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Saludos VIP y humanitarios


A las personas que resultan invisibles entre los VIP este anonimato les duele.

 ¡Qué bonito resulta saludar desde el púlpito a las personas que visitan una vez más o asisten por primera vez al templo! Es un acto de buena voluntad, de acercamiento, de hacer próximo al que poco rato antes estaba lejos. Lo que no resulta tan agradable es cuando sólo se recibe al que se considera pastor, sus hijos o amigos; anciano, sus padres e hijos; diácono y sus allegados. Con cierta normalidad se presenta al desconocido como el que lleva tantos o más años ejerciendo algún ministerio de "relevancia"; gente de esta o aquella congregación que se dedica a esto o a lo de más allá, como si tuvieran un rango superior, unos galones en vez de el mandato de servir a otros creyentes. Personal a quien se le otorga cierta preeminencia por el cargo que ocupa o según sea quien le trae. Algunas veces con cierta simpatía se les anima a coger el micro y compartir breves palabras.

Esta deferencia no suele tenerse con los demás asistentes que, de igual modo, forman la iglesia en diferentes lugares de culto. Cuando se da la bienvenida a todos, podemos calificar esta buena acción como saludos humanitarios. Ni quita tiempo, ni supone un esfuerzo extraordinario.

Padre de mi padre, Padre mío

2

 

En mi opinión, para compensar esta desigualdad estaría bien poner algunos ejemplos a seguir para ir acostumbrándonos:

Damos los buenos días a los amigos de María, gracias por venir y honrarnos con vuestra presencia. María es la gitana del mercadillo de los viernes que se sienta siempre al final y hoy le han demostrado que al igual que los pastores, diáconos y ancianos, se sabe que existe.

Tenemos con nosotros a la pescadera Mari Pérez, tiene local propio y el género más fresco de su barrio, lo consigue levantándose cada madrugada a las 4 para ir a la lonja, está cansada porque, al ser autónoma, no puede tomarse unas vacaciones dignas, pero aquí la tenemos, fresca y lozana. De este modo, Mari Pérez, al igual que los pastores, diáconos y ancianos, se sentirá una más del Cuerpo de Cristo.

¡Hola, Maruchi!, nos alegramos de verte. Hay que ver lo que has crecido, muchacha. Maruchi es la hija del drogadicto que se convirtió hace mucho y no levanta cabeza pero ella ve que a su padre le conocen, se siente digna y se le despierta el amor que siente por él, el que a veces le apagan las circunstancias. Ha notado como no hace falta ser pastor, diácono o anciano para ser tenido en cuenta.

A su lado se encuentra la secretaria Juana Rodríguez que está de baja por enfermedad. Pide que se la llame alguna que otra vez para charlar un poco. De esta forma, Juana, sin ser pastora, diácona o anciana, sentirá consuelo.

Me han dicho que te llamas José y que eres hermano de Lucas, esperamos verte muchas más veces por aquí. Lucas es el menos fiel en asistir los domingos, se siente aislado porque estuvo en la cárcel, su vida no es tan perfecta como la de los pastores, diáconos y ancianos y como apenas nadie le saluda... ¡Pero hoy sí!

Nos acompañan también los hermanos fontaneros Juan y Antonio, aventajados en su profesión. Llevan tres años ejerciendo, intentando abrirse camino y preparándose día a día. Y así, Juan y Antonio, al igual que los pastores, diáconos y ancianos, recibirán ánimos por el esfuerzo que están haciendo.

El compañero de piso de Enam está a su lado. Dinos tu nombre, amigo. Enam es el negrito que llegó en patera hace un lustro, todavía no sabe hablar bien español y hasta el momento sigue sin papeles. Ha traído a su amigo que hoy no sabía dónde ir pero al ser saludado igual que si fuera pastor, diácono o anciano, a lo mejor vuelve para conocer más a los cristianos.

Asiste el parado de larga duración Eustaquio A. Secas, que después de mucho aguantar en su empresa ejerciendo un cargo de responsabilidad ha sido despedido. Y si en ese momento alguien alzara su voz en oración por un trabajo para Eustaquio, él se sentiría tan bien recibido como los pastores, diáconos y ancianos que han sido presentado antes.

Incluso, a estos cascarillas, si no fuera mucho pedir, se les podría ofrecer el micro, igual que a las personas "relevantes" para que se presenten y saluden brevemente. ¿Que el culto se alargaría mucho? Puede que no. Los minutos pueden sacarse de lo que se denomina "alabanza", quizás repitiendo un par de veces menos algunas canciones se lograría más tiempo para lo que pido.

Verán, es que a las personas que resultan invisibles entre los VIP este anonimato les duele y les recuerda constantemente que, aunque son igualmente convertidos y el Señor les ha perdonado los pecados, la iglesia necesita más señas sobre ellos y más galones antes de ser tenidos en cuenta.

Sería alentador que cuando los presentes sin cargos eclesiales asisten a otros lugares de culto no se sientan como ceros a la izquierda, sino como personas de bien y en el mismo nivel que los otros.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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