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Traducir la Bíblia

Entrevista publicada por Palabra Viva
Sociedad Bíblica de España, núm. 35 diciembre de 2012



Cuestionario:

 

¿Qué distingue a un buen traductor bíblico? ¿Cuál deberá ser su formación técnica indispensable?

En las discusiones académicas en la Edad Media, con frecuencia alguno de los agonistas solía decir: “Distingo”. Con ello quería dar –o exigir que se diera– el significado preciso de algún término que fuera importante en el debate. Aquí hay que usar también la misma palabra, pues es necesario precisar la siguiente distinción: hay requisitos que son indispensables para todo traductor, sin importar el texto que se traduzca. Y hay otros requisitos para traductores de textos que se consideran sagrados por alguna comunidad. Para los cristianos, la Biblia (ya sea en la extensión del protocanon o en la del que incluye también el deuterocanon) es ese libro sagrado.

       Desde el punto de vista de la “formación técnica”, que es a lo que refiere directamente la pregunta, los requisitos son múltiples: dominio de las lenguas involucradas: de la lengua del texto del que se traduce (“fuente”) y de la lengua a la que se traduce (“receptora”); conocimiento de la cultura de las comunidades que corresponden a dichas lenguas en los momentos respectivos de la producción del texto y de la traducción (incluidas las variantes culturales que influyen en el uso del idioma dentro de la amplitud geográfica del mapa lingüístico de esas lenguas); conocimiento de la amplia realidad social (política, religiosa, económica, de relaciones grupales, etc.) de dichas comunidades; conocimiento del nivel del lenguaje al que se va a traducir (conversacional o vulgar; sencillo, culto, técnico...). 

¿Qué otras virtudes deben adornar a quienes interpretan los textos?

La labor de interpretación de textos (la exégesis, propiamente dicha) exige, además, que se manejen, de manera especializada, las técnicas correspondientes a ese campo, para así: determinar la naturaleza del texto fuente (género o géneros literarios); distinguir cualquier uso del lenguaje figurado o simbólico (metáforas, sinécdoques, paralelismos, etc.); analizar la relación del texto con su contexto, no solo literario dentro de la Biblia misma (contexto inmediato y mediato) sino también socio-cultural (en el sentido más amplio), cronológico. 

¿Existen diferencias a la hora de traducir una lengua viva o alguna de las usadas en los textos bíblicos originales?

Permíteme una corrección en parte de esta pregunta, porque ello crea confusión: no existen “textos bíblicos originales”. No tenemos conocimiento de la existencia de un solo texto autógrafo. Lo que tenemos son copias y copias de copias. Por eso es más preciso hablar de “textos en los idiomas originales de la Biblia”. Creo que eso es importante.

       Y en cuanto a la pregunta, pues sí, por diversas razones. Respecto de textos antiguos, por ejemplo, a veces nos tropezamos con términos cuyo significado preciso no conocemos... y no tenemos a quién preguntarle. Un caso lo encontramos en el mismo Padrenuestro. La palabra que suele traducirse por “cotidiano” (o “de cada día”) es lo que se llama un “hápax legómenon”, es decir, una palabra que se usa una sola vez en todo el Nuevo Testamento. En este caso, ni siquiera tenemos testimonios fuera del Nuevo Testamento. La traducción latina no nos ayuda mucho, pues lo que hizo el traductor fue traducir los dos elementos compositivos de la palabra griega (epiousion, en griego; supersubstantialis, en latín). Los traductores no saben con verdadera certeza su significado, por lo que no es extraño encontrar otras traducciones distintas de la usual que hemos mencionado.

Esto que acabamos de mencionar es de más fácil solución en lo que se refiere a una lengua viva, ya que hay recursos (humanos o textuales) para averiguar el significado.

       Por otra parte, lo expresado en la respuesta a la pregunta inmediatamente anterior plantea otros retos en relación con las lenguas antiguas. Y a todo ello hay que añadir las peculiaridades en el uso de la lengua por cada autor. 

¿Qué papel juega la fe personal en este proceso? ¿Es posible despojase de doctrinas en el ejercicio, noble y difícil, de sacar un texto limpio, lo más fiel posible y entendible?

La fe personal –y nos referimos específicamente a nuestra fe cristiana– es muy importante para el traductor. Por una parte, nos mueve a ver el texto de la Escritura con el debido respeto como palabra de Dios. Además, nos impulsa a depender del Espíritu, buscando su guía a la hora de tomar decisiones que no sean fáciles. Aunque el lector no lo crea, a veces puede haber discusiones serias para determinar dónde va –o si va– una coma...

       Pero hay que aclarar, no obstante, que la fe sola no es suficiente para la labor de traducción. Se requiere dominar las herramientas propias del traductor y el arte de la traducción, como ya se mencionó.

       La segunda parte de la pregunta es muy importante: como uno es un sujeto –y en cuanto a mí se refiere, no quiero que me cosifiquen, es decir, que me “objetiven” o que me conviertan en objeto–, es del todo imposible eliminar absolutamente la subjetividad. Eso sí, a mayor conciencia de mi subjetividad, menor riesgo corro de caer en subjetivismos. Como no puedo “desvestirme” de todo el bagaje cultural y experiencial que es parte constitutiva de mí mismo en tanto sujeto, una manera de controlar esa “subjetividad” en la traducción es el trabajo en equipo, porque entonces se hace posible la discusión esclarecedora al ver el texto desde diferentes puntos de vista. Y ahí interviene la colaboración entre personas de diferente sexo, de diferentes nacionalidades (en nuestro caso, dentro del mapa lingüístico del español o castellano), de diferentes tradiciones confesionales, de diferente formación profesional (lingüistas, sociolingüistas, antropólogos...), de diferentes estratos sociales... 

¿Se ve el traductor obligado a “conciliar” determinados pasajes para añadir coherencia a los pasajes que aparecen citados en distintos libros de la Biblia?

La labor –o el intento– de “conciliar” o armonizar diferentes textos dentro de la Biblia no es labor del traductor. Este tiene que traducir el texto. Ese otro aspecto corresponde –si es que corresponde– a otras personas. Si Marcos y Lucas dicen que en Jericó había un ciego al que Jesús sanó, y Mateo habla de dos ciegos..., esos datos son los que tiene que traducir el traductor. La responsabilidad fundamental de este tiene que ver con el texto que traduce y no con cualquier idea preconcebida que él pueda tener. 

¿Qué es lo que un lector no debe olvidar nunca cuando se enfrenta a la lectura e interpretación de algún pasaje polémico?

En primer lugar, no hay que olvidar que no es lo mismo leer que estudiar un texto. Y eso es aplicable a la Biblia misma. Además, la “lectura” de esta puede hacerse en varios niveles. El más sencillo es lo que solemos llamar “lectura devocional”, cuando vamos a la Escritura en busca de una palabra de aliento, de orientación para nuestra vida diaria, de inspiración, de consuelo, etc. Pero el traductor, en tanto exegeta, va más allá: trata de comprender el significado que tenía el texto cuando fue escrito, para transmitir, en su traducción, ese mensaje con la mayor rigurosidad y fidelidad posibles. En ocasiones, malinterpretar el significado en un contexto específico de unas determinadas palabras puede llevar a una traducción equivocada. Luego podemos poner un ejemplo curioso. 

¿Es difícil mantener una misma unidad de lenguaje en una traducción cuando los propios libros que componen una Biblia, tienen grandes diferencias en su redacción y expresión original?

Esta pregunta plantea un problema muy serio. Al traducir una obra compuesta de muchos textos, escritos casi cada uno de ellos por una persona diferente (o, en ocasiones, por la misma persona en tiempos, circunstancias y situaciones diferentes), ¿se puede “imitar” o, al menos, “distinguir” en la traducción los diferentes estilos de los diversos autores? Es más, si ello fuera posible, ¿sería deseable?

       Una cosa es distinguir en la traducción  la prosa del verso, o traducir con un refrán de nuestro idioma otro en el idioma del que se traduce (cuando significan lo mismo, por supuesto), y aspectos de naturaleza parecida; y otra muy distinta es intentar reproducir el estilo de cada uno de los autores originales. Personalmente no estoy seguro de que sea posible y, de serlo, que fuera aconsejable. Tomemos en cuenta que “al principio” el conjunto de textos que hoy están recogidos en la Biblia no se leían como un libro, pues la Biblia en tanto tal ni siquiera existía. Se leían (o, mejor aún, se oían) los textos por separado, según se iban produciendo y distribuyendo entre las diferentes comunidades a las que iban dirigidos. Por eso, las traducciones al castellano de la Biblia suelen tener un estilo parejo, con las variaciones propias relacionadas con la naturaleza del texto mismo, puesto que no es lo mismo el estilo narrativo (crónica, historia, relato de ficción, diálogo...) que el discursivo (parénesis, reprensión o exhortación, sermón...) o que el de una carta personal. 

¿Qué libros de la Biblia son más difíciles de traducir?

Mi experiencia me indica que los textos narrativos suelen ser más fáciles de traducir. Lo cual no quiere decir que sean fáciles. (Este es un problema al expresarnos usando fórmulas comparativas. Al comparar dos cosas “malas”, solemos decir que una “es mejor” que la otra; pero.., las dos son malas...). Todas las traducciones tienen sus dificultades, lo que quiere decir que no son fáciles. Pero unas presentan más dificultados que otras. Los textos en los que se manejan términos abstractos suelen ser de más difícil traducción. A ello se une, muchas veces, el estilo del autor del texto fuente. Pablo el apóstol, por ejemplo, solía usar oraciones muy largas, con subordinaciones y subordinaciones que, para quien no esté acostumbrado a ese tipo de texto, hacen engorrosa la comprensión.

       Lo que decimos al responder las preguntas anteriores incide igualmente en la mayor o menor dificultad al traducir un texto. 

¿Alguna anécdota? Ejemplo, etc…

Anécdotas podrían contarse muchísimas, y de muy diversa naturaleza. Por ejemplo, en algunos casos, lectores a quienes habíamos enviado los primeros borradores de la traducción de algún libro nos enviaban correcciones gramaticales que no tenían sentido, aun cuando se suponía que esas personas estaban bien preparadas. Pero quiero mencionar solo un ejemplo que ilustra algo que he dicho en una de mis respuestas.

Cuando revisábamos la Reina-Valera 1995, uno de los miembros del Comité Revisor, especialista en A. T. sostuvo que la traducción de la última parte de Isaías 59.19 en la R-V60 estaba equivocada. Otro miembro del Comité, también estudioso del A. T., analizó el texto y le dio la razón a su colega. Se hizo una nueva traducción de esa parte. Luego, al coordinador del Comité se le ocurrió intentar “rastrear” la traducción de ese texto en las revisiones de la R-V que teníamos a nuestra disposición. Fue entonces cuando descubrimos este curioso e interesante dato: en la Biblia del oso (1569), don Casiodoro de Reina había traducido el texto correctamente; pero don Cipriano de Valera, en su revisión (la Biblia del cántaro, de 1602) lo corrigió equivocadamente. Esa traducción equivocada se mantuvo hasta la revisión de 1960 (y se conserva en alguna reciente –y desafortunada– revisión).


Plutarco Bonilla
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