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MEDIDAS CONTRA EL PARO

Isabel Pavón

Me parece bastante significativo y actual el cuento titulado “Medidas contra el paro”, publicado por Julia Otxoa en su libro “Un león en la cocina”. Quizás la autora no sabía que en 2008 íbamos a padecer una crisis mundial tan grave, sin embargo, la absurda y pasiva obediencia de los ciudadanos ante las medidas de los gobiernos que relata, viene ahora que ni pintada.

 
MEDIDAS CONTRA EL PARO
Julia Otxoa (Del libro “Un león en la cocina”)

Esta mañana en lugar de una barra de pan el panadero me ha envuelto junto a dos bollos de leche un palo roto de escoba. Al llegar a la casa y darme cuenta del error he vuelto a la panadería para decírselo, pero él muy enfadado se ha molestado y me ha recriminado delante de toda la clientela:

—¡Usted me ha pedido pan y yo le he dado pan! ¿Acaso no ve el letrero que hay en estos cestos?

El letrero efectivamente anunciaba pan y en los cestos se agolpaban los palos rotos de escoba.

—Pero entonces... —pregunté—: ¿Si yo quiero pan del de antes, de ese que se hace con harina de trigo, cómo he de pedirlo?

—Usted no está informado señor —me respondió sorprendido el panadero—. ¿No ve la televisión? ¿No lee los periódicos?

En ese momento todas las personas que esperaban en la cola me miraron como a un bicho raro, como si tuvieran ante ellos la viva imagen de la ignorancia.

—El Gobierno, dentro de su política de lucha contra el paro, ha tomado una serie de medidas para crear puestos de trabajo en los diversos sectores laborales.

Prosiguió con aire autosuficiente el panadero:

—Se nos ha informado que ahora toca a la población comer en lugar de pan, palos de escoba, para dar trabajo a los dentistas.

—Perdón, yo no sabía —balbuceé con un hilo de voz antes de abandonar apresuradamente la panadería.

Al volver a casa vi espantado cómo los viandantes, siguiendo las indicaciones dadas por el Gobierno, mordían como quien masca chicle sus trozos de palo, todos sangraban abundantemente de la boca, multitud de dientes, muelas y colmillos caían indefensos sobre el asfalto.

Pero la gente iba contenta, todos ellos se sentían buenos ciudadanos, solidarios desdentados con todos los desempleados, mientras la sangre manchaba sus abrigos, camisas y zapatos y su aspecto por las calles era el de una risueña multitud de aprendices de carnicero, que hacían sus compras como todos los días saliendo y entrando de los grandes almacenes.

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