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Un concargo

Pierden la espiritualidad en favor de lo carnal. No dan su brazo a torcer y hacen daño. No sirven con amor sino con egoísmo.


Con un poder absoluto hasta a un burro le resulta fácil gobernar.
Lord John Acton

 

Los hay que, dada su inmadurez, no conocen el significado que conlleva ejercer una dedicación. Piensan que están por encima de los demás hasta el punto de creerse invencibles. Han conseguido un cargo y se desequilibran. Se estiran. Se corrompen. Piensan que más que un servicio es algo que pueden usar a su favor para posicionarse, humillar, cerrar, controlar, amordazar, eliminar voluntades, dominar, cambiar e innovar a su antojo. Piden explicaciones sin dar ninguna.

Entre todos la mataron...

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La mirada del Maniquí / Oiluj Samall Zeid
(flickr / CC BY-NC-ND 2.0)

Los componentes del grupo no les interesan. Se gustan a sí mismos, se piropean, se besan, presumen. Para algunos, cuando se le da un cargo, lo celebran como si fuese un regalo de reyes que les trae poder para gestionar las vidas ajenas hasta el punto de meterse en sus conversaciones, su trabajo, su familia, su vivienda, sus cuentas bancarias. O más que una carga, un trabajo, una disposición hacia los demás, los hay que lo disfrutan como si fuese el premio gordo de la lotería, y no digo que haya que estar amargado, no, el Señor da alegría para cumplir su voluntad pero, estos concargos de los que hablo, sacan pecho y se envanecen. Pierden la espiritualidad en favor de lo carnal. No dan su brazo a torcer y hacen daño. No sirven con amor sino con egoísmo. Por causa de perder lo que creen que es suyo forman un clan que aísla a los otros, los aparta, los desprecia. Se vuelven sordos y parlanchines. Pierden el respeto. Se quedan ciegos y aún así mandan a manotazos. Con esta actitud demuestran que no han sido elegidos por Dios sino por ellos mismos o por algún amiguete con vistas a sacar tajada.

Ineptos e inmaduros se han vendido a la carne. Les es grato dominar, pero a los concargo no se les debe subir el ministerio a la cabeza ni bajársele a los pies, el cargo debe sostenerse un poco más abajo de las caderas, en las rodillas, pues ser mensajeros de Jesús no proporciona ningún privilegio, ningún fundamento de honra o poder. Dietrichi Bonhoeffer, El precio de la Gracia, el seguimiento.

¡Ahhh!, una persona "Concargo".

 

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Isabel Pavón.
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