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Sangre y espinas de una Navidad


Debemos salir CONCILIADAS de casa. Cristina Barturen Zaldua


 Elegida por su distrito, regresaba de ejercer como miembro del jurado en un concurso de belenes. Junto con los demás miembros había recorrido las casas de los participantes, había tomado algunas copas y comido dulces típicos de las fiestas. Con cierto disimulo se tomó su tiempo en observar los comportamientos propios de cada hogar; actitudes que le gustaban o desagradaban . Dada su buena posición social, sintió agredida su autoestima, pues notó como en las familias con más hijos, donde el desorden tanto en el comportamiento como en los objetos era evidente, la risa fluía espontánea, parecían más felices.

Deseaba llegar a casa y descansar. Hacía un día espléndido. El sol lucía aún con toda su fuerza. Las calles se encontraban llenas de gente que iba y venía con bolsas de regalos. Se sentía útil y feliz. No había sido fácil decidir sobre veintitrés composiciones en miniatura, elegir entre tantas escenas plagadas de figuritas inanimadas que representaban el gran acontecimiento de la humilde venida de Dios al mundo. Recordar cómo la pequeña criatura acostada en el pesebre había muerto por la humanidad entera resultaba increíble, ¡cuánta sangre inocente derramó años después coronado de espinas!

Sangre y espinas de una Navidad

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Meditaba en esto cuando sus ojos quedaron fijos en un charco de sangre sobre la acera. Sintió naúseas. Se apartó con rapidez y continuó caminando. Los pensamientos que la acompañaban desaparecieron de su mente para dar lugar a la especulación sobre la mancha. Decidió creer que pertenecía a Miguel, un conocido drogadicto del barrio, o quizás, lo más probable, a Teodoro, el borracho ocupa de la casa abandonada de la esquina.  ¡Qué asco! , pensó al mismo tiempo que sentía escalofrío,  sea uno u otro, se lo ha buscado. Si es de Teodoro, habrá metido la pata en la taberna con sus tonterías y le han dado una paliza. Si es de Miguel, deberá dinero a los camellos y se lo han hecho pagar de esta manera.   Ya era hora, a ver si escarmientan, o se enderezan, o mejor se mudan a otro barrio y nos dejan tranquilos .  No merecemos gente así entre nosotros. Esta zona siempre ha sido decente hasta que ellos llegaron .  De igual modo que acababa de hacer con los belenes, su mente hizo de jurado y ejerció justicia . A estos dos indeseados nunca había podido mirarles directamente a los ojos.

 Las gotas de sangre, tal cual comentan de la estrella de la Navidad que seguían los Magos, formaban una estela que precedía sus pasos . Procuró esquivarla colocando sus pies sobre las losetas limpias. Antes de volver la esquina, presintió que estaba apunto de encontrarse con el protagonista y se preparó para esquivarlo. Se equivocó, no había nadie. Nadie tirado en el suelo. Nadie de pie. Estaba sola.

Las manchas circulares comenzaron a distanciarse unas de otras, aun así, el rastro no desaparecía y el camino continuaba siendo el mismo que ella debía seguir.  Ha sido una pelea considerable ,  quizás un puñetazo en la nariz que tanto sangra, un navajazo, un garrotazo, ¡quién sabe!   Uno u otro necesitan dinero para pagar sus vicios.   Lo importante es que, sea quien sea, escarmiente .  Eso es lo que cuenta. Parece que los tipos así no han tenido buenos padres que les hayan educado como corresponde. 

 En el portal las gotas desaparecieron. Eso creyó por un momento. Sin embargo, a pocos metros, la vio. Allí estaba . Quizás era la última.  ¡Mira por donde ha venido a refugiarse aquí!  Tendría cuidado por si acaso le quedaban fuerzas para asaltarla. En el ascensor observó algunas más desbaratadas por las pisadas descuidadas de algún inquilino o del propio afectado. De nuevo intentó no rozarlas.

 Por fin llegó a la sexta planta, la suya . Salió mirando a izquierda y derecha. Las puertas de los vecinos estaban cerradas, el silencio dominaba la escena. Al mismo tiempo que vigilaba el espacio, a tientas buscaba las llaves en el bolso. Ese bolso que tanta tarea le estaba dando por tener varios compartimentos y porque ella con frecuencia se sentía incapaz de recordar en cual de ellos las guardaba.  En cuanto pueda me compro otro , dijo para sí en un intento de distraer la mente.

Entró. Se quitó el abrigo y los zapatos. Durante unos segundos se miró el rostro en el espejo del hall y oró con veneración ante su propia imagen:  gracias, Señor y Dios de todos los belenes que se exponen estos días en mi ciudad, por mantenerme a salvo, porque nosotros no somos de la misma calaña que esos desgraciados que nos incordian .

 Fue al volverse cuando se dio cuenta. Estaba allí, llamando la atención sobre el mármol blanco del pasillo. Otra gota. Quedó paralizada. Quedó sin aire en los pulmones. Quedó sin habla. Quedó sin vida. El herido estaba al fondo, recostado en su sofá. No era Teodoro el borracho. No era Miguel el drogadicto. Era Eusebio quien sangraba, quien presionaba con una de sus mejores toallas la herida abierta en su cabeza. Era su hijo . No podía creerlo. Era imposible. La sangre que la había precedido por las calles tenía que ser de cualquiera, no de su propia estirpe. ¡Cuánto dolor le producía!, ¡qué poco le importaba en esos instantes los motivos!, ¡cómo espinas se le clavaban en el alma cada una de las gotas!, ¡cuánto le dolían!

 Cara a cara ante su querido hijo, no temió que sus manos se mancharan al tratar de curarle. No sentía asco. El asco era un concepto desconocido en ese momento. ¡Sagrada! La sangre que momentos antes era la peor de todas las inmundicias, la sentía sagrada, la amaba porque era suya! 

De camino al hospital meditaba sobre el sufrimiento ajeno, el dolor que sufren las madres por sus hijos, sea cual sea la causa. Lloraba. Sollozaba angustiada. Aquella Navidad le mostraba un camino sin estrenar, algo que no tenía que ver con lo que estaba acostumbrada: comidas, bebidas, regalos, falsa caridad..., su error la llevó a experimentar otro tipo de sentimientos hacia los demás que la harían crecer. Se sintió más madre, más solidaria con otras mujeres.

 De regreso a casa se hizo la promesa de que cada día antes de salir a la calle, al mirarse en el espejo, procuraría conciliarse consigo misma, advertirse de los juicios temerarios en los que podría caer si se dejaba llevar, recordarse que hacer el bien y apostar por los demás tiene mucho que ver con la empatía y que ella necesitaba ejercerla antes de poseerla.


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Isabel Pavón.
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