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Testimonio de José Rodriguez Maestre

Corrían los años 70, yo tenía entonces catorce años y mis días transcurrían en un “laberinto de sentimientos encontrados”. Por un lado, la autoestima, por otro la aceptación entre mis compañeros de “la reunión”. Éramos la más numerosa del pueblo, 40 entre chicos y chicas. Llenábamos cualquier bar. El propósito era sentarnos alrededor de varias mesas y divertirnos cantando.

Mi amigo Juan Pérez y yo aprendimos a tocar la guitarra y éramos muy solicitados (por las guitarras), realmente era un ambiente sano. Me daba cuenta que si no llevaba la guitarra era uno más.

Un día mi padre decidió no volver más a  casa, ni pasar dinero a mi madre. La situación fue muy estrecha: Mi madre y  cuatro hermanos para comer, vestir y los demás gastos que genera una familia. Mi hermano era mayor, pero mi madre decidió que yo, que era muy echado para adelante, trabajara. Aún hoy sigo sin entender porqué tomó aquella decisión.

Hablamos con un marinero amigo de mi padre y él me buscó trabajo en el barco donde él faenaba. Eran jornadas de veintitrés días en el mar, con gente que no conocía, con hombres duros, porque ese tipo de trabajo así lo requería y que no dudaban echar sobre mi hombro parte de la larga  red, de unos cincuenta metros de diámetro, empapada en agua. Era incapaz de dar un paso más por el peso que me aplastaba contra el suelo. Tampoco dudaron en criticarme tras coger la gripe y pasar un día en la cama: “Ese que se levante, lo que no quiere es trabajar”.

Después de algunos años llegué a ser como uno de ellos, curtido, duro y sin fiarme de nadie.

En mis días de vacaciones, tres de cada veintitrés en el mar, intentaba disfrutar todo lo que podía.

A veces no volvía a mi casa en dos días. Mis amigos Manolo, Giraldez, Juan Ignacio, Juan Pérez y yo visitábamos todos los bares del pueblo que cerraban a altas horas de la madrugada, cantando fandangos de Huelva y bebiendo aguardiente. Me jactaba de no fiarme de nadie.

El día que me fui a la mili, vinieron a despedirme a casa ocho o diez de la reunión. Casi todos me dieron algún objeto de recuerdo. Ana Mari me dio una foto suya que en el reverso decía “Para que confíes un poco en los demás”.

Tres mil soldados, cuartel de instrucción de San Fernando (Cádiz), todos en la explanada del patio después de ser “pelado al cero” y puesto el traje de faena. La bienvenida del comandante, las normas y... “Si alguno es de otra religión, que lo diga para no obligarle a ir a misa”. Había un  gran silencio y de entre todos, sólo un soldado salió y estuvo hablando con algún mando. Este coincidió en la misma camareta y la curiosidad ardía en mí... ¿cómo me acerco a preguntarle? Caminé hacia él y le pregunté: ¿cómo es posible que yo no confíe en los demás? (era para romper el hielo). Tras algunas explicaciones que no recuerdo, comenzó una relación de amistad y admiración que se prolongó durante preciosos años, donde hubo momentos maravillosos en la presencia del Señor y tiempos de decepciones, pero nunca menguó la unión. Pedimos ser voluntarios para el buque escuela “Juan Sebastián de Elcano”. Él (Paco) sabía revelar fotos, y le adjudicaron ser el fotógrafo del barco. Por supuesto con su “cuarto oscuro”. ¡Cuánto dio de sí ese cuarto! ¡Cuántas horas de oración!, y ¡cuantas horas de lectura de la Biblia! durante los nueve meses que duró la travesía visitando 14 países alrededor del mundo.

Todo lo que leía en la Biblia me traía condenación, ya fuera el antiguo como del nuevo testamento. Era imposible sosegar mi corazón. Así fue que dejé de fumar, dejé de beber y por cualquier error pedía perdón al Señor.

Paco me dijo: “si tu quieres seguir al Señor tienes que bautizarte”, y le dije que sí. Por este motivo se puso en contacto con la iglesia y por medio de la familia Drost, fue coordinándose el acto en la distancia. El siguiente país que visitaríamos sería Brasil (Río de Janeiro) y por ese tiempo Wayne (un hijo de Drost) pastoreaba una iglesia en Belo Horizonte, a 800 kilómetros de Rio de Janeiro. Desde allí se desplazó para bautizarme, hizo contactos pertinentes y el día 29 de Noviembre de 1976, me bauticé en el nombre de Jesucristo, como la Biblia manda. Me sentí un hombre nuevo, tenía 19 años.

Paco empezó a hablar ahora de hechos nuevos, intrigantes y extraños para mí. Se trataba de una promesa de parte de Dios. Dios promete que el que cree y se bautiza en su nombre, recibirá el Espíritu Santo. “Se recibe por fe”, me decía. No lo entendía y por eso en los 40 días que tardó la travesía, desde Río de Janeiro hasta Valparaiso (Chile), escudriñé, busqué y estudié la Biblia, pero seguía sin comprender bien todo lo que leía.

Llegamos a Chile y otra vez por medio de la familia Drost nos esperaban en el puerto algunos hermanos en la fe. En este caso se trataba de Joel Riquelme, pastor de una iglesia entusiasta, muy pobre pero llena de amor, y nos recibieron con mucho cariño. Ese día la iglesia tenía proyectado visitar otra más pequeña a un par de kilómetros. Era de unos 7 metros de largo por unos 4 de ancho, hecha por ellos mismos. El techo era de troncos de madera y el suelo la misma tierra. De uno de los travesaños  del techo pendía una única bombilla, pero ¡qué luz transmitía!

El hermano Joel supo de mi bautismo durante el viaje y me dijo: “Usted esta noche va a recibir el Espíritu Santo, crea solamente”.

¡Qué alabanzas y que emoción! Se oían ¡glorias!, ¡aleluyas!, llantos, alabanzas, oraciones por aquí y por allá y hasta los niños lloraban.

El pastor me dijo: “diga usted al Señor continuamente: Señor bautízame con tu Espíritu, Señor bautízame con tu Espíritu...”. Así lo hice mientras me imponían las manos y oraban por mí.

De pronto, al tiempo que repetía la oración, decía palabras sin sentido. Pensé, me equivoco, pero yo mismo me corregí al recordar que Paco hablaba en lenguas extrañas. Así que me dije, es obra del Espíritu Santo.

Esto no fue sino el principio. Me inundó una paz y un gozo, una alegría, algo que nunca había experimentado y que era maravilloso. Todo era distinto y reluciente. Las personas tenían algo muy especial. Usaban las buenas maneras, alegrías, sonrisas gozosas.

Volvimos al barco acompañados por los hermanos y apenas pude dormir. Sabía que esta experiencia me marcaría, “era demasiado”*, no imaginaba que el Señor estaba dándome los instrumentos que necesitaría para el futuro que me esperaba.

La mili se terminó y visité  la iglesia de Málaga. Tanto había oído de ellos que casi los conocía. Cristóbal, Bernardo, Diego, J. Luis García, y los matrimonios Gaspar y Rosi, Horrillo y Amparo, etc.

Volví al pueblo con “mi reunión” pero ya no era lo mismo. Dejé de emborracharme y de ir de parranda. No me parecía bien y mis amigos empezaron a notar que algo había pasado durante en ese tiempo. Yo les hablaba de lo que la Biblia decía y de mi experiencia, pero ellos me oían con una mezcla entre expectación y tristeza, “me habían comido la cabeza”. También a mi madre le dije lo sucedido y entusiasmado le contaba con detalle los pasos bíblicos que vivía. Ella me dijo: “ Eso está muy bien hijo mío pero no da de comer”.

Volví a mis barcos de pesca aunque ya eran campañas de ocho meses y el Espíritu del Señor me guiaba más y más hacia la verdad. Sin embargo, la falta de comunión, de oír una predicación y de no estar en contacto con el amor de ellos, me producía una gran tristeza, y me sumía  en un bajo estado de ánimo.

Por eso cuando llegaba de la campaña  escapaba a Málaga y pasaba dos o tres días con ellos. Con muchos mantenía correspondencia y guardaba un gran deseo de volver. Así pasaron algunos años hasta la muerte del hermano Drost. En su lugar, Cristóbal fue nombrado pastor y juntamente con Horrillo y Amparo empezaron a visitarme cada mes (comencé a trabajar en tierra).

Después de un tiempo definitivamente me fui a vivir a Málaga, había conocido a Mª Rosa, con la que me casé en el año 86. Hoy tenemos tres hijos: Rosa Ester, Cristina y Alejandro José.
El Señor es muy bueno conmigo.


* “Sabía que esta experiencia me marcaría, “era demasiado””.

Pepe

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Pepe Rodriguez
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