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Las incongruencias de un mareo

Ni que decir tiene que cuando una de nuestras hermanas se mareó durante el culto de esta mañana, domingo 22 de febrero, reaccionamos de forma un tanto extraña. Es verdad que no estamos acostumbrados a que la gente se desmaye de forma natural, o sea, sin que la empujen mientras oran por ellas (a esto sí estamos acostumbrados ya que se las deja tumbadas en el suelo o en la silla hasta que se recuperan, haga frío o calor, que para eso es el Señor quien las tira). Es cierto que los que se acercaron a ella fue con intención de ayudarla. Pero no puedo evitar preguntarme:

¿Estamos preparados para afrontar este tipo de situaciones?

¿Están preparados nuestros dirigentes?

¿Sabemos ayudar?

¿Es ayudar cantar a viva voz al son de todos los instrumentos musicales?

¿Actuamos así cuando alguien enferma en nuestra casa?

¿Ponemos la música a tope? ¿Sacamos el Karaoke?

¿Queremos disimular lo que está pasando?

¿Damos gracias a Dios por lo que está ocurriendo?

¿De verdad damos gracias a Dios?

¿Nos alegramos con los que se alegran y sufrimos con los que sufren?

¿Cómo se sentiría la enferma? ¿Y el marido?

Y el personal sanitario, ¿qué pensaría cuando vio el folclore?

¿Y cuándo pidieron silencio para examinarla y nadie hizo caso?

¿Y cuándo a pesar de seguir pidiendo silencio se siguió, como si nada, con el micro en la mano?

¿No es eso una falta grave de respeto?

¿Qué opinarían estas personas del servicio de urgencias cuando, al salir con la camilla, alguien pidió un aplauso para Jesús?

¿Se daba a Jesús las gracias porque la hermana estaba enferma?

¿Se daba las gracias porque se la estaban llevando?

¿Se daba las gracias porque se había acabado el problema?

Amigos y amigas, ¿es este el testimonio que la iglesia tiene que dar?

Desde luego que todo lo que digan de nosotros en la calle bien merecido lo tenemos.


Isabel Pavón.
© SentirCristiano.com

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