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Andrés González
Me llamo Andrés y nací en el año 1955. En la actualidad, vivo en Málaga.
Gracias a la que hoy es mi mujer, en el 1.978, mi vida dio un giro radical. Ella se llama Lidia.

Los padres de Lidia tenían una tienda de confitería. Yo solía comprar allí porque ella me atraía mucho. La veía diferente a las demás chicas que conocía y me dije: "Esta no se me escapa". Al principio no me prestaba atención, yo no le gustaba. Sabía que su familia era evangélica. En aquel tiempo ser evangélico estaba mal visto socialmente y con intención de ofenderles se les llamaba "protestantes".
Un día Lidia me invitó a visitar un barco cristiano, "El Doulos". No me importó acompañarla porque así podía estar al lado de la persona que más me gustaba, además seguía pareciéndome tan diferente a las demás... En otra ocasión, me invitó a su iglesia y fui. Pero no porque me interesara. Lo único que quería era estar con ella. Recuerdo que una tarde fui a recogerla al terminar una de sus reuniones en la iglesia y vi que la gente estaba orando a Dios. El pastor (hermano Drost) estaba de rodillas y se levantó. No sé qué pudo pasarle por la cabeza, quizá creyó que yo me acercaba a Lidia con malas intenciones. La cosa es que me la lió. Pensé: "Están locos, no vuelvo a aparecer por aquí".

Sin embargo Dios tocó mi corazón y fui el último cristiano bautizado por este hermano antes de su fallecimiento. Tanto para él como para su esposa (hermana Ruth) mi conversión, fue motivo de mucha alegría. Ella sigue con nosotros y sé que nos quiere mucho. Este amor es recíproco.

Después de esto, Lidia y yo decidimos casarnos. Entonces comenzó otra odisea. A nuestra boda no asistió la mayor parte de mi familia, tampoco muchos de mis amigos. Como dije antes, hay gente que piensa que ser evangélico es algo malo. Pero no me importó. Todos los miembros de la iglesia nos acompañaron ese día tan importante. Del mismo modo que fui el último en ser bautizado por el hermano Drost, fuimos los primeros en ser casados por el nuevo pastor, Cristóbal Contreras. Él debutó con nosotros.

A nuestra primera hija la llamamos Mirían. No bautizarla de pequeña trajo problemas con la familia. Ellos decían que iba a quedarse "mora". Con mi segunda hija, Lidia, pasó lo mismo. Sin embargo, gracias a Dios tuvimos las cosas muy claras y ellas se bautizaron cuando el Señor Jesús se lo mostró. Igual que nosotros, reconocen que Él murió y resucitó por ellas. ¡Gracias a Dios por eso!

También quiero contar que hubo una etapa en mi vida, en la que me dejé engañar por la astucia del enemigo. A veces somos ignorantes y nos dejamos llevar, por eso me alejé de la iglesia. ¡Qué gran error! Gracias a Dios, Lidia y mis hijas permanecieron fieles al Señor Jesús. Yo andaba por mi cuenta. Era director de una compañía de seguros. Ganaba mucho dinero, viajaba, me instalaba en los mejores hoteles, comía en los mejores restaurantes y recibía muchas palmadas en la espalda. Contaba con la responsabilidad de veinticinco personas a mis órdenes. Lo tenía todo, pero vivía apartado totalmente de Dios. Fue una gran equivocación. Actuaba y vivía como me daba la gana, igual que el hijo pródigo. Cada vez que tenía que salir de viaje, el Señor ponía en mí una gran tristeza y un vacío tan grande que aunque nadaba en abundancia económica, me faltaba algo. Ese algo, yo sabía que era Él.
Por eso un día dijo: "Basta".

Mi empresa cerró por quiebra. De la noche a la mañana me vi sin nada y con una edad difícil para encontrar un nuevo empleo. Jesús tenía mucho que enseñarme sobre la humildad.
En primer lugar, me operaron de ambas rodillas y no quedé bien. Solicité una pensión a la Seguridad Social y me fue denegada. Tenía que mantener mi casa, cubrir los gastos que supone tener a una hija, Mirían, en segundo de carrera... y los amigos dándome de lado. Pero confieso con mi boca que hay Alguien que no nos abandona nunca: El Señor Jesús. Durante todo ese tiempo malo, no nos dejó. Nos dio de todo en abundancia. Hace maravillas. El año pasado me concedió un trabajo fijo. Él nos cuida día a día.

Quiero pedirle una cosa a mi Dios: "que no nos deje ni a mi mujer, ni a mis hijas ni a mí durante todos los días hasta el fin". Porque el Señor Jesús es glorioso en nuestras vidas. AMÉN.
Andrés González

Andrés González
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