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Testimonio de Carlos Muñoz Diaz

Como uno más de los españoles, desde mi nacimiento fui educado en la religión católica, de hecho me bautizaron y a los siete años hice la primera comunión. Asistía a misa con cierta regularidad en compañía de mis padres, ahora recuerdo que durante unas vacaciones con mis tíos en un pueblo de Cáceres, ejercí como monaguillo provisional, junto con mi primo, lo que nos permitía comer los restos de las hostias, después de la correspondiente misa. Pero esto, como digo fue transitorio y hace ya algunos años. Mi conocimiento de la doctrina católica, a parte de las citadas ceremonias y experiencias se limitaba a rezar las archí conocidas y repetitivas oraciones que nos enseñaron desde pequeños.

Pasó el tiempo, y fui avanzando en las distintas etapas de madurez por las que pasa un joven. En el ámbito religioso avancé también en cuanto a decepción ante la vista de sucesos y acontecimientos relacionados con la iglesia católica. Sin embargo, reconozco que a pesar de la incredulidad a la que llegué, más de una noche, a solas en mi habitación reflexionaba sobre el sentido de mi existencia y otras interrogantes que me llevaban a plantearme la existencia de un verdadero Dios, incluso, como recurso rezaba algún Padre Nuestro o Ave María, pero como digo, estos eran episodios aislados. Por aquel entonces mi filosofía, a parte de mi moto, mi chaqueta de cuadros verdes, y bien acompañado de mi soledad, las cuales paseé por más de un bar de ambiente del momento, se limitaba a dos leyes tan simples como sencillas y dependiendo de las circunstancias más o menos difíciles de cumplir, la primera de ellas era “Vive y deja vivir”, y la segunda “Si prometes algo cúmplelo”.

Moviéndome en ésta ética comencé a asistir a un curso de formación laboral, acompañado cómo no de mi moto y mi chaqueta. Coincidió que en mi clase había un chico y una chica que decían ser cristianos, y a los cuales yo evitaba, pues no quería que me cansaran con su retórica y menos aún que me comieran el coco. Incluso no pude evitar más de una vez ser “acorralado”, por llamarlo de alguna manera y que empezáramos a debatir sobre Dios, el cristianismo y la vida cristiana en la actualidad. Yo sinceramente no tenía ganas de aguantar el rollo así que con ánimo de quitármelos de encima les prometí que un día iría a una de sus reuniones. Parece que esto dio resultado, porque no recuerdo si volvió a hablar de nuevo con ellos. Pero iluso de mí, quedé atrapado en mi propio anzuelo.

Por aquella época, era asiduo a discotecas, principalmente los fines de semana, pero coincidió que en uno de ellos no tenía planes de salida, así que decidí cumplir la promesa que le hice a aquellos cristianos, compañeros de clase.

Con decisión, y puesto que el lugar donde se reunían se encontraba en mi propia barriada, un domingo de Abril o Mayo, a las seis de la tarde, llamé a la puerta metálica del local. Al momento se abrió. Entonces recibí una fuerte impresión, como una bofetada. Percibí un ambiente cálido y reconfortante, no porque hiciera frío en la calle, más bien parecía que allí tenían algo distinto que no había experimentado en ninguna otra parte.

Intenté buscar con la mirada a mis “amigos” a quienes hice la promesa y no los encontré. La reunión había empezado, alguien me sujetó por el brazo y me sentó en uno de los bancos de madera.

Desde el púlpito, un joven de mi edad más o menos hablaba de Dios y sobre la conducta del hombre en sí. Lo cierto es que parecía conocerme mejor que yo. Reflejaba con sus palabras todos los sentimientos que guardaba en mi corazón. El resto de la reunión, que duró tres o cuatro horas (no exagero), transcurrió entre alabanzas, testimonios y oraciones.

Al finalizar, mis amigos al verme se acercaron y me llevaron delante de otro chico, que seguramente mandaba más y comenzó a hablarme sobre entregarme a Dios y a decir que Él era real. Yo mantenía mi barrera. Me limitaba a decir “si” o “no” y no les daba mucho juego. Mi intención era salir de allí lo más pronto posible una vez cumplida mi promesa, y así lo hice.

Aquella misma noche, en mi casa, después de cenar, ya en la cama, desafié a Dios, según las palabras que me hablaron esa misma tarde. No pasó nada. No se movió la cama, tampoco se cayó el techo de la habitación, pero interiormente, y sin que yo me diera cuenta, nació en mí un interés al cual no le encontraba explicación lógica, que me llevaba a leer la Biblia con una disposición especial*, así como el deseo de reunirme con éstos jóvenes y compartir sus experiencias. Desapareció en mi el concepto de diversión tal y como lo entendemos. Mi mente comenzó a cambiar y me permitía vivir desde otro ángulo distinto al habitual.

Este es el punto y final de mi breve y condensado testimonio. Espero que sirva para bien, porque la vida sigue. P.D. La moto se rompió y me deshice de ella. La chaqueta a cuadros se quedó pequeña y la regalé. La soledad desapareció. Desde aquí doy gracias a Dios por todas las bendiciones recibidas hasta el día de hoy.


* “Me llevaba a leer la Biblia con una disposición especial”.

Carlos

© sentirCristiano.com

Carlos Muñoz Diaz
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