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Semillas muertas en disciplina

Aún miran al cielo, pero ya sin esperanza, porque recuerdan el sufrimiento de tal modo que huyen de los sembradores sin remordimientos que las condenaron.

Cuánta gente se ha quedado en el camino porque recibieron de su iglesia una disciplina dura, no restauradora, tan dura que hizo que se les paralizara el crecimiento hasta morir espiritualmente. Son semillas cuyos tallos siguen vivos pero desgarrados de la tierra. Aún miran al cielo, ya sin esperanza, porque recuerdan el sufrimiento, de tal modo, que huyen de los sembradores sin remordimientos que las condenaron. Fueron marcados para siempre.

Al otro lado del Jordán

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Al principio germinaron como las demás, pero los labradores no cuidaron de que cayeran en tierra buena, ni las regó, ni se ocupó de abonarlas con la Palabra del Señor. Pensaron que no valían la pena, quizá porque su desarrollo era distinto, más lento, menos fuerte, quizá porque vislumbraron buenos frutos de las otras que espumaban alrededor y creyeron que estas no eran tan importantes, o quizá porque adivinaron problemas que no serían capaces de solucionar y prefirieron abandonarlas allí mismo, justo donde brotaron, como fetos que no llegarían a término.

Estos seres padecieron la ausencia de calor, el mirar hacia otro lado de las personas que compartían la visión del disciplinador. Nunca entendieron el comportamiento que los demás tenían con ellas, retirándose de su lado como si soportasen una plaga incurable. Prójimos con necesidades especiales que, incapaces de competir con los demás, se sintieron señalados, atormentados, menospreciados y llevan sobre sus raíces el pesado dolor pues, aunque pasan los años, nadie les pide perdón. Acomplejados miran de lejos a los elegidos por el cultivador. No aprueban la angustia que les causaron.

A ellas les digo: A rescataros vino Cristo, sabedor de que nunca encajaríais en el reino de los hombres, más sí en el reino de Dios.

 

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Isabel Pavón.
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