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Sala de urgencias

Entramos en la sala de urgencias. Casi no hay nadie. Dicen que, de momento, la cosa está tranquila. A mi lado está sentada una madre con su hijo. Él está profundamente dormido. Ella vela. Cuando despierta, todo cambia.

Me siento incómoda ante tanto nerviosismo incontrolado por parte del muchacho. No estoy acostumbrada a escenas de este tipo. Nadie se mueve. Aparentan que no pasa nada. Disimulan. Aprovecho un momento y hablo con el médico, pero... ¿qué hago yo hablando con el médico de un problema que no es mío! Y me acuerdo del incidente en el vagón del metro de Barcelona, de aquel joven que golpeaba a una mujer inmigrante ante la presencia pasiva de un hombre que miraba hacia otro lado para no complicarse la vida. ¡Qué cosas se me vienen al pensamiento!, pero no, yo no soy así. No quiero ser así. Yo no quiero mirar hacia otro lado. Eso lo sé. Lo tengo claro.

El muchacho molesta a su madre constantemente. Ella lo trata con paciencia, pero yo empiezo a sentir miedo. Poco a poco va perdiendo el control. Ruega a su madre que le dé tabaco. Pide tabaco una y otra vez. La madre le muestra el interior del bolso.

No tiene lo que él busca. Ante tanta insistencia termina por salir a la calle y comprar una cajetilla.

Aprovecho que el chico va al servicio a fumar y me dirijo a ella. Le pregunto. Vuelvo a sentir la magia que surte, en momentos así, la palabra. Desaparece mi miedo. ¡Cuánto derroche de sentimientos empieza a brotar de su boca! Habla. Me habla. No puede parar. Ahora sé que su hijo tiene una enfermedad mental. Tengo la impresión de que esta mujer lleva siglos callada. Habla. Sigue hablando en voz muy baja, para que ninguna otra persona de las que se han ido incorporando a la sala pueda escucharla. Habla de amiga a amiga y me trata de usted. No sé qué estoy haciendo. Yo para esto no sirvo. No he servido nunca. Pero continúo allí, con ella. De su corazón brota un caudal de tristeza sin esperanza. Escucho. Sigo escuchando. Llora. Sigue llorando. Aguanto mis ganas. Me da vergüenza llorar con ella. Sigo aguantando.

Ese dolor del alma no se calma con medicinas y me pregunto: ¿no hay nadie aquí que pueda curar de otra manera? Debe haber alguien para atender a los familiares de enfermos con este tipo de problemas, ¡esto también es una urgencia! ¡Una urgencia! Esta es la enfermedad que produce el dolor de las entrañas.

Llora y cuánto más llora más se intensifica el verde de sus ojos. Su cara es bonita y joven. El dolor no ha podido arrebatarle su hermosura. Creo entenderla. Soy madre y conozco ese pellizco intenso, ese dolor que sólo lo produce la preocupación por los hijos.

Mi tiempo se termina. Tengo que marcharme. Me despido. La beso. Siento necesidad de besarla. No sé si ella siente ganas de que alguien la bese esta mañana. Una voz inesperada reclama por megafonía la comparecencia de algún familiar del muchacho. Ella salta del asiento. Saca fuerzas y orgullo, se seca de nuevo las lágrimas y como quien es requerida por el Congreso de Enfermos para firmar, una vez más, la Constitución indisoluble de los Deberes Maternales con todas sus consecuencias, a viva y clara voz  responde con valentía:

—¡Aquí estoy. Soy su madre!

Salgo llorando, tragando el nudo que se me ha desatado en la garganta. Disimulo cuando llego a la puerta, donde esperan dos de mis hijos. Los miro. Están sanos de cuerpo y mente. Doy gracias al Creador y de golpe siento una espada de remordimiento que me atraviesa el pecho. No es justo. Esto no es justo, ¡Dios!, ¿cómo puedo sentir este alivio ante tanta desgracia que hay ahí dentro?

Y aquí estoy escribiendo, para que no se me olvide esta experiencia, para alzar mi pluma por todas esas madres que sufren por sus hijos y están solas. Solas con su soledad. Solas como la una. Tremendamente solas.

Vi que los oprimidos lloran, y no hay quien los consuele

Eclesiastés 4:1

Publicación en otros medios:

www.protestantedigital.com

Diario Sur


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Isabel Pavón.
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