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Testimonio de Antonia Ruiz Yuste

Conocí al Señor íntimamente hace casi treinta años, pero desde niña sentí una inquietud especial por buscarle. Sabía que Él estaba más allá de las imágenes y de las personas superiores que me hablaban de Él con autoridad. Intuía que el Señor no cabría en sitios tan pequeños.
Recuerdo que a los once o doce años, comencé a tener una relación muy íntima y empecé a conocerle. El Señor me habló de una forma especial y me descubrió hechos que ocurrirían más adelante. Y así fue, algunas ya se cumplieron.

A los dieciocho años decidí entregarle mi vida. Ocurrió de la siguiente manera:
Fui a visitar a una cuñada a su casa. Ella tenía una cinta de una reunión cristiana. Me sorprendió oír lo que decían sobre el Señor y le pregunté qué era aquello. Me comentó que se trataba de una reunión cristiana y me habló del Señor. Me di cuenta de que Dios era inmenso y grande.

Fui a la iglesia aceptando su invitación. Supe que el Señor rompía cadenas*. Yo era una mujer muy religiosa e iba a la iglesia muchas veces a rezar, pero cuando entré en aquella reunión evangélica y oí el mensaje de Cristo, lloré mucho porque era lo que llevaba tanto tiempo buscando y esperando.
Yo tenía una enfermedad y el pastor me ayudó bastante. Me ungió y entonces sané.

Me bauticé y fue muy importante para mí esta decisión porque descargué el peso de mi vida en ese acto. Era una persona nueva. Después recibí el Espíritu Santo.
La vida cristiana no es un camino de rosas. Trabajé sin cesar y a los dieciséis años ya era madre. Tuve demasiados problemas. En una ocasión se me cayó la casa en una riada, pero el Señor me dio una nueva. Con Él no me falta nada.

Hace un año murió mi padre y hace algunos meses mi hermano, sin embargo, el Señor me sostiene y pone paz en mi corazón para seguir adelante. Me llena y me da tranquilidad. En esos momentos malos de la vida Él me arropa.

Quiero contar que este hermano del que hablo enfermó por causa de la droga. Tenía infección respiratoria y fui a verlo. Se encontraba tan mal que se quería morir. Estaba harto de la vida y quería suicidarse. Esto me hizo vivir momentos muy delicados en su presencia, aunque el Señor me dio la tranquilidad suficiente como para hablarle y evitar que hiciera una locura. Le hablé de Jesús, le dije que oraría por él y que el Señor le ayudaría. Pero él decía que le daba todo igual. Seguí hablándole durante mucho tiempo de Dios pero no quería saber nada de él.

Un día llegó a casa de mis padres pidiendo ayuda y socorro. Quería salir de la droga pero no quería internarse en ningún centro, así que se quedó en casa. Durante todo ese tiempo oré hasta que fue liberado de la droga. Pero continuó bebiendo hasta que todos los órganos dejaron de funcionarle, hígado, corazón, riñones, todo.

Pero para mí, la vida tiene el sentido que Dios le da. Mi hijo mayor, Antonio, sigue al Señor y está en Barcelona. Se bautizó a los once años y dos años después se apartó de sus caminos. Como cualquier madre haría con su hijo, yo hubiera puesto la mano en el fuego por el mío, pero un día el Señor me reveló que caminaba en asuntos de droga y lloré desesperadamente. Le pedí a Dios con todas mis fuerzas que lo sacara de ahí. No quería verle tirado en la calle como vi a otros. Derramé mi alma delante de Dios. Esta revelación la guardé en mi corazón sin contárselo a él.

En una ocasión, limpiando su habitación encontré unas pastillas y las tiré sin saber que eran. Cuando regresó no me dijo nada ni me pidió cuentas porque es un hijo muy cariñoso conmigo y nunca eché en falta ni dinero ni nada de valor.

Una noche, estaba acostada mientras él veía la tele y se puso tan enfermo que vino a buscarme. Creía que iba a perder la cabeza o que le había dado un ataque al corazón. Eran las tres o las cuatro de la madrugada y fuimos a Urgencias del Hospital Civil. Él se sinceró con el médico y le dijo que tomaba “éxtasis”. El médico le advirtió que si no lo dejaba se volvería loco.
Al volver a casa, mi hijo estaba muy nervioso por todo lo que le pasó y le dije que buscara a Dios y hablara con Él.

Recuerdo que comenzó a orar y a buscarle de nuevo. Se reconcilió con Él. Durante tres días no salió de su habitación, orando mientras Dios le restauraba. Luego me contó que él vendía aquellas pastillas para su propio sustento de drogas y que lo pasó muy mal cuando se las tiré porque se vio atado de pies y manos ya que tenía que responder por ellas y pagar dinero.

Cuando mi hijo superó todo aquello, quiso hablarle a sus amigos de Dios, pero temió caer de nuevo. El Señor le mostró que debía alejarse de ese ambiente. Volvió a sus amigos de la niñez que se reunían en la iglesia y tienen con él una amistad verdadera. Antonio sigue al Señor.
Le doy la Gloria a Dios por el cambio que hizo en su vida.

Mi hija Silvia conoció al Señor hace tiempo y tengo la esperanza de que vuelva a sus caminos. La Palabra dice “Cree en el Señor Jesús y serás salvo tú y tu casa”.
Mi hijo pequeño, David, es precioso, es la alegría de mi casa. Ellos son lo más grande que tengo. Lo único que deseo es que estén en el camino del Señor y se lo pido a Dios tanto para ellos como para sus novias o novio.

Me gustaría que este sencillo testimonio, toque el corazón de alguien que le esté buscando, de alguien que su experiencia en la vida sea parecida a la mía. El Señor dice que el que busca halla.


*“Supe que el Señor rompía cadenas”.

Antoñita Ruiz Yuste

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Antoñita Ruiz Yuste
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