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Serías más feliz...


Se sentía extraño. A su alrededor solía haber gente considerada como superior y le daban diversos consejos. Pensaban que era un ser inmaduro, que, al no ir metido en la corriente que guiaba sus vidas, había perdido el norte, que necesitaba ayuda.

A la vez, presuponían una infelicidad inexistente (conjeturas del ser humano hacia los otros seres humanos).

- Por tu bien te digo que serías más feliz si no te tomases las cosas tan a pecho. Deja que el mundo corra. Tú tranquilo.

- Serías más feliz si no fueras tan perfeccionista, ese es mi consejo, y no es malo.

- Si fueras más tolerante con los pecados que se producen a tu alrededor y con los tuyos serías más feliz, convéncete.


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- Serías más feliz si tuvieras la mente más abierta. Todo vale, abre los ojos, ¿no te das cuenta?

- Serías más feliz si no te quedaras tan aislado, no sabes lo que te estás perdiendo. Mira a tu alrededor.

Así, así, y así era la monserga. Estos y más pareceres le daban. Pero este raro ser no tenía su vida enfocada hacia lo que creía la mayoría, o hacia la búsqueda de lo que llamaban felicidad. ¿Por qué los demás pensaban eso? ¿Por qué se empeñaban en que fuera dichoso a la manera de ellos? ¿Debía aceptar aquél veredicto? ¿Hacia dónde le conduciría?

Quería vivir su propio destino. ¿Por qué entregarse y rendirse a lo que los otros llamaban verdad? Él la buscaba, por supuesto, y sabía los riesgos que corría. Por eso, a pesar de las sugerencias adversas, siguió adelante, guardando en su corazón las palabras buenas y haciendo oídos sordos a las que no eran convenientes.

Sabía que el camino era angosto, que podía encontrar peligros y amenazas. Pero en ningún momento se sintió infeliz ni triste. Había elegido la obediencia a Jesús como norma de vida. Y vida abundante es lo que sentía. Estaba lleno. Jesús hace el camino posible. Él es el camino. Él lo hace transitable.

Por supuesto, era consciente de que podía equivocarse, pero quería seguir adelante a pesar de las dificultades. La estrechura de este sendero conlleva la satisfacción de quien persigue un reto, una meta. Hay un porqué en éste compromiso: vale la pena el esfuerzo.

Y no. No sería más feliz obedeciendo los fáciles consejos que le daban los demás. No buscaba la gloria que vivían los otros. Tenía muy claro que... si el corazón se apega a las apariencias del mundo, a la criatura más que al Creador, el discípulo está perdido(*).


(*) Dietrich Bonhoeffer (El Precio de la Gracia)




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Isabel Pavón.
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