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La semilla desechada

(Sobre el aborto)

Érase un mundo tan real, tan real, que todos sus países aparecían en todas las enciclopedias. La mitad de la población asumía las locuras como algo normal. La otra mitad se rebelaba. Sin embargo, el fruto que en él se producía era abundante y hermoso.

Lo malo empezó cuando unos seres extraños llamados dirigentes, a los que sólo se veía en televisión, empezaron a sacar de sus alforjas documentos y más documentos, todos ellos legales. Un documento es lícito cuando lo firman personas que se sienten importantes. Las personas se sienten importantes cuando otros semejantes le dan esta categoría. Pues bien, en ellos habían escrito derechos que, tanto la parte femenina (terreno de siembra) como la masculina (parte sembradora), podían utilizar en su provecho. Aquellos mensajes decían que si a la parte sembrada no le parecía bien la semilla que en ella germinaba, podía llamar a la desbrozadora para que viniera a arrancarla con su guadaña.

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Primero propusieron condiciones, luego estas se fueron desvaneciendo. Hasta aquí todo bien si no fuera porque el fruto producido no era cizaña sino sin fin de bebés considerados no válidos, non-gratos, no bienvenidos.

Tanto el cuerpo-1 (terreno de siembra), como el cuerpo-2 (sembrador), empezaron a hacer uso de aquellos derechos que les evitaban obligaciones hasta el punto de decidir por ellos mismos cual semilla arrancar y cual no. Unas veces, justificaban sus decisiones y otras... no hacía falta. Las criaturitas, como la mala hierba, no tenían ni voz ni voto.

Si el fruto no era de interés, tanto si estaba a punto de despuntar sobre el terreno del vientre materno como si se trataba de una criatura completamente formada, había que arrancarlo. Donde está la ley existe la trampa.

La parte femenina y la masculina se convencieron de que las semillas ni sentían ni padecían puesto que su fruto no había salido aún a la luz del astro sol que alumbra el mundo. Decían que ellos eran sus dueños y que, por lo tanto, tenían poder para dejarlo crecer o destruirlo.

Y en aquél mundo que era tan real, tan real, aquél en el que sus países aparecían en todas las enciclopedias, aquél donde la mitad de la población asumía las locuras como algo normal, la otra mitad se rebelaba y sin embargo, el fruto que en él se producía era abundante y hermoso, fue decreciendo de tal manera que empezó a tener serios problemas. Perdió toda la riqueza que las semillas desechadas traían como bendiciones ya que no pudieron realizar la misión que tenían encomendada.

Se perdió el alimento espiritual de aquellos seres que no nacieron nunca; la fuerza que viene grabada nada más ser fecundadas las semillas no llegó a surgir.

Aquel mundo, reinado por la parte femenina y la masculina a expensas de su Creador, se fue volviendo juez y asesino de su propia sementera, pues no permitieron que fuese la propia Naturaleza quien eligiera dar existencia o quitarla. La vida inteligente empezó a desaparecer dando lugar a que todo, poco a poco, fuese quedando baldío.

Y vio Dios que, aquello, para nada era bueno.

 

Publicado en:
Protestante Digital


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Isabel Pavón.
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