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Testimonio de Pedro Vicente Gutiérrez Montes

Nací en Villabasta, un pequeño pueblo al norte de Palencia. Según me cuenta mi madre, cuando se puso de parto estaba sola en casa, pues mi padre y el resto de la familia trabajaban en el campo aquel 12 de Abril de 1959. No se iba a los hospitales para dar a luz, así que cuando llegaron a casa allí estaba yo.

Sé que algún tiempo después estuve a punto de morir. Me acuerdo de Esteban “Paleta” un albañil de Villaeles, un pueblo de al lado, que cuando me veía de pequeño me contaba con aire grandilocuente la epopeya de cómo me había salvado la vida cuando ya todos esperaban mi muerte y él me puso una inyección que, en sus propias palabras, “Abultaba más que tú”. Aquella inyección me espabiló.

Crecí en un ambiente católico practicante. Misas, rosarios, vía crucis... La religión lo envolvía todo con un manto de oscurantismo y de temores. Pero yo creía en ello y lo practicaba sinceramente. Así fueron mis diez primeros años.

A esa edad me fui a estudiar interno a los Maristas en Carrión de los Condes. Entonces, era la única manera de salir del pueblo y estudiar y yo tenía muchas ganas de hacerlo. Separarme de mis padres y no volverles a ver hasta tres meses después era muy duro para un niño de 10 años. Los primeros días de internado eran lágrimas en la soledad... (todos lo llamábamos “morriña” como que fuera una enfermedad).

Los tres primeros años que pasé en los Maristas fueron una profundización en lo religioso. Decidí que quería ser fraile de esta congregación e ir como misionero a otros países y desarrollar lo que allí llamaban la “vocación marista”.

Los dos años siguientes los pasé en la misma congregación pero en Miranda de Ebro (Burgos). Algo empezó a cambiar. Recuerdo un “retiro espiritual” en el que un fraile nos decía: “No te pesará morir como Hermano Marista”. “Una vocación traicionada cierra las puertas del cielo a muchas almas y el camino de la santidad a gran número de hombres”. Estas afirmaciones y otras similares golpeaban angustiosamente en mi alma de adolescente, pues empezaba a ver muchas contradicciones, bastante hipocresía y falsedad, odios ocultos entre los frailes, ansias de poder... en fin, todo lo contrario al ideal que me había ilusionado. Así que decidí que lo de la “vocación” se había acabado. Se produjo una ruptura dentro de mí, una decepción.

Un año después me expulsaron por haber escogido ayudar a mis padres en las duras tareas del campo en verano, en lugar de ir a un campamento veraniego que ellos habían organizado.

Cuando tenía quince años, mi padre murió en accidente de tractor la víspera de la boda de mi hermana. Fue un período durísimo, estaba desconcertado. Compaginaba los estudios de Bachiller con el trabajo en el campo y el cuidado del ganado.

Todos los fines de semana, fiestas y vacaciones los pasaba cuidando el rebaño de ovejas de las que antes se ocupaba mi padre. En verano me levantaba a las 3 de la madrugada para ir al campo a acarrear mies para preparar la trilla, y así tarea tras tarea hasta las 12 de la madrugada (a veces pillaba una hora de siesta que me sabía a gloria, ¡no me tenía de pie!)

Y llegué a la Universidad. Me planteé los estudios universitarios no con una finalidad profesional sino como un proceso de búsqueda. Empecé a escribir una especie de diario titulado “En busca de una verdad” donde anotaba todo lo que había dentro de mí. Estaba desorientado. Vivía aparentemente normal, dedicada a los estudios y al deporte, muy disciplinado. En la Universidad descubrí el pensamiento de los filósofos existencialistas franceses, especialmente Jean-Paul Sartre y Albert Camus. “No somos libros” dicen. “No hemos elegido vivir, así que la única salida ante esa imposición es el suicidio”. “Como consecuencia de esa “no libertad” todo es absurdo, nada vale la pena, estamos reducidos a la Nada”. Mi libro preferido era “El Mito de Sísifo” de Albert Camus que narra la condena del protagonista al subir rodando una enorme peña a lo alto de una montaña, sabiendo que cuando ya la hubiera subido tendría que dejarla caer hasta abajo para tener que volverla a subir... y así infinitamente. El mito del absurdo. Así sentía yo la vida. Esto me llevaba a una profunda angustia interior ante la muerte, ante la falta de respuestas, ante la desesperanza. Dios era para mí aquel que veía desde lo alto tanto mal en el mundo, tanta desesperación, tanta miseria y no le importaba, así que yo no quería tener nada que ver con alguien así.  Me convertí en un acusador de Dios por su indiferencia ante el mal. En las frecuentes huelgas en la Universidad organizábamos charlas y yo intervine en algunas exponiendo con pasión estas ideas.

Sin embargo, en mis soledades, cuando me encontraba frente a un paisaje imponente me llenaba de emoción y había algo dentro de mí que decía: “No puede ser, no puede ser, no puede ser”. Una presencia que me llevaba a pronunciar esas palabras.

En ese proceso de búsqueda, un día iba paseando con mi novia y vimos en una puerta de garaje un letrero: "Iglesia Evangélica”. Me sonó bien pues siempre pensé que si había algo de cierto en el tema de Dios sólo podía ser lo que estaba escrito en el Evangelio. Así que entramos con no pocas sospechas, pues era bastante enemigo de todo lo que olía a religión. Alguien se levantó y empezó a hablar: “Aquí no predicamos una religión, predicamos a Jesucristo”. Aquello me hizo estar más receptivo al mensaje. Empecé a oír la Palabra de Dios. Yo había edificado un castillo de teorías filosóficas. Me hice amigo del pastor y pasé largos ratos exponiéndole mis ideas y oyendo sus respuestas. Poco a poco, la Palabra de Dios empezó a derribar mis fortalezas que yo creía tan firmes*. Fue un proceso de meses. Empezó por mi mente que estaba contaminada con toda aquella basura existencialista. Dios me limpió. Pero aún no había tomado una decisión de entrega a Él. Tenía ciertos miedos a depender de alguien. Acostumbraba a depender de mí mismo. Me sentía inseguro.

Mi novia venía a casa de mi madre y estudiábamos juntos. Luego, la acompañaba al autobús para irse a su casa. Un día acababa de despedirla y empezaba a andar los 300 metros que separan la parada de autobús de mi casa. Sentí una presión dentro de mí que decía: “Hoy es necesario que yo entre en tu casa” “Hoy es necesario que yo entre en tu casa”. No pude evitar echar a correr hasta que llegué a casa. Me metí en mi habitación y oré. No sé lo que dije. Pero el Señor me inundó. Entendí lo que son los ríos de Agua Viva. Experimenté la Paz que tanto anhelaba y lo que es nacer de nuevo. Recibí el perdón de mis pecados y el regalo de la Vida Eterna. No hubo más temor a la muerte. Supe que Dios hizo el milagro de transformarme. Veinte años después, sigo militando en esa vida nueva que Él me dio.


* “La Palabra de Dios empezó a derribar mis fortalezas que yo creía tan firmes”.

Pedro

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Pedro V. Gutiérrez
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