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Ana García Andrés
Me llamo Ana, nací en un pequeño pueblo de unos 50 habitantes, al norte de Palencia, en el seno de una familia católica practicante y por consiguiente educada como tal. Rezábamos en familia todas las mañanas antes de ir al colegio, al comer... En el invierno rezábamos el rosario por las noches, e íbamos a misa todos los domingos, fiestas y algún día entre semana, además de participar en todas las ceremonias católicas: rogativas, visitas, novenas, etc. En mi pueblo pasé la infancia y la adolescencia y, la verdad, fui feliz.
Me gustaba estar con mis padres y hacer cosas con ellos. Recuerdo las tardes de los domingos; si el tiempo era bueno salíamos a pasear por el campo y en invierno nos sentábamos al calor de la chimenea, jugando a las cartas, ajedrez,,, etc.
Durante la semana estudiaba en un instituto a 2,5 Kms. de mi pueblo. Era responsable en los estudios y con mis obligaciones y no recuerdo haber disgustado a mis padres por problemas gordos, sí, por las típicas peleas entre hermanos. Dentro del pueblo también era bien aceptada y respetada.
A los 17 años me fui a estudiar magisterio a Palencia. Los primeros meses seguía yendo a misa pero poco a poco me fui enfriando y no volví a ir más; dejó de interesarme todo lo relacionado con Dios y la religión.
A los pocos meses de llegar a Palencia conocí al que hoy es mi marido. Éramos muy buenos amigos y hablábamos mucho. Nos conocíamos muy bien, pues había una gran comunicación entre nosotros. Luego nos hicimos novios. En las largas charlas que teníamos, él me dijo que era ateo y compartimos muchas veces conversaciones de éste género. Llegué a adoptar una posición de total indiferencia a lo religioso.
Un día caminando por las afueras de la ciudad (no nos gustaba pasear por donde iba toda la “gente bien”) vimos en una puerta de garaje un letrero que ponía: “Iglesia Evangélica”. Nos sonó bastante bien, sin embargo, como aquello nos olía a religión, entramos con muchas sospechas.
Eran pocos y cantaban. Cuando terminaron las canciones, se levantó uno para hablar, algo dijo que nos impactó a los dos: “Aquí no predicamos ninguna religión, sino a Jesucristo”*. Al final de la reunión este hombre se acercó a saludarnos. Luego estuvimos mucho tiempo hablando con él y su esposa. Entablamos una buena amistad con ellos y aparte de las reuniones, íbamos a su casa para que nos aclarara dudas y nos explicara muchas preguntas que teníamos.
Yo entendía perfectamente en mi mente el mensaje del Evangelio pero no era consciente de que tuviera que aplicarlo a mi vida. No me sentía pecadora. Veía que no había hecho nada malo en mi vida, así que, creía que no tenía nada de que arrepentirme.
Empecé a leer la Biblia y a orar para que el Señor me hablara. Poco a poco la Palabra de Dios me iba mostrando cómo era yo y gracias a esa Luz de la Palabra, pude descubrir que en mí anidaba mucho daño: rencor, envidia, orgullo, complejos... y que tenía necesidad de arrepentirme y de cambiar en mi lo que no era correcto según Dios.
Hubo dos versículos en Romanos 10:8 y 9 que hablaron a mi vida: “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Ésta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.
Así que, una noche oré a Dios, le expresé mi necesidad de perdón y le rogué que limpiara mi vida y pude experimentar el perdón de Dios en mi corazón. Desde este momento supe que Dios vivía en mí.
Me sentía libre, llena de una paz y un gozo que nunca había experimentado.
Cuando les conté a mis padres la decisión de seguir a Jesús, no les gustó, sobre todo a mi padre; no tanto por romper con lo que ellos me enseñaron, sino por el “qué dirán”, para la gente del pueblo ya no era la misma de antes, pues cuando iba no asistía a misa, procesiones... etc.
Aunque no entendían del todo, mis padres pudieron ver cómo el Señor transformó mi vida.
Todo esto sucedió hace veintiún años.
Desde entonces camino con el Señor y hoy puedo decir: Sus misericordias nuevas son cada mañana; grande es su fidelidad.

*“Aquí no predicamos ninguna religión, sino a Jesucristo”

Ana

Ana García
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