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Pas-toreados

 

Si el que pastorea no sirve al Señor sino a sí mismo, sus mensajes saldrán de su estómago y sus palabras serán como metal que resuena, o címbalo que retiñe.



Demos un repaso al capítulo 23 del libro de Jeremías, Ezequiel 34 y 1 Pedro 5,2.

Cuando el pastor no está capacitado para cuidar a los de su iglesia, los miembros se sienten pas-toreados.

Cuando es un simple asalariado, la congregación se siente pas-toreada.



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Cuando no se interesa por los que se han perdido o dispersado, ni visita, ni ora por los débiles y enfermos de su comunidad, estos se sienten pas-toreados.

Cuando por su ambición de dinero, el pastor les exige ofrendas y diezmos por la fuerza, los incorporados se sienten pas-toreados.

Cuando el pastor se sube al podium y se siente muy pero que muy por encima de los que están presentes, cree además que esa gente le pertenece, que es el dueño de sus vidas, los humillados se sienten pas-toreados.

Cuando en vez de servir exige ser servido, cuidado y mimado, los suyos se sienten pas-toreados.

Cuando trata con crueldad y violencia, los presentes huyen de tal pas-toreo.

Cuando el pastor siente predilección por unas más que por otras, las despreciadas se sienten pas-toreadas.

Cuando va detrás de la más gorda para hacerla desaparecer, esta huye de tal pas-toreo.

Cuando no conoce a las ovejas que le han sido confiadas por Dios y se las da de lumbrera, ellas están pas-toreadas.

Si el que pastorea no sirve al Señor sino a sí mismo, sus mensajes saldrán de su estómago y sus palabras serán como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Quienes no se acomodan terminan abandonando por la noche la manada.

Los que permanecen, se acomodan, se dejan pas-torear por ellos y toleran su comportamiento, entre la jara y las sombras terminarán enamorados de la luna que se está peinando en los espejos del río. Vivirán a la espera de que los romeros del monte le besen la frente, mientras que sus patas parecen, cada vez más, abanicos de colores.

 

 

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Isabel Pavón.
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