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Gelocatil 650

Juanmanué era un hombre muy enamorado de su mujer. Llevaban diez años casados y tenían cinco hijos, dos perros, tres gatos y un hámster. El día que aconteció lo que a continuación relato, era viernes y como era su costumbre, contrató una canguro para salir a cenar tranquilamente con su esposa.

Con antelación revisó el interior, guardado bajo llave, de su cajón secreto y sintió la necesidad de llegarse a la farmacia. Juanmanué era un hombre muy previsor.

Al entrar vio que sólo había una persona a la que ya le estaban cobrando el importe. ¡Bingo!, dijo para sí. Enseguida la farmacéutica le preguntó:
—¿En qué puedo servirte, Juanmanué?

Antes de tener tiempo para abrir la boca llegó María Teresa, la catequista de sus gemelos y se saludaron con un efusivo beso.
—Dame una caja de Gelocatil 650, por favor, respondió Juanmanué.

El hombre pagó y salió de la farmacia derrotado. Sin embargo, no se rindió. ¡Si era viernes, era viernes! Al poco rato, regresó al establecimiento. Esta vez había más gente. Pedro, el sacristán, lo vio entrar y se dirigió a él para saludarlo. Entablaron una conversación tan cortés como absurda y así le llegó el turno de pedir.

—¿Qué se te ha olvidado, guapo?, –preguntó la farmacéutica.

—Pues mira, antes me equivoqué. Eran dos cajas de Gelocatil 650. Una para mi suegra y otra mi mujer. Ya ves, quien no tiene cabeza, tiene pies.

Volvió a pagar la cuenta. Se despidió del sacristán, que era atendido por la auxiliar y compraba medicinas al por mayor, y salió a la calle.

Al poco rato, ya con su mujer arreglada, guapa a más no poder y a falta solamente de calzarse los zapatos, quiso correr de nuevo el riesgo y cruzó la calle en la misma dirección. Quien la sigue la consigue.

El cura de su parroquia estaba dentro, probándose una rodillera.

—¡Hombre, Juanmanué!, ¡qué alegría!, por lo menos hace un mes que no te veo en misa.

—Lo mismo digo, don Felipe, hace tiempo que no nos vemos, ¿qué tal está?

—Muy bien, gracias a Dios.

—¿Qué le pasa en la pierna?

—¡Nada, faltaría más! Estoy aquí echando un rato –y bajando la voz continuó... hago como que me pruebo una rodillera pero en realidad estoy vigilando.

—¿Qué vigila usted, don Felipe?

—Sssssss, baja la voz, hombre del diablo, ¿no ves que estoy de incógnito? –y era verdad, pues no llevaba la sotana–. ¿Que qué vigilo?, querrás decir a quién vigilo. Pues verás, llevo varios viernes que vengo aquí a esta misma hora. Me siento, disimulo y como quien no quiere la cosa, unas veces me pruebo un zapato ortopédico, otras me peso, otras me tomo la tensión arterial..., pero disimuladamente voy anotando el nombre de todos los feligreses que hacen uso del preservativo. Tengo una lista negra. Esto que te digo no se lo puedo contar a cualquiera, me explico, ¿no?

La farmacéutica interrumpió la conversación.

—¿Otra vez por aquí, Juanmanué de mis entrañas?; dime, ¿qué te doy ahora?

—Pues mira, he estado dándole vueltas al pensamiento y me llevo otra caja de Gelocatil 650, no vaya a ser que nos falte en casa.

La farmacéutica, que lo había visto crecer desde chiquitillo, moviendo la cabeza dijo con sorna:

—¡¡Marchando otra caja de Gelocatil 650...!!

Guiñándole un ojo al mismo tiempo que con el otro miraba al cura, continuó.

—¡Ay, mi Juanmanueeeeeé! Toma, anda y vete. Esta vez invita la casa. Deseo de todo corazón que desaparezcan pronto los dolores de cabeza en la familia. La jaqueca es un fastidio, sobre todo los fines de semana.

A continuación puso sobre el mostrador una caja de preservativos tan bien envuelta que ni siquiera el cura pudo adivinar qué había dentro.

Este tipo de incidente suele pasarles a personas que se acobardan diciendo sí, sí, cuando en realidad quieren decir no, no, y que pertenecen a una secta mayoritaria cuyo dirigente principal prohíbe el uso del preservativo, y lo más peor, que se otorga el don de salvar o condenar a la humanidad entera, según sus criterios, en nombre de Dios Santo.

Publicación en otros medios:

www.protestantedigital.com

Diario Sur


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Isabel Pavón.
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