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Yo seré tu memoria

Relato ganador del tercer premio convocado por ATAM en su Cuarenta Aniversario, 2014, Madrid

Querida mamá:

Necesito escribirte esta carta aunque tú no podrás leerla. Me gusta recordar. Algunas personas dicen que tengo buena memoria y yo me pregunto... ¿hasta cuándo? ¿Pensó la abuela alguna vez que perdería su don más preciado? Y tú, mamá, ¿creíste que te ocurriría lo mismo?

La abuela, ciega y ya avanzada en años, casi ni se dio cuenta de esta pérdida que achacaba a la edad. Tú, mucho más joven, te enfadabas y llorabas al principio, cuando notabas que olvidabas cosas importantes. Te sentías culpable. Ahora apenas se te humedecen los ojos. Las lágrimas acuden ante hechos o recuerdos insignificantes y se van pronto. Lo mejor de todo es que aún no has perdido la capacidad de reír. La risa, para ti, ha sido escudo contra las adversidades, defensa contra las amenazas externas, arma a usar contra los enemigos y paz interna. Por reírte, te has reído hasta de tu sombra.


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Repites sin cesar las cosas de tu infancia, el tiempo que pasaste de miseria y hambre. A veces no sabes quien soy y al poco rato, te me quedas mirando y comentas: Por las facciones de tu cara diría que te pareces enteramente a mi hija y la voz también es la suya, pero... Ese instante me llena de alegría, sin embargo, momentos después preguntas a alguno de mis hijos: ¿Quién es esta muchacha que se pasa el día pegada a mí?, ¿por qué no se va a su casa? Mamá, soy yo, tu primogénita y vives aquí, conmigo.

Eres otra. Lo que queda de ti es una parte insignificante de lo que fuiste. Aún así, está tu esencia. Me pariste, me criaste, me educaste como bien supiste... En mí están tus genes y estuvo tu cálida leche materna.

Me siento a tu lado y te saco temas de conversación de antaño. Parece que recuerdas algunas cosas y, por ahí, te sigo el hilo un rato. Después todo queda en la nada, en el vacío de una mente hueca que no volverá a llenarse. Tu cerebro es como un gran colador por donde se escapan tus vivencias, por eso veo necesario intentar colmarlo de nuevo de recuerdos, aun sabiendo que escaparán enseguida. Creo que es importante porque durante ese rato te veo reír,  intentando traer a tu presencia más detalles. Mamá, te digo, tú tranquila, yo seré tu memoria: 

Te cuento que naciste en Álora, un pueblo blanco de Andalucía con claros vestigios árabes. La casa donde viniste al mundo se halla situada en la calle más alta del lugar llamada Barranco. En el número 42, en el pequeño corral hay un muro al que vosotros llamabais el refugio porque durante la guerra os metíais en el hueco que había en la base para protegeros de las bombas. Te llamas Inés, como tu abuela paterna, de quien te acuerdas todavía porque era menuda, bonita y amable contigo.

Te cuento que nunca llamaste a tu madre mamá, ni a tu padre papá, les nombrabas como mumá y pupá, que era la costumbre de la gente de tu tiempo. Que fuiste al colegio un solo día y aprendiste rápido todo lo que tenías que aprender y no volviste porque no había dinero para pagarlo.

Te cuento que desde la calle Barranco bajabas a diario a la fuente de La Plaza Baja y que llenabas tu cántaro “boquino” (así lo llamabas porque no tenía asas y tenías que sujetarlo por la boca rota y apoyártelo en el cuadril para que no se resbalara) al mismo tiempo que cantabas con tus amigas las coplillas de la época. Luego, al subir, entonabas de nuevo cualquier melodía. También te comento que justo en esa Plaza Baja está la Iglesia de la Encarnación donde te casaste el 8 de Enero de 1956, después nací yo, tu primera hija y que, para ese entonces, ya vivías en Málaga. Tuviste tres hijos más, Fernando, Luis y Belén.

Te digo que hoy es miércoles, cinco de junio de 2013, que el viento arrastra a su paso todo lo que encuentra, que el sol sale y se oculta de vez en cuando entre las gruesas nubes, igualito, igualito que te pasa a ti, desde hace años, con los recuerdos...

Querida mamá, mientras te cuento todo esto me miras con los ojos de una niña que escucha la historia de su vida por primera vez y sonríes. Y yo lloro, mamá. Lloro porque me dueles. Me duelen tus huecos vacíos que se agrandan con el paso de las horas. Lloro porque no sé cómo cuidarte. No sé como ser tu guía. Cómo trazarte de nuevo el norte del camino de tu existencia que se te ha ido borrando sin pedirte permiso. 

Mamá, estoy aquí. Te quiero. Sólo sé que mientras tenga fuerzas yo seré tu memoria.

 

Publicación en otros medios:
Protestante Digital



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Isabel Pavón.
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