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Una cabeza gorda

La invitada asomó la nariz en la sala de conferencias para mujeres conformistas y, al ver lo que veía, quedó completamente desconcertada.

Sintió rigidez, como si de pronto, su cuerpo no quisiera obedecer las órdenes que ella le enviaba a través del cerebro. Sin saber cómo dar un paso más, permaneció quieta unos instantes.  La estampa era aterradora: Un montón de cuerpos femeninos ocupaban los asientos. Ninguno tenía cabeza.  Se trataba de hechuras ataviadas de mujer cuyas posturas estaban dirigidas hacia el frente, donde les soltaban un discurso.

Oían. Lo más curioso era que, aunque estaban descabezadas, podían oír. Se les notaba ya que, de vez en cuando, aplaudían.

Una cabeza gorda

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Reían. Se les veía el temblor de los hombros, la inclinación del torso hacia delante y hacia atrás.

Lloraban. Era obvio porque sacaban del bolso sus pañuelos sin tener mocos qué limpiarse.

¿Algo sobrenatural?

 Allí, dirigiéndose a las dóciles mutiladas, había una gran cabeza parlante. Una cabeza gorda con barba y bigote a la que le faltaba el cuerpo. Una cabeza que, sin saber cómo, se arrastraba con brío de un lado a otro del escenario. Una cabeza gobernadora de masas corpóreas con una gran boca de donde salían multitud de palabras formando frases. Frases sostenidas por verbos; conjunciones que enlazaban oraciones...; preposiciones, sujetos, predicados que juntos tenían la misión de conducir a Dios...

 La invitada de esta historia observaba atónica entre bambalinas sin atreverse a entrar por temor a salir decapitada. Tenía miedo, quería continuar entera pues le iba bien. Pudo reaccionar a tiempo y corrió hacia la calle para no regresar jamás a ninguna de aquellas ceremonias.

***

Querida cabeza gorda que acostumbra a arrastrarse por el escenario ante cuerpos mutilados,  si ha retenido a las mujeres... Arrepiéntase de actitudes perjudiciales. Pidamos todos al Señor que nos perdone por haber obstaculizado su obra de una u otra forma. Pidamos humildemente a Dios perdón por ser causa de que las mujeres o cualquier hombre se sienta ciudadano de segunda clase en el reino de Dios. Mostremos el camino a la reconciliación y a la sanidad. [1]
 

Queridas y apreciadas amigas, os recuerdo que:  Cuando entramos en la iglesia nos quitamos el sombrero, no la cabeza.
 [2] 
 


   [1]  Tomado del libro ¿Por qué no la mujer? Ed. Jucum.
 
   [2]  Gilbert Keith Chesterton. (Frase tomada de Foto Digital en Protestante Digital).



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Isabel Pavón.
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