azar, que detrás estuvo la mano del Creador. Sin embargo, esas creencias no llegaban a manifestarse en mi vida personal, y tardé un tiempo en llegar a tener verdaderamente hambre de Dios.

Después de la mudanza, continué visitando una sucursal del mismo grupo cercano a mi casa, pero de una forma paulatina, las cosas para mí fueron cambiando. Dejaba de ser una niña, no sólo en lo físico, sino en cuanto a mentalidad. Me empecé a dar cuenta del vacío que existía en nuestras reuniones, que allí no había una experiencia real de Dios. Aquello se parecía más a un club social que a otra cosa.

Un tiempo más tarde, como el Señor mostró a los fundadores de mi iglesia que sucedería, el grupo católico se vino abajo, con lo que también se cerró el lugar adonde yo iba. Empecé a sentirme muy vacía, estuve durante bastante tiempo oyendo hablar de Dios, pero no le experimentaba verdaderamente. Comencé a pedirle, dentro de mi poco conocimiento, que se mostrara de alguna forma. Pocos meses más tarde el Señor respondió a esas oraciones*.

Un día que fui en una playa muy conocida de Málaga, encontré algunos de aquellos antiguos amigos. Me predicaron el Evangelio y me invitaron a ir a sus reuniones. Reconozco que fui por curiosidad más que por otra cosa, pero una vez allí, me di cuenta de que en aquella reunión había algo que nunca conocí en la católica. Las predicaciones me llegaban al corazón, señalando mis pecados y la necesidad de buscar a Dios.

Asistí varias veces, hasta que respondí a la llamada del Señor entregándome a Él. Ya no solamente creía en Dios, ahora le experimentaba. El vacío y la amargura, se fueron de un plumazo. En su lugar quedaron el gozo y la paz que Dios da. Cuando le buscaba con sinceridad, sentía su presencia en mi interior. No más ritos ni reuniones vacíos.

Como datos anecdóticos, puedo reseñar que hacía dos años que mi iglesia había sido fundada cuando yo entré a formar parte de ella. En ese tiempo, se reunía en un monte al aire libre, por lo que fuimos conocidos como “los del monte”, pues se tardó un tiempo en disponer de un local y en acondicionarlo. Yo fui de las últimas personas que subieron al monte que nos dio nombre, pues ya estaba arreglándose el primer local de que dispusimos.

En mi vida personal hubo muchos avatares, más de los que alguien que me conozca superficialmente pueda pensar. Pero lo más importante para mí es no perder la comunión con Dios, que un día recibí por su gracia.

Dios se manifiesta y da paz a aquel que le busca.

*"Pocos meses más tarde el Señor respondió a esas oraciones".

Auxiliadora Pacheco
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