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Testimonio de José y Arantxa Pedroche

El único motivo de escribir este testimonio familiar es que la gloria de Dios sea honrada y reconocida por sus hijos. No pretendemos instruir a otros en el camino; si esto ocurre, forma parte del maravilloso ministerio del Espíritu Santo.
Por medio de la enfermedad de nuestra hija Naara, Dios nos dio muchas lecciones a nivel personal, pero sobre todo a nivel familiar. Lo más importante en este duro proceso que nos tocó vivir fue ver caer la gloria de Dios sobre nosotros.

Creemos que cada ser humano necesita ver la gloria de Dios en su propia vida y en maneras específicas. Nosotros tuvimos ese regalo de parte de nuestro amado Señor.
Es verdad que en momentos muy puntuales hubo un gran interrogante: ¿Qué había que hacer para ver la gloria de Dios?
En este proceso pudimos entender que para ver la gloria de Dios, solo se necesitaba una cosa: creer.
Dios mismo nos dijo: *“¿No te he dicho que si crees veras la gloria de Dios?”
Dios en su infinita misericordia nos dio la gracia para tener la “actitud correcta” delante de las circunstancias, que son siempre determinadas por el nivel de fe de cada uno y la acción que demuestre la fe.

Todo comenzó una tarde gris de invierno, en el mes de enero de 2007. Nuestra hija llevaba tres días indispuesta, con un malestar general al que no le dimos demasiada importancia al principio. Pero ese martes acabamos en el servicio de urgencias de un hospital. Nos dispusimos a esperar durante horas en aquella sala donde sólo se podía observar una de las partes más humillante del ser humano: la enfermedad. Nunca hubiéramos imaginado lo que en nos esperaba. Nuestra hija pasó esa noche de urgencias a la quinta planta de medicina interna y quedó hospitalizada.

Después de un mes y medio descartando terribles diagnósticos, dieron con el suyo “Wilson”. La primera reacción fue angustia ¿Qué era eso? El temor a lo desconocido nos causó verdadera angustia. Los médicos nos explicaron que es una enfermedad poco común, una enfermedad congénita, y que su hígado estaba seriamente dañado porque no podía metabolizar el cobre del cuerpo. Era un daño irreversible, una importante cirrosis.

En medio de la confusión, la angustia y la frustración que la terrible noticia nos produjo, brotaba la incertidumbre ¿Qué podía suceder a partir de ese momento? Dimos las gracias a Dios, ya que nos informaron que otros pacientes con la misma enfermedad se habían quedado ciegos, otros en silla de ruedas, otros encerrados en centros psiquiátricos. Realmente nos asustamos mucho, pero a pesar del daño que la enfermedad había causado en el hígado de Naara, se abrió una puerta de esperanza para ella. Esa puerta era un transplante.
Su estado era lamentable. Toda la familia procesaba el golpe como podía. Regresamos a casa y encontramos a nuestros cuatro hijos estaban realmente decepcionados y asustados. Nos reunimos con ellos. Se podrán imaginar ustedes la gran responsabilidad que teníamos como padres. Debíamos recurrir al Señor para construir con sabiduría las siguientes y delicadas conversaciones que ellos esperaban con ansiedad. Una vez más pudimos experimentar esa paz interior al apropiarnos de la promesa de Dios para todos nosotros.

Nuestra responsabilidad como padres nos ayudaba a tener la actitud correcta ante las circunstancias, aunque si hemos de ser del todo honestos, debemos decir que había un desgarrador grito en nuestro interior: ¿Por qué Señor?
Dios en su infinita fidelidad nos dio la gracia para que en ese momento preciso pudiéramos testificar a nuestros hijos con nuestra conducta fundamentada en la fe, esa fe de la que tantas veces ellos habían oído hablar.

Creímos en las palabras de Dios, firmes en los cielos y en la tierra, palabras verdaderas y fieles para todos nosotros, e hicimos un pacto como familia de creerle a Dios. Dios podía sanar a Naara, nuestro cometido era quitar las piedras de incredulidad y el resto lo haría él. Por lo tanto, todos unidos nos dispusimos a pelear la gran batalla que teníamos por delante y pudimos entrar en el descanso divino. Este es un descanso de momento a momento, día a día. Un lugar de refugio en medio de la adversidad de la vida.
Comenzó una nueva etapa donde nuestra fe iba a ser desarrollada en un proceso lento y muy doloroso. Era el tiempo precioso que nos íbamos a descubrir como familia, en medio de la prueba.

Hacia mucho que habíamos entendido que la familia sin Dios viene a ser como un edificio construido sobre la arena. Él diseñó la familia. Necesitábamos la fe y confianza puesta en nuestro Dios, aunque todo se tambalease. Comprendimos que Dios era el arquitecto de nuestro hogar.
Entramos en un tiempo de espera en el Señor, expectantes de cómo lo haría, de cómo sería la sanidad de Naara. Entonces nos encontramos con otro gran gigante: nuestra hija Rebeca, de diez añitos, enfermo de imprevisto, con tal gravedad que los médicos dudaron en un periodo de 24 horas en tomar la decisión de transplantarla lo más urgente posible, “código cero”
En medio de la desesperanza Dios nos dio esperanza y nos hablo: “CREED Y VERÉIS MI GLORIA”.

Nunca se nos olvidará cómo Dios lo hizo. Estuvimos escuchando por la mañana una predicación basada en Juan capítulo 11, la muerte de Lázaro, y esas palabras tomaban fuerza en nuestro interior. El Espíritu Santo nos quebrantó y le decíamos: ¡Señor queremos ver tu gloria!
Cual fue nuestra sorpresa cuando ese mismo día vinieron unos hermanos al hospital para acompañarnos y animarnos de parte del Señor. Acabamos orando, adorando el nombre soberano de nuestro Dios, y él nos confirmó lo que en la mañana ya nos había adelantado: ¡Si creíamos veríamos la Gloria de Dios!

Lo creímos, lo confesamos, y desde ese momento supimos que algo grande en el Señor nos esperaba. Hicimos algunas llamadas telefónicas compartiendo lo que habíamos recibido de parte de Dios. Habíamos recibido la fe para creerle al Señor.

La verdad es que no encontramos fe en nuestros amados hermanos, decían que tal vez el transplante era la forma de Dios para obrar sanidad, pero nosotros recibimos en nuestro espíritu la certeza de que no iba a haber transplante, al menos inmediato. Y así fue, hermanos. La analítica siguiente demostró que los niveles habían mejorado muchísimo, habían subido tres puntos y medio. Los médicos no tenían explicación a lo que había sucedido, pero nosotros sí. Nuestro Dios había intervenido y de esa manera vimos su poder y gloria. Rebeca volvió a casa sin ser transplantada y hoy está estable, haciendo vida normal. ¡Al Señor sea toda la gloria!

Naara estaba a la espera de que la llamasen para el transplante. Fue un camino largo y muy duro, sobre todo para ella. Su vida se limitaba a estar en casa, en cama o en el sofá, cuando no estaba ingresada en el hospital temiendo por su vida. El dolor siempre se manifestaba de forma general en todo su cuerpo. Pero Dios tenía un plan perfecto para ella; su gloria iba a ser manifestada y todos lo veríamos.
El 5 de Diciembre sonó el teléfono y nos comunicaron que ese mismo día, a las seis de la tarde, Naara tenía que estar en el hospital pues había un hígado y era muy posible que fuera compatible con ella.
Nos pusimos nerviosos y lloramos abrazándonos los unos a los otros, algo asustados. Teníamos sentimientos encontrados, como es lógico había alegría, una gran alegría en medio de todo.

Antes de partir hacia el hospital nos reunimos de nuevo toda la familia y glorificamos el nombre del Señor, reconociéndolo una vez más en nuestras vidas como el Señor, el Soberano. Y llenos de gratitud por la provisión de ese nuevo hígado para Naara nuestros ojos se llenaron de lágrimas, dando las gracias a Dios y poniendo todo en sus manos.
Ese mismo día Naara fue operada con éxito. Los médicos nos aseguraban que todo iba muy bien, estuvo cuatro días en la UCI, evolucionando favorablemente.
Fue el primer transplante de la Unidad. Durante esa semana llegaron cuatro más. Recordamos a Nadia, una niña argentina de la misma edad de Naara y con la misma enfermedad, a una mujer anciana, un varón de entre 45 y 50 años. Todos evolucionando muy bien. Por supuesto que le dimos las gracias a Dios. Hubo momentos de tensión y nerviosismo, pero Naara estaba bien.

Pero Dios tenía otro plan para nosotros y más adelante pudimos comprenderlo. Nuestra hija comenzó a desmejorar, los médicos al principio no daban importancia al malestar ni al dolor constante que ella tenía. Al pasar los días no le dieron el alta. Nuestra hija empeoró tanto. Parecía ocurrir lo que tanto habíamos temido en nuestra pequeña mente. Algo extraño estaba sucediendo. Nadie podía imaginar lo que se avecinaba. El caso se convirtió en un trasplante complicado, muy complicado.

Entramos en un mar de dudas y confusión, el temor invadió nuestras mentes y la angustia era tan intensa que casi no pudimos sentir otras emociones.
Los médicos nos llamaron a un despacho. Sus semblantes estaban serios y mostraban preocupación. Nos comunicaron que nuestra hija había sufrido un infarto hepático -lo llamaron un infarto bestial- y estaba muy grave. Los médicos no se explicaban cómo ese hígado, con tal infarto pudo remontar. Nosotros sí sabemos. Naara necesitaba tiempo, tiempo para que llegara otro órgano urgente, o moriría en esas horas.

Fue inevitable para nosotros entrar en un laberinto de frustración y duda. “Pero Señor, si tú nos dijiste… ¿por qué Señor? ¿Interpretamos mal lo que nos dijiste? Muchos interrogantes tomaron los primeros lugares en nuestras mentes y caímos en una gran debilidad.
Mientras la situación se agravaba pudimos observar cómo los demás transplantados se iban a sus casas a pasar los días de Navidad con sus seres queridos.
La tristeza nos quebrantaba en lo más profundo al pensar en nuestros otros hijos. ¿Cómo estaba viviendo todo esto?

Tomamos la espada de doble filo, que es la Palabra de Dios, orando en todo tiempo con toda oración y suplica en el espíritu y velando con perseverancia. Sabíamos que Dios responde a las oraciones, nuestra parte era no dudar de lo que él ya nos había dicho.
Dios nos dio nuevamente la gracia para poder creer en él y perseverar en el clamor, pidiendo misericordia para nuestra hija.
Todo estaba en las manos del Señor, el tiempo pasaba y nuestra hija empeoraba. Había pasado un día y no había donante, quedaban pocas horas.

Hermanos, había angustia, cómo no, mucha angustia. Vimos tan mal a nuestra hija que en un momento dado llegamos a pensar: ¿y si el propósito de Dios era llevársela? Entonces le pedimos a nuestro amado Señor que si ese era su propósito, que no sufriera. Nunca imaginamos orar así. Algo se desgarraba en nuestro interior, algo se rompió en este tiempo.
No desistimos en la oración aunque no vimos la respuesta inmediata que esperábamos. En nuestro interior teníamos certeza de la provisión de Dios. Él nos habló y no lo olvidamos.
Nos identificamos con el pueblo de Israel cuando huía de faraón y se encontraron un Mar Rojo.

Tal brega nos llevaba a un agotamiento grande, estuvimos tocando el desanimo, pero Dios no permitió que nos hundiésemos en él.
Sólo en esos momentos la mirada al cielo refresca y renueva las fuerzas, los ojos de la fe nos acercaban a Jesucristo, fuente de descanso de todas nuestras cargas.
Dios transformó nuestro desierto en oasis. Él no se limitó a darnos descanso y fuerzas renovadas. En su sabiduría y potestad el Señor restaura, transforma, cambia las circunstancias a fin de cumplir sus propósitos para nuestro bien.
El Espíritu Santo siguió dirigiendo nuestros pasos, tanto en la vida personal como en la vida familiar.

Dios cambió la desesperanza en esperanza porque él siempre provee una salida, abre camino donde parece que no lo hay. Él lo hizo en nosotros, abrió camino en el desierto. Nos asombró su capacidad para convertir las tragedias en bonitas y hermosas historias.
En medio de tal adversidad y sufrimiento, allí estábamos todos refugiados bajo sus soberanas alas.
Levantamos nuestros ojos en actitud de confianza y dependencia de Dios y el Mar Rojo se abrió para nosotros. Dios envió la provisión. Llegó el segundo órgano para Naara. Dios no nos saca de los problemas pero nos da la solución para resolverlos.

La situación era muy compleja ya que el infarto hepático le había causado serios problemas en los pulmones, riñones y otros órganos.
Pero Dios fue fiel. Es cierto que su provisión llegó a última hora. Los médicos nos dijeron que si hubiera tardado unas horas más, Naara no hubiera visto el sol de un nuevo día. Pero Dios tenía cuidado de ese gran detalle. Mientras tanto estaba trabajando en nuestras pequeñas vidas. Habíamos visto su fidelidad pasada y debíamos creer en su provisión futura. Vimos la realidad de una tierra llena de promesas para nosotros y nos dispusimos con la ayuda de Dios a alcanzarlas.

Después del trasplante, de nuevo en la UCI fueron momentos críticos, es cierto, pero ya nos habíamos dispuesto. No dudamos en cruzar el mar abierto nuestro, sabíamos que la bendición estaba por delante. Tuvimos que atar el negativismo, no amedrentarnos ante los gigantes que resurgían cada día.

Estando aún Naara en la UCI, en esos momentos de gran debilidad también pudimos observar cómo nuestro adversario tiene a sus servidores trabajando en los hospitales.
Nuestra hija entró en una crisis respiratoria importante. Imagínense cómo podía ser nuestro estado en esos momentos, estábamos muy preocupados ya que nos decían los médicos que si no mejoraba la entubarían. Fue justamente eso lo que sucedió. Por la mañana se me acercó (Arantxa) una enfermera y me dijo que ese día era “el cumpleaños de la luna”. Fui respetuosa y asentí con la cabeza; estaba demasiado angustiada para ponerme hablar tonterías. Ella insistía y me dijo que debía hacerle un regalo a la luna, levantar un tipo de altar y pedirle lo que quisiera porque la luna tenia poder, etc., etc. Yo le pregunté si creía en Dios. Se sorprendió por mi pregunta y un poco incomoda me contestó que sí, como creador. Entonces en tono tajante le dije que yo prefería hacerle mis peticiones al creador de la luna, del universo, del hombre… ¿para qué iba a ir a lo creado, si estaba el creador? Incomoda con la conversación se marchó.

Esa misma noche esta enfermera le dijo a Naara que el día siguiente iba a ser muy duro para ella, que lo sabía porque le habían leído las cartas con una amiga. De esto -de las cartas- nos enteramos cuando nuestra hija salió de la UCI, pues al día siguiente empeoró y fue entubada. Hubo lucha espiritual grande, pero el que está en nosotros es más fuerte que el que está contra nosotros. Que el Espíritu Santo nos dé discernimiento para descubrir a nuestros enemigos en acción, trabajando en los lugares donde la gente esta desperada y llena de temor.

En medio de la lucha la paz de Dios guardaba nuestros pensamientos y nuestros corazones, experimentamos una vez más la paz que sobrepasa todo entendimiento. Enfrentando a los gigantes que se levantaban en aquella habitación, pudimos entrar en el descanso del Señor de momento a momento, día a día. Sólo confiando y creyendo en el Señor y su Palabra fue como pudimos descansar en él.
Gracias al poder de la oración de mucho pueblo que se unió en el clamor por la vida de Naara, Dios la levantó como levantó a Lázaro de la muerte. ¡Gloria al nombre del Señor!

Desde aquí queremos agradecer a muchos hermanos que nos apoyaron de tantas y diversas maneras, pero sobre todo levantado un altar de oración a favor de Naara y toda la familia. Ese altar sostuvo en muchas ocasiones nuestros brazos en alto. A todos vosotros, gracias.
Es cierto que llegamos agotados a la otra orilla, nos asustamos mucho viendo tantas rocas que había que subir y después bajar; sabíamos que seriamos arañados por ellas, que no iba a ser fácil. Dios nunca nos dijo que iba a ser fácil, pero sabíamos que la bendición estaba por delante.

Hoy nuestra hija Naara está en casa, los médicos la llaman “el pequeño milagro”, nosotros sabemos que el poder de Dios ha sido manifestado, lo hemos visto en ese proceso tan doloroso. Vimos que la gloria de Dios resplandece cuando el hombre agota sus recursos humanos ¡ahí obra nuestro Dios!. Un Dios experto en lo imposible. Su intervención divina hizo que pudiéramos ver con ojos espirituales, y es ahí donde se cumple el gran milagro.
Ahora entendemos lo que Dios hizo con nosotros. Fue mucho más que cambiar un segundo hígado en nuestra amada hija.

Nunca olvidaremos cuando nos gozábamos en la UCI adorando al Señor. Las alabanzas fluían y veníamos cómo se manifestaba el poder divino en ese lugar. Esos momentos de adoración con nuestra hija, escudriñando la Palabra, llenos del gozo y la paz de Dios ¿no es acaso un gran milagro?
Estábamos llenos de gratitud por lo que Dios es.

Así fueron nuestros últimos días de hospital. Los ojos de la fe nos acercaron a Jesús y pisábamos un oasis en medio del desierto. Seguimos dando las gracias a Dios por todo lo que hizo por nosotros como familia y por librar a Naara de la muerte, viendo su eterna gloria como él nos prometió, si creíamos. Esa era la condición. Tenemos la responsabilidad de amar y cuidar lo que Dios nos da como bendición; hoy lo tenemos pero no sabemos que pasará mañana.

Gracias Padre por ayudarnos a creer en tus palabras, firmes en los cielos y en la tierra. Amen.


*¿No te he dicho que si crees veras la gloria de Dios?.

José y Arantxa Pedroche

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