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Te devuelvo la costilla


Te devuelvo la costilla, camarada. Aparta de las mías la que quieras.


... Sin embargo, ninguno de ellos resultó ser la ayuda adecuada para él. Entonces Dios el Señor hizo caer al hombre en un sueño profundo y, mientras dormía, le sacó una de las costillas y le cerró otra vez la carne. De esa costilla, Dios el Señor hizo una mujer, y se la presentó al hombre, que al verla dijo:
“¡Esta sí que es de mi propia carne y de mis propios huesos! Se va a llamar ‘mujer’, porque Dios la sacó del hombre.”
Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su esposa, y los dos llegan a ser como una sola persona.
Gen 2, 20-24

Te devuelvo la costilla, Adán. Toma una de las mías como pago de la deuda ancestral que nunca olvidas. Arráncala. Aun sin ella me sentiré íntegra. Su ausencia no trastornará mi forma. Nada te he robado, compañero, despierta. No deseo ser tu complemento. Soy yo misma.


Te devuelvo la costilla

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Te devuelvo la costilla, camarada. Aparta de las mías la que quieras.

Se te olvida que en Edén estabas solo y confundido. Su belleza para nada te era grata. Tu cabeza se hallaba cabizbaja. Los animales domésticos, los salvajes, las aves que danzaban en el firmamento... ninguno de ellos con su hermosura fueron para ti satisfactorios. Recuerda cuánto te alegraste al despertar de aquella pesada y extraña siesta. Me contemplaste. Tu mirada fija en mi mirada. Tus expresiones de alegría. Tus parcas palabras que apenas lograban esbozar lo que de mí descubrías. El consuelo que sentiste al recibir mi sonrisa agradecida cuando elegiste mi nombre, el más precioso entre todos los nombres que habías inventado y lo repetías sin cesar...

Te devuelvo la costilla. Toma la que quieras, dos por una si te es más agradable, o tres.
Yo seguiré caminando con más fuerza. Déjame vivir con dignidad. Soy, como tú, heredera por derecho.

Elige la que quieras, Adán, sácala sin miedo. Al fin y al cabo me has extirpado ya bastante gloria.

Obtén lo que dices que te pertenece. Podré continuar viviendo. A ver como tú te las arreglas.

No necesito que me marques el terreno que puedo o no puedo transitar. Has gravado mi existencia. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué me has puesto cercas?

Tómala. Saldemos de una vez la antigua cuenta. Esa costilla que me diste se me clava dolorosa a todas horas. Deja ya de escudar tus faltas detrás de esta tu prójima.

Recuerda que no fui yo quien ordenó la hazaña. El Creador lo decidió de esa manera para que nos sintiésemos carne de la misma carne. Vida unida sin fin a otra vida. Persona que habita otra persona.

No tengas miedo, amigo, y recibe la que quieras de mi pecho. Pero no olvides Adán que, al hacerlo, te expones a cometer otra más de tus torpezas. Se invertiría la historia. Cuando mi hueso anidara como uno más entre tus carnes, me llevarías dentro, muy dentro. Mi ser formaría parte de tu ser. Me tomarías cariño. Me sentirías muy tuya. Mi dolor te haría daño. Y de ese modo te sería muy difícil desfavorecerme. Por experiencia te lo digo, es así como te siento al llevar esa pequeña parte de tu ser tan adentro.

De todos modos, Adán, te devuelvo la costilla. No la quiero.


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Isabel Pavón.
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