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Testimonio de Mª Araceli Díez de los Ríos Cuenca

Se podría decir que comencé a vivir cuando me faltaban 2 meses para cumplir los 13 años. Formaba parte de una familia que como tantas otras tenía bastantes dificultades económicas y de ahí degeneró la relación en un mal entendimiento entre mis padres, que por años fue como un aguijón. Se preocuparon de nosotros, nos dieron lo mejor que tenían, nos educaron en el respeto a las leyes, a los mayores y nos proporcionaron la mejor educación que pudieron a costa de mucho sacrificio.

A los doce años mi idea de la vida era bastante pesimista, no creía en el matrimonio porque visto lo visto a mi alrededor, no tenía argumentos para creer en él. No entendía que sentido tenía mi existencia, mis preguntas eran: ¿Qué hago yo aquí en este mundo?, ¿Qué sentido tiene todo esto si hay mucho más dolor que alegría? ¿De donde vengo, a donde voy? Quizás cualquiera pensaría que son preguntas muy profundas para una niña de esa edad, pero todos sabemos que cuando la vida no es fácil, se madura mucho antes que cuando se vive entre algodones, algo que deberíamos recordar a la hora de satisfacer todas las peticiones de nuestros pequeños tesoros, nuestros hijos.

Mirando desde la distancia, se podría decir que fue un periodo de depresión, pero también un periodo de búsqueda, de anhelo por encontrar un sentido a esta existencia que para mi no era nada esperanzadora y eso hice, buscar. Recuerdo que fui a hablar con el sacerdote de mi parroquia, que por cierto en aquel entonces estaba llena de jóvenes y de actividades, y le planteé mis preguntas, mis dudas y mis deseos. Él me oyó con atención y me dio un libro de pensamientos muy en línea con mis dudas: “Camino”, pero que para mí no tenía ninguna respuesta. Así que seguí con mi búsqueda, aunque lo cierto es que yo le dije a Dios que si Él existía yo quería sentirlo, conocerlo o lo que fuera, dentro del seno de la iglesia oficial, porque en mi familia había algunos protestantes y había oído cosas poco alentadoras sobre ellos. Así, que le puse condiciones a Dios ¡qué bobada!

Algún tiempo después una prima mía (la protestante), invitó a mi madre a una reunión para oír a un hombre que entre ellos era muy popular y de mucho prestigio, D. Francisco Lacueva. Eran unas conferencias de 3 días. Mi madre se vio comprometida a ir y me obligó a acompañarla. Allí me presenté yo, completamente cerrada de mente y corazón a todo lo que ellos quisieran decirme.

Al terminar la primera conferencia, me acerqué con bastante descaro a aquel señor y le invité a que me explicara por qué hablaban tanto de amor y estaban tan divididos entre ellos. Él sin dejarse ofender por mí, me contestó con suma dulzura, prestándome atención, haciéndome preguntas y hablándome del amor de Dios. Realmente mis argumentos perdieron peso ante su sencillez y de alguna manera eso me cautivó, me hizo pensar que quería esa seguridad, esa serenidad, esa confianza para mí y sentir ese amor de Dios del que ellos hablaban y yo desconocía. Así que continué asistiendo a las conferencias y me entregué al Señor.

Posteriormente entendí que Dios había oído mi búsqueda en secreto* y salió a mi encuentro, sólo que yo intenté ponerle condiciones y tuve que dar algunos rodeos antes de llegar a Él.

Después de eso mi camino no fue un lecho de rosas, porque a los problemas de mis padres se unió el hecho de que la “niña” se volvió protestante y eso añadió más tensiones en casa. Pero tenía paz en mi interior, mi mundo seguía siendo el mismo pero ya no me sentía sola y encontré el propósito. No un propósito para vivir sino el propósito, y eso me llenaba por completo y me daba fuerzas para enfrentar cualquier reto.

Cuando escribo estas líneas tengo 46 años, una familia preciosa, un marido de lujo y unos hijos de los que dan muchas alegrías. He vivido tiempos buenos y tiempos muy malos. Tuve que aprender y desaprender. Tomé decisiones acertadas y desacertadas. Pero creo que la mejor fue buscar a Dios y al encontrarle, entregarme sin reservas.


*“Dios había oído mi búsqueda en secreto”.

Araceli

© sentirCristiano.com

Mª Araceli Díez
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