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¡Qué maja estaba desnuda!


“¿Quiénes son estos que están vestidos de blanco, y de dónde han venido?” “Tú lo sabes, Señor”, le contesté. Y él me dijo: “Estos son los que han pasado por la gran aflicción, los que han lavado sus ropas las han blanqueado en la sangre del Cordero. Apocalipsis 7:13-14.

Se había ido cubriendo de un ropaje de falsas virtudes, falsos mensajes que la hacían sentirse más segura.  Aparentaba firmeza, bondad, amor, felicidad, todo un cúmulo de aparente perfección. Se gustaba con esa máscara, simulando lo que no era, engañando a cuantos tenía cerca.

Después de un largo camino en su existencia, se le abrieron la mente y los ojos y tuvo una revelación. Quiso entender que su camino no era correcto. Había vivido convencida de que la falsedad la hacía más libre, el secretismo la preservaba de todos los peligros y sin embargo, esta visión distinta le aportaba otra quimera.

 Reconocía que estaba esclavizada a sus propios disfraces.  La mentira la cubría y por supuesto, el pecado también. Sintió miedo, preocupación, angustia. No era feliz, de eso estaba segura y quiso desvestirse de toda aquella podredumbre.

¡Qué maja estaba desnuda!

2

 

Lo primero que hizo fue detenerse, pues se encontraba afligida. Lo segundo, inclinar su rostro ante el Señor. Lo tercero, arrepentirse de sus maldades. Sabía que no actuaba bien. A continuación, se despojó de todas sus cargas.

Libre de ellas se dispuso a desandar lo recorrido para volver al origen y comenzar a caminar con Él, descansar en Él y volver a avanzar cada trecho que le quedara por delante con Él.

 Fue entonces cuando se dio cuenta de su anterior ceguera. Ahora todo le parecía nuevo, el firmamento, la tierra y, dentro de este concepto, su propia vida era distinta, mucho más limpia.  

Entendió que, una vez confesadas sus faltas y lavados sus pecados en la sangre del Cordero, obtendría la victoria. Necesitaba despertar del todo, romper y deshacerse de su indumentaria antigua, ser vestida de limpio y el color que vio preparado ante sí era el blanco.

El acto iba a ser inminente aunque primero tenía que desnudarse ante el Perdonador de todo su pasado para que Él la adornara a su manera. Así se haría y allí estaba y no cambiaría de opinión porque así lo había decidido en firme, tan obediente, tan sincera, tan esperando ser ataviada antes de ser inscrita en el Libro de la Vida y reconocida delante del Padre y de sus ángeles.

Muchos que se encontraban en las mismas condiciones la vieron. Muchos redimidos atestiguan: ¡Qué maja estaba desnuda!


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Isabel Pavón.
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