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Progenie


Interpretación personal de un cuadro de Marina Abramovi

 

Llora la madre por el hijo muerto. Antes de que se pronuncie el sábado, unos hombres le han bajado de la cruz y se lo han entregado.

Sujeto por mis brazos, tan indefenso como la noche en que naciste. Ha terminado tu agonía mientras la mía continúa rompiéndome por dentro sin acabar de matarme. He aquí tu último día, hijo mío, e igual que en el primero, te canto. Si aquella vez mi loa fue pura alegría, si entonces cantaba agradecida, ahora mi boca no atina más que a pronunciar lamentos. Estás frío y quisiera templarte en mi regazo. Grito de dolor e impotencia. Mi útero se resiente ante tu muerte. El vacío ocupa ahora mis entrañas.  Grito porque en ti se encontraba mi llenura, en ti se hallaba mi esperanza, porque eran tantas las cosas que te quedaban  por hacer... Los humildes esperaban de ti ser restaurados. Los despreciados aguardaban que establecieras tu justicia. Las mujeres confiaban en una vida mejor.


2

La Piedad, Marina Abramovi

Aprieta la madre al hijo contra su pecho. Exclama.

¡Qué muerte más injusta la tuya! Vinieron a ti con espadas y palos, como si de un bandido se tratase. Así te han pagado el bien que les hiciste. Ninguno recuerda tus promesas. Ni tus enseñanzas en el templo. Ninguno evoca tus milagros. ¿Dónde están los que reían contigo, aquellos que te seguían a todas partes? Los que parecían dar la cara por ti han salido huyendo. Apenas quedamos las mujeres. Y lloramos. Miro tu rostro vencido por el dolor y me pareces dormido. Balanceo mi cuerpo como antaño. Acaricio tu rostro y no me devuelves la mirada. 

Ahora le besa. Cierra los párpados.

En tus propósitos no estuvo darme descendencia. Tus pequeños no vendrán corriendo a visitarme, ¿con quién compartiré los consejos que recibí de Yahvé? Habrías sido el mejor de los padres. Tus hijos te amarían con locura. Con paciencia les habrías enseñado la historia de Israel. Les habrías llevado al templo de Jerusalén para las fiestas, mas se ha perdido tu simiente y mis sueños.

Mira al cielo. De sus ojos brotan lágrimas amargas.

¡Yahvé!, me diste este hijo y me advertiste del sufrimiento. Durante su vida he guardado en mi corazón los tesoros que vi en él, ¿dónde he de depositarlos ahora?, ¿desaparecerán también con su muerte? No borres de mi su recuerdo. Ni de mí, ni del pueblo.

Como si no pesase, zarandea con fuerza el cuerpo inerte.

Pierdo la razón y la memoria, quiero y no quiero pensar. Tanto dolor hace que me flaqueen las fuerzas. Hijo mío, ¿no vas a despertar? ¡Despierta, despierta, despierta!, te espero, vuelve.

Un largo y agónico quejido se apodera de la madre cuando un tal José,  natural de Arimatea, miembro de la Junta Suprema de los judías, la libera del cuerpo que es envuelto en una sábana de lino antes de encaminarse hacia el sepulcro.

 


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Isabel Pavón.
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